Conduces de noche por la avenida Palmira, no es muy tarde, la carátula luminosa del radio te da la hora: 10:15.

De pronto, la llanta derecha de tu coche choca contra algo que no logras ver bien pero te parece como un pedazo de fierro saliendo del pavimento.
 
Te estacionas cerca del foco de la puerta de una casa, revisas la llanta, sacudes el coche, hurgas con la lámpara de pila y por fortuna todo parece estar en orden.
 
 Reanudas la marcha.
 
 La falta de alumbrado artificial torna más negra la noche, así que avanzas con precaución, atento a los espejos laterales y el retrovisor, temiendo que en cualquier momento te salga un asaltante en taxi o en motocicleta.
 
 Sabes que llegado el caso no te quitarían mucho: cincuenta o cien pesos y el montoncito de monedas que sueles traer en la consola del coche.
 
 La mañana siguiente cumples la primera parada en el crucero donde le das propina a tu nuevo amigo, el chico de no más de diez años que se trepa en el cofre y le pasa un trapo cochambroso al parabrisas.
 
 Los propineros se repetirán en cada semáforo.
 
 Están la muchacha con el cabello pintado color zanahoria que hace piruetas con los aros, el faquir encuerado del dorso recostado boca arriba en una cama de vidrios, la niña y el niño de diez o doce, al parecer hermanitos, que venden flores, y el escuincle chimuelo que mete medio cuerpo en tu coche, hurgando con la vista ansiosa, pidiendo que le des la pluma inservible, el encendedor roto, cualquier cosa.
 
 Ha transcurrido media hora y estás en la entrada del estacionamiento de la plaza comercial donde vas a menudo.
 
 Antes de pasar y de que el vigilante levante la pluma le pagas diez pesos al bolero que ha salido a tu encuentro (“por el trapazo de ayer, jefe”).
 
 Paras en el Oxxo de siempre, retomas el volante y repites la propina al “viene, viene”.
 
 El paso por la farmacia del “súper” a donde fuiste por tu medicamento agotó la última moneda de cinco pesos que el acomodador del estacionamiento recibe desilusionado, con mirada de que esperaba más.
 
 Arrancas rumbo a tu casa, piensas que pasas por una tarde como cualquier otra pero te equivocas.
 
 Se te empareja una “moto” montada por dos sujetos encasquetados.
 
 El que hace de copiloto blande una pistola, te hace la seña de que pares, te ordena: “¡el dinero!”.
 
 Dices que no traes, no te cree y te esculca.
 
 Furioso, tira tu cartera al piso, te arranca el reloj, te saca el celular del bolsillo de la chamarra y los dos se van quemando llanta.
 
 Prendes el radio.
 
 La voz que sale del aparato rasga el silencio de tu entorno.
 
 Es la hora del noticiero.
 
 El periodista dice algo así como que en el estado de Morelos se cometieron más de novecientos asesinatos en los últimos tres meses; que a nivel nacional Morelos está en los primeros lugares de los delitos de secuestro, homicidio doloso y feminicidios.
 
 No apareció ni una patrulla de la policía, y los automovilistas que vieron que te asaltaban pasaron de largo.
 
 No los puedes culpar.
 
 Consideras que has tenido suerte, no se llevaron tu credencial del INE ni tu tarjeta de débito, y sobre todo estás vivo.
 
 A la mañana siguiente vuelves a prender el radio.
 
 Es jueves, la voz que sale del aparato reporta el conteo del miércoles: 209 muertos en Morelos por Covid-19 y casi ciento cincuenta casos confirmados.
 
 ¡De terror! El conductor del noticiero dice que el alcalde Antonio Villalobos insiste en que la gente de Cuernavaca no debe aflojar la cuarentena, que respete la sana distancia, que viene lo peor de la pandemia.
 
 En ese momento observas a un grupo de personas esperando en la parada de la ruta.
 
 Actúan como si no pasara nada, ninguna trae tapabocas, están demasiado cerca una de otra, no creen en la higiene de la distancia lejana.
 
 E igual los de la familia de clase acomodada que ves pasar hacinados en una camioneta lujosa.
 
 ¿Entonces?.. (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com