Eran los tiempos de los visitantes famosos, entre muchos otros, la diva del cine mexicano María Félix y la francesa desparpajada Brigitte Bardot, quien vino a México para estelarizar el filme “Viva María” después de que había escandalizado al mundo con su desnudo en “Y Dios creó a la mujer”. También Paul Newman, que protagonizó una película (¿o más de una?) en Tepoztlán, y Omar Shariff, el galán de “Doctor Zhivago”, quien solía hospedarse en “Mañanitas” y del que un mesero indiscreto confió al columnista que le dio una propina la mar de generosa, en dólares. Temprana la mañana, las calles de Matamoros, Guerrero y No Reelección se mostraban desoladas. Escaseaban los transeúntes, pasaban pocos taxis y no se veía gente llevando bolsas con la compra recién hecha. Resignada a la estrechez del salario mínimo y las comisiones flacas, lamentaba la joven empleada de una zapatería: “Las ventas están muy bajas, y si no hay ventas, no hay comisiones. Dicen que es por la crisis”. Eso de “la crisis” lo repetía la encargada de una tienda de ropa. Contaba que varios negocios cerraron, que otros nuevos abrieron y que los que bajaron la cortina fue porque no aguantaron las rentas, excesivamente caras...

Una mañana de 1998, la sirvienta de la quinta de fin de semana guardó en su bolso la “baratija” de su patrona. Ya le había echado el ojo. Era un prendedor, grande, ostentoso, reluciente, “seguramente de fantasía”, calculó, pero por el que podría obtener unos pesos, cien, doscientos, quinientos, ni ella misma lo sabía. Intentó venderlo en un negocio dedicado a compra-venta de monedas y oro viejo, en la bajada de Lerdo de Tejada, pero al dueño no le interesó. Sin embargo, no debió caminar mucho para que en otro establecimiento le dieran dos mil pesos, haciendo un negocio rápido y fácil. No le pidieron factura y sólo tuvo que mostrar una identificación a la que el encargado del negocio le dio un vistazo rápido mientras le ponía los billetes en la bandeja de la ventanilla.

Una o dos semanas después, la patrona de la trabajadora doméstica regresó a su casa de Cuernavaca. Llegó en la típica Suburban, acompañada de su chofer y asistente. Pero pasó poco tiempo para que la señora pegara el grito: ¡Me robaron, me robaron! La “baratija” no era tal, sino un prendedor de oro con un brillante de 37 kilates del tamaño de una tapa de salsa “Búfalo”, rodeado de esmeraldas que, según calcularían después unos valuadores, valía entre tres y cinco millones de dólares.

Se supo en los cafés del centro de Cuernavaca, y de ahí no pasó el asunto. Algunos de los involucrados eran gente conocida, cuando no estimada, y no era cosa de andar contando la historia hasta que la indiscreción del Atril la contó. Resultó que la dueña de la joya era la actriz Irma Serrano, también conocida como “La Tigresa”, y además senadora perredista por esos días en que José Castillo Pombo despachaba como el primer procurador de justicia “electo” por los diputados del Congreso Estatal y Jorge Morales Barud era el gobernador sustituto de Jorge Carrillo Olea. Temiendo que la actriz y cantante hiciera un escándalo de resonancia nacional si no recuperaba el prendedor, el caso debería ser resuelto antes de que llegara al conocimiento de la prensa. Y hasta eso, a Castillo Pombo le fue relativamente fácil. Su comandante de confianza le hizo manita de puerco a la sirvienta, ésta confesó dónde y a quién le había vendido el prendedor, el comprador de la joya robada la regresó, perdió un gran negocio, pero se salvó de ir a prisión…

Años más tarde, los cuernavacenses que conocieron la historia del prendedor fantástico reflexionaron sobre los vuelcos que suele dar la vida. De acusadora “La Tigresa” se convirtió en acusada. Detenida el 25 de marzo de 2009 en Tuxtla Gutiérrez e imputada de los delitos de robo y despojo del teatro Fru Frú, fue internada durante unas horas en el reclusorio femenil de Santa Martha Acatitla de la Ciudad de México. Libre tras pagar una fianza de 20 mil pesos, fingiendo demencia y quejándose de achaques propios de la tercera edad afirmó: “no sé de qué me acusan”. ¿El rumor malicioso en forma de pregunta fue inevitable: ¿el prendedor se lo había regalado su “amigo”, el presidente Gustavo Díaz Ordaz?... (Me leen mañana).

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