Estrechas, las calles del viejo Cuernavaca fueron construidas al garete, sobre una topografía accidentada de subidas y bajadas, colinas cruzadas por barrancas que serpentean de norte a sur. Pequeña la ciudad, rodeada por pueblos que el tiempo convirtió en colonias (Acapantzingo, Amatitlán, San Antón, etc.), las personas y las mercaderías se transportaban a lomo de bestia, en carretones jalados por mulas o en tranvía de recorrido corto. Siguió sobrando espacio, incluso, cuando aparecieron los primeros automóviles, hasta que Cuernavaca quedó pegada a los municipios de Temixco, Jiutepec y Emiliano Zapata, explotando el parque vehicular a un promedio de uno por cada cuatro habitantes. En medio del atraso de la infraestructura urbana que hasta hoy día subsiste, se abrieron pocas vialidades: Plan de Ayala en los sesenta, Teopanzolco en los ochenta, el “Puente Azul” a fines de los noventa y el parche mal pegado del puente del crucero de La Selva como un monumento a la idiotez.

Sin margen de crecimiento más que al poniente, lo cual impone el supuesto de una serie de puentes y otras obras de inversión multimillonaria, la Cuernavaca que se antoja como de ciencia ficción sería una ciudad con segundos pisos. Fue intentado en la avenida Plan de Ayala, anunciado el proyecto en un plan fantástico ante lo que la ironía popular le preguntó al alcalde: ¿de cuál fumaste? De hecho, la sola idea del segundo nivel suscitó una especie de sabotaje político por parte de algunos comerciantes de Plan de Ayala, uno en particular ligado al Gobierno Estatal por ser su proveedor y en cuyo estacionamiento fue común ver camiones del gobierno cargando mercancía.

Pretextando falta de información, o sin que realmente conocieran a detalle el proyecto, un grupo de propietarios de inmuebles ubicados en el tramo que supuestamente comprendería el segundo piso, se reunieron con el entonces secretario general del Ayuntamiento, Rodrigo Gayosso Cepeda. Se quejaron de que bajarían sus ventas durante el proceso de la ejecución de la obra, lo cual era lógico que podría suceder hasta que concluyeran los trabajos, pero luego subiría la plusvalía en el oriente de la ciudad.

Algo parecido había sucedido en Guadalajara, Guanajuato, Zacatecas y otras ciudades, donde las obras de desarrollo urbano detonaron el progreso del comercio así como la hotelería y más servicios a turistas y lugareños. Así habría ocurrido en Cuernavaca, a no ser las mentalidades obtusas que años antes habían saboteado el proyecto del estacionamiento subterráneo en la Plaza de Armas. En otro lugar sin resistencias torpes la remodelación del centro no habría encontrado resistencia alguna, de modo que hoy sería una realidad la peatonalización del Zócalo y sitios colindantes.

En una ciudad en la que el protagonismo desaforado no tuviera cabida, las calles del primer cuadro lucirían limpias y ordenadas, pintadas de tonos uniformes las fachadas y los anuncios comerciales, ocultos bajo tierra los cables de energía eléctrica, teléfonos y televisión –como en los tramos de las calles Hidalgo, Motolinía y Nezahualcóyotl– y sería un poco menos caótico el tráfico vehicular, cruzado el Zócalo por un túnel bajo tierra y la gente desplazándose en espacios exclusivos para peatones. Los comerciantes, que no siempre son los propietarios de los locales donde tienen sus negocios, habrían superado los tiempos de obra en los que bajan sus ventas, pero luego suben mucho más. Y los dueños de edificios y locales comerciales, ganado en plusvalía, aumentando al doble y más el precio del metro cuadrado, como ha sucedido en ciudades donde proyectos ambiciosos fueron concretados por gobiernos tomados de la mano de la sociedad civil… (Me leen mañana).

Las opiniones vertidas en este espacio son exclusiva responsabilidad del autor y no representan, necesariamente, la política editorial de Grupo Diario de Morelos.

Cumple los criterios de The Trust Project

Saber más

Síguenos en Google Noticias para mantenerte siempre informado

Sigue el canal de Diario De Morelos en WhatsApp