A quella noche la pariente del columnista subió a su departamento de Tlatelolco, justo en el edificio Chihuahua, en un costado de la Plaza de las Tres Culturas. La masacre de estudiantes ya había pasado, pero ella vio sangre en el piso de la escalera. Después contaría, estremecido el cuerpo por el recuerdo ingrato: “sentí que olía como a muerte”. Y enseguida se preguntaba a sí misma: “¿la muerte huele?”. Las crónicas  tardaron meses, como ésta: “A las cinco y media del miércoles 2 de octubre de 1968, aproximadamente diez mil personas se congregaron en la explanada de la Plaza de las Tres Culturas para escuchar a los oradores estudiantiles del Consejo Nacional de Huelga, los que desde el balcón del tercer piso del edificio Chihuahua se dirigían a la multitud compuesta en su gran mayoría por estudiantes, hombres y mujeres, niños y ancianos sentados en el suelo, vendedores ambulantes, amas de casa con niños en brazos, habitantes de la Unidad, transeúntes que se detuvieron a curiosear, los habituales mirones y muchas personas que vinieron a darse una asomadita. El ambiente era tranquilo a pesar de que la policía, el ejército y los granaderos habían hecho un gran despliegue de fuerza. Muchachos y muchachas estudiantes repartían volantes, hacían colectas en botes con las siglas CNH, vendían periódicos y carteles, y, en el tercer piso del edificio, además de los periodistas que cubren las fuentes nacionales había corresponsales y fotógrafos extranjeros enviados para informar sobre los Juegos Olímpicos que habrían de iniciarse diez días más tarde”… A Cuernavaca el 2 de octubre de 1968 llegó como un rumor de algo grave, siniestro, que flotaba en el ambiente más allá de Tres Marías. La Universidad Autónoma del Estado de Morelos entró en huelga, duró un año sin clases y el rector Teodoro Lavín González encabezó una manifestación de estudiantes. Dos o tres días después de la represión brutal en la explanada de Tlatelolco, los universitarios morelenses realizaron una marcha de protesta, desde la glorieta de Buenavista hasta el Zócalo. Las banderas que ondearon fueron las mismas de las demandas de los universitarios de la Ciudad de México: la derogación del artículo 145 bis del Código Penal (tipificado el delito de “disolución social”, el gobierno gorilesco de Gustavo Díaz Ordaz tenía el pretexto para encarcelar a las voces disidentes) y la destitución del jefe de la policía capitalina. ¿Pero cuál era el tono la vida en aquella Cuernavaca de unos 80 mil habitantes? La música de Los Beatles estaba en su apogeo, estridente la rockola de 20 centavos la pieza en la fuente de sodas “Blancanieves”, en la esquina de Clavijero y Gutenberg. En la parte baja del edificio Las Plazas se concentraban los hippies, la mayoría locales y uno que otro gringo, ahí donde se estableció la primera hamburguesería de franquicia, el Burger Boy, concurrida por chavos enfundados en pantalones acampanados, playeras desteñidas y huaraches, y muchachas luciendo minifaldas atrevidas, blusas de colores chillantes con dibujos sicodélicos y sandalias de correas estilo romano. Pero no todo eran melenas alborotadas, collares de cuentas grandes, marihuana barata, rock y sexo sin compromiso. La ciudad de las barrancas y las colinas mostraba otros colores. Remunerativo el salario mínimo, les alcanzaba a las familias de obreros para vivir con modestia sin padecer pobreza extrema. La élite de trabajadores especializados de la nueva planta ensambladora de coches Nissan (torneros, pintores, tapiceros, etc.) ganaban cien y más pesos diarios, equivalentes a unos mil de hoy. Textiles Morelos estaba en su esplendor, daba cientos de empleos, vivienda y escuela para los hijos de sus obreros. Hoy los viejos lo recuerdan, tristes, nostálgicos. Lamenta el octogenario sentado en la banca del Jardín Juárez: “La tranquilidad se fue y está cabrón que regrese”. Razones les sobran para estar enojados. Por estos días hablan de los sesenta, de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas, la represión, los universitarios, los soldados abriendo fuego contra la muchedumbre… y la impunidad luego de 50 largos años, nunca presos Luis Echeverría ni Díaz Ordaz y éste convencido de que se llevaría a la tumba la intimidad de los secretos del crimen de estado al cabo conocidos. Como también un día se develará la cortina de la desaparición de los 43 estudiantes de la escuela normal rural de Ayotzinapa, la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de hace cuatro años en Iguala. Para no olvidarlos, hay que recordarlos… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán

jmperezduran@hotmail.com 


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