De que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y el Ayuntamiento de Cuernavaca finalmente lleguen a un acuerdo, depende que termine la pesadilla de los cortes del suministro de agua potable. El alcalde José Luis Urióstegui Salgado informó que en marzo retomará las negociaciones para (tratar de) resolver el adeudo histórico de 305 millones de pesos del Sistema de Agua Potable y Alcantarillado de Cuernavaca (SAPAC). Que hay una propuesta (a la CFE) en la que los tres niveles de gobierno aporten recursos para saldar la deuda del dicho organismo municipal. Además, el compromiso sería que el SAPAC pague puntualmente los recibos de luz.

La idea no suena mal, pero siempre y cuando la CFE acepte esta u otra propuesta viable de ser cumplida, y mejor si es cubierta con recursos propios del SAPAC para no tomar de las participaciones federales y quede algo para obra pública.

Pero esto no sería la solución a los apremios económicos de la ciudad, sólo un paliativo por lo que corresponde a la deuda del SAPAC. El 31 de enero pasado, el cabildo precisó en dos mil 300 millones la deuda histórica de la capital, incluida la “droga” del citado organismo, por otros conceptos así como por la recolección, traslado y destino de la basura que arrastra un rezago desde 2010. (Atraso viejo que el funcionario público y a la vez presunto dueño de la empresa PASA puede esperar para cobrar otros años más “sus” 38 millones de pesos que se dice en mentideros políticos “puso a la campaña”). El adeudo de la ciudad sería mayor. En noviembre de 2021, el en ese momento presidente municipal Antonio Villalobos Adán declaró que “pugnó por dejar la deuda histórica de la administración municipal por debajo de mil millones de pesos, luego de que él la recibió con un monto de mil 700 millones.

Lo que venía de años atrás y continuó después confirmaría un Ayuntamiento quebrado en más de un sentido. A mediados de enero, el análisis de la entrega-recepción arrojó irregularidades en el manejo de dinero, faltante de recursos, un saldo “que no concuerda”, dijo Urióstegui, y un puñado de trabajadores que cobraban por no trabajar, o sea “aviadores”. Dicho sea coloquialmente, un Ayuntamiento más pobre que una rata, una administración desastrosa y los habitantes de Cuernavaca como los afectados que no tienen la culpa de malos gobiernos municipales, al menos a partir de 2012.

Por indeseable, un préstamo bancario que acabe de endeudar a dos o tres generaciones de cuernavacenses no tendría que ser la opción que esté considerando Urióstegui…

A Cuernavaca le caería de perlas el apoyo político del presidente Andrés Manuel López Obrador, o del secretario de Gobernación, Adán Augusto López Hernández. Pero los involucrados de aquí en este tema no tienen un contacto directo.

OCHENTA y siete años estaría cumpliendo ayer domingo el ingeniero Marcos Manuel Suárez Ruiz. Nació el 5 de enero de 1935. Él mismo relataba a sus amigos el lugar y las condiciones de su llegada al mundo. Pasaditas las seis de la tarde, la partera doña María Ranfla fue llamada de urgencia a la Casa de Cortés del entonces hotel Casino de la Selva ubicado en Pericón 13. Su mamá Raquel Ruiz Ramón estaba a punto de dar a luz, y feliz su papá Manuel Suárez y Suárez por el hijo que venía en camino. Porque con el paso del tiempo don Manuel tendría veintiún hijos, Marcos solía bromear: “¡Ése sí era gallo, no como otros!”. En una de esas coincidencias de la vida, un par de horas después del nacimiento de Marcos la misma partera traía a la vida a Raúl Iragorri Montoya. Empresario del ramo automotriz (en Morelos fue el único distribuidor de la marca Nissan) y como la mayoría de los políticos de su generación, de origen priista, Iragorri murió de Covid-19 el 4 de diciembre de 2020. Cinco meses más tarde, lo seguiría Marcos Manuel Suárez. Juntos llegaron y juntos se fueron... (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán

jmperezduran@hotmail.com 

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