El asunto alcanza para desatar leyendas o escándalos, según se trate de hechos del pasado añejo o de vigente actualidad. En este último caso se ubica la “fosa de Tetelcingo” que resultó un cementerio con todas las de la ley, según convenció a diputadas y diputados el entonces fiscal, Javier Pérez Durón. Retomado el tema desde la perspectiva histórica, el asunto de los reductos utilizados como depósitos bajo tierra de personas fallecidas se puede convertir en un cuento gótico o del más puro terror, como se verá a continuación. Pero primero es necesario marcar la diferencia entre “fosa común” y “fosa clandestina”, para después recordar algunos casos que han hecho leyenda sobre la materia. Fosa común. Se llama le así al lugar donde se entierran los cadáveres que por diversas razones no tienen sepultura propia. Por principio de cuentas, a lo largo de la historia de la humanidad las fosas comunes han sido un método muy usado para disponer de los cuerpos sin vida de dos o más personas. Las fosas comunes se utilizan en casos de catástrofes naturales y epidemias, cuando existe riesgo de contagios masivos. Por ejemplo, durante la época de la peste negra, en la Época Medieval en Europa, se abrieron fosas comunes para contener los cadáveres de los infectados de este terrible mal. Las fosas comunes son también propias de las guerras. Durante la Segunda Guerra Mundial, por citar el caso universalmente conocido del Holocausto, los nazis las utilizaron como cementerio de judíos asesinados, y en algunas ocasiones arrojaban cuerpos aún con vida. Asimismo, en las acciones de regímenes totalitarios contra las guerrillas hicieron uso de las fosas comunes contra la población civil. Los casos de Francisco Franco en España en los años treinta, la guerra sucia de los gobiernos militares de Argentina en los sesenta y setenta, y el régimen del terror de Augusto Pinochet que inició con las muertes del presidente Salvador Allende y el poeta Pablo Naruda, son paradigmas de la utilización de fosas comunes para ocultar los cuerpos de las víctimas del totalitarismo. No es descabellado, entonces, adjudicar esta categoría a las narcofosas que surgieron de la “guerra” del presidente de México 2006-2012, Felipe Calderón Hinojosa, contra el tráfico de estupefacientes, utilizadas por los grupos criminales para ocultar a los interfectos de sus ejecuciones. Sin señalización oficial o legal, las fosas suelen ocultar el resultado de las atrocidades que suelen pasar inadvertidas durante décadas e impiden a los familiares honrar a sus difuntos. Muchas de las víctimas han sido encontradas gracias al testimonio de testigos o de criminales capturados. En algunos pueblos aún persiste la tradición de contar con una fosa común en los cementerios para enterrar los cadáveres de las personas no identificadas y/o no reclamadas. Este tipo de fosa colectiva recibe el nombre de “hoyanca”. Fosa clandestina. En los medios de comunicación se utiliza a veces la denominación “cementerio clandestino”, pero no es muy preciso, ya que un cementerio tiene carácter civil y público. Se trata más bien de las “fosas clandestinas” para referirse a aquellos sitios en los que se descubren enterrados uno o más cadáveres procedentes de asesinatos. El epíteto “clandestino”, que significa secreto y oculto, se aplica a “lo que se hace o se dice secretamente por temor a la ley o para eludirla”. Por lo tanto, un “cementerio clandestino” es una perogrullada, y resulta suficiente decir “fosas clandestinas” o “enterramientos clandestinos” cuando son pocos los cadáveres allí inhumados irregularmente. Eso sí, se acepta el término de “cementerios clandestinos” cuando los cadáveres hallados en tales condiciones sean muchos, como en el caso de Tetelcingo de mayo de 2014 cuando la Fiscalía General del Estado enterró al menos 117 cuerpos no identificados o sin reclamar por algún familiar… (Me leen mañana).
