Los viejos cuernavacenses añoran. Comparado con el hoy, antes no sucedía nada. La nota roja consignaba homicidios por venganzas, “hazañas” de carteristas que trabajaban limpiamente, sin tocarle un pelo a los distraídos; “zorreros” sigilosos cargando en las madrugadas la platería extraída de mansiones palaciegas, pleitos de vecindad, chismes de lavadero. Cualquier nimiedad era noticia, así que cuando pasaba algo fuera de lo común era tema de pláticas durante meses. Los comentarios corrían en la calle, casas, mercados, oficinas, fábricas, de modo que al fuereño que los escuchaba y pensaba que acababan de ocurrir los lugareños le aclaraban que “eso” había sucedido hacía meses.
En 1966. Cuernavaca tenía la quinta parte de la población de la actualidad. Hacía poco que los cuernavacenses habíamos concurrido al último carnaval, realizado en el Jardín de los Héroes y “concesionado” por el gobernador Emilio Rivapalacio Morales al director del periódico “La Voz”, Pepe Gutiérrez. La ciudad respiraba la serenidad de las casas con ventanas abiertas día y noche, centrada la nota roja en la eventualidad de crímenes pasionales, carteristas importados por policías mañosos y uno que otro hurto callejero. Controlada la delincuencia por los policías judiciales y dedicados los municipales –en recorridos pie a tierra o a bordo de la temible “Julia”– a la caza de parejitas fajando en lo oscurito, solían ser sorprendidos los ebrios cansados echando “firmas” en la vía pública.
Escenario bullicioso de familias haciendo día de campo, el Parque Chapultepec protegía a parejitas apapachándose en la complicidad de los árboles; había tardeadas domingueras en la explanada de cemento y clavadistas sacando monedas de veinte centavos arrojadas al manantial. Aquí quería llegar el columnista: las noches de jueves para el griterío en la Arena Isabel, animando el público a los limpios (Santo, Blue Demon, Rayo de Jalisco) y abucheando a los rudos (Karloff Lagarde, El Nazi, Médico Asesino), y las tardes de domingos con luchadores locales o segundones de la Coliseo del DeEfe. “La Isabel”, como la conocieron los cuernavacenses, inaugurada en la década de los cincuenta y cerrada el 11 de diciembre de 2009 cuando ofreció su última función, para once meses después comenzar su demolición, el 25 de septiembre 2010.
El día siguiente la revista “Lwagnermanía’s blog” publicó: “Ayer comenzó la demolición del sitio donde los morelenses disfrutaron de la lucha libre por más de 50 años: la Arena Isabel”. Este cuadrilátero, el de más tradición para las familias morelenses, también albergó peleas memorables como una de Julio César Chávez. El cronista Víctor Cinta (q.e.p.d.) relató que era típico que las familias y amigos acudieran y compraran botanas para disfrutar las luchas. La Arena Isabel fue edificada e inaugurada en la década de los 50 por Miguel González. En ella se realizaban hasta cuatro funciones a la semana de lucha libre, principalmente los miércoles, jueves, sábados y domingos”. Y remachaba: “El vienes 11 de diciembre de 2009, cincuenta y seis años de tradición luchística culminaron, cuando se realizó la última función. Ese mismo día se oficializó la compra-venta y ahora será un recinto religioso”. Lo que al cabo no fue, sino gimnasio, desechada la idea de aprovechar el predio de la esquina del boulevard Juárez y Abasolo para construir un recinto comercial tipo el pasaje Lido para que albergara a más comerciantes ambulantes del centro histórico. Desde entonces la ciudad no tiene una arena de box y lucha libre, lo que en rigor no fue la Isabel, concebido para cine el recinto ovalado, no redondo, en cuya “gayola” conservó los orificios para la proyección de películas. Pero, ¿a qué viene todo esto? Al rumor de que un grupo de inversionistas está interesado en construir una arena de box y lucha en Cuernavaca… pero hasta que pase la pandemia… (Me leen después).
Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
