El de ayer fue un día calamitoso para los habitantes del valle de Cuernavaca, sitiada la ciudad por integrantes de la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas (UNTA) a cuyos dirigentes encabrona las entregas de apoyos a campesinos, directos, sin la intermediación de seudo líderes que por años les han picado los ojos a los sembradores de granos y que, sometidos al manicure por la política agrarista de AMLO, por eso se han estado desgarrando las vestiduras. A la vez, un día que será inolvidable para Rosario Robles Berlanga, la presunta delincuente que ayer mismo fue tratada como tal en el Reclusorio Sur, perfilada en la víspera a la posibilidad de que un juez le hubiera iniciado proceso como imputada del delito de ejercicio indebido del servicio público en la llamada “estafa maestra” que involucra cientos de millones de pesos. Y en Morelos, ayer mismo el cumpleaños 140 del general Emiliano Zapata que da motivo a la recopilación de algunos episodios de la obra y carisma del único jefe revolucionario cuyos restos no están en el Monumento a la Revolución, entre otras razones, porque su pueblo no permitió que reposaran al lado de quien lo mandara asesinar, el presidente Venustiano Carranza. En la tregua no pactada entre carrancistas y zapatistas de 1915-16, en agosto de este último año los allegados de Zapata –afecto por igual a la fiesta brava, carreras parejeras, peleas de gallos y al baile– aprovecharon para organizar el festejo de cumpleaños del General. Echando a volar la imaginación –y el fusil para la reproducción de textos–, recreemos algunos detalles del jolgorio, históricamente como está confirmado en las crónicas del Cuartel General de Taltizapán que tal celebración efectivamente tuvo lugar. Va: Ese día domingo 8 de agosto 1916 hubo, como parte del programa preparado, marcha de los niños de Tlaltizapán y Anenecuilco. Después vino el discurso de la directora de la escuela de Anenecuilco, lectura de poesía alusiva y, para cuando estaba programada la interpretación del Himno Nacional, arribó a tambor batiente la banda de Tlayacapan. Los acordes de “La toma de Cuautla” se dejaron oír desde el camino de entrada al pueblo, muy cerca del cuartel. El grupo musical de Cristino Santa María había salido antes del amanecer a lomo de caballo y mula y otros a pie; hicieron el recorrido desde Tlayacapan, pasando por Oaxtepec, El Hospital, Santa Inés, las orillas de Cuautla, almorzaron en Villa de Ayala para llegar con bríos a Tlaltizapán. Después de terminar la popular pieza que recrea una de las primeras acciones de guerra de los zapatistas, fuera de la escuelita de Tlatizapán, el General los recibió en la entrada y estrechó fuertemente a Cristino y sus hermanos. Iba también el mayor de los hijos de Cristino, Brígido, de once años, quien años más tarde heredaría la dirección de la banda. Una vez cumplida la ceremonia en la escuela, llegó la hora de la comida. Dentro y fuera del Cuartel se acondicionó cuanta silla se pudo conseguir, vigas y murillos con piedras de soporte en cada extremo completaron los asientos, tablones de corrales y mesas salidas también de aquella casa y de ésta otra, fueron insuficientes para dar cabida al mismo tiempo a los comensales. Las tandas de platos se sucedían unos tras otros. Las jovencitas de Tlaltizapán, Anenecuilco y Ayala, que habían asistido con la esperanza del baile, primero tuvieron que acomedirse a servir, recoger platos y otras más –por instrucciones de doña Juana Albear, jefa de cocina del Cuartel General– a lavar con lejía y polvo de piedra pomez los cientos de platos de barro para seguir sacando los guisados. A los postres y con una copa de coñac, el General pidió a su secretario Antonio Soto y Gama dar, en su nombre, el agradecimiento a hombres y mujeres asistentes, y a quienes trabajaron en la organización del banquete y el baile. Contrario a lo esperado por los integrantes del Estado Mayor y otros asesores como Gildardo Magaña y Paulino Martínez, en esta ocasión el iracundo orador anarquista fue cauto y parco, pero sin perder su emocionada elocuencia. Casi nada de aquel Soto y Gama incendiario y anarquista quien, durante la Convención de Aguascalientes, un año atrás, exigió a los asistentes quemar la bandera nacional, lo que casi le cuesta ser ahí baleado por villistas y carrancistas. Dijo: “Señoras y señores: me pide el señor General sea yo su conducto para agradecer tanto agasajo, tanto trabajo realizado para llegar a este bonito festejo. El señor general Emiliano Zapata Salazar me pide resalte el asunto que para él, como jefe de la Revolución en Morelos, es muy importante. Más que el festejo por el cumpleaños del General, él considera que este agasajo es para todos ustedes, señoras y señores. Para cada señorita y joven, para cada niño y niña, para cada anciana y anciano que lleva dentro de sí, un morelense, un guerrero y guerrera de Tamoanchan”… Emotivo, sí, pero no hoy para el grupo de seudo políticos foráneos a los que no emociona Zapata… (Me leen el lunes).

 

José Manuel Pérez Durán
jmperezduran@hotmail.com