Hablar del poder en el estado de Morelos implica revisar distintas dimensiones: la historia revolucionaria que lo marcó, la distribución política de sus instituciones, la influencia económica de ciertos sectores y, más recientemente, el impacto del crimen organizado. Morelos, a pesar de ser uno de los estados más pequeños de México, ha tenido un papel desproporcionadamente grande en la historia nacional y continúa siendo un espacio donde el poder se disputa en múltiples frentes.
La identidad del estado está fuertemente ligada a Emiliano Zapata, originario de Anenecuilco, quien encabezó la lucha campesina durante la Revolución Mexicana con el lema “Tierra y Libertad”. Desde entonces, Morelos se convirtió en un símbolo de resistencia contra el centralismo y las élites económicas. El poder en Morelos, a diferencia de otros estados, siempre ha tenido un trasfondo agrario: la lucha por la tierra, la justicia social y la autonomía comunitaria.
Las haciendas cañeras del siglo XIX representaban el dominio económico y político de unas pocas familias que controlaban casi toda la vida en la región. La Revolución quebró ese esquema, aunque nunca del todo; muchas dinámicas de concentración de poder se transformaron, pero no desaparecieron.
En la actualidad, el poder político en Morelos se encuentra en manos de los partidos y de un sistema estatal que suele estar en tensión constante con el gobierno federal por su dependencia económica. El Congreso del Estado y el Ejecutivo han protagonizado choques frecuentes, reflejando la fragmentación política.
Desde 2018, la figura de Cuauhtémoc Blanco, exfutbolista convertido en gobernador, ha dominado la escena. Su llegada simbolizó un cambio drástico, de la política tradicional a un liderazgo populista basado en su fama y carisma deportivo. Sin embargo, su pésimo gobierno estuvo marcado por acusaciones de corrupción, señalamientos de vínculos con grupos criminales y una constante disputa con alcaldes y legisladores. Ahora, la gobernadora Margarita Gonzalez Saravia ha cambiado la imagen con su trabajo diario a pesar de contar con un equipo bastante regular, pero que no resuelve, sino agudiza la problemática, con un partido fuerte sin liderazgo.
El poder político en Morelos también está atravesado por un factor particular, la relevancia de los municipios. A pesar de su tamaño, alcaldías como Cuernavaca, Jiutepec y Temixco concentran una enorme influencia debido a su peso poblacional y económico. Estos municipios suelen ser terreno de intensas batallas políticas, porque controlarlos significa tener acceso a recursos clave y redes sociales extensas.
Poder económico: entre la industria, el turismo y la crisis, Morelos nunca se consolidó como un estado industrial de gran escala, pero la instalación de la planta de Nissan en Jiutepec en 1992 marcó un hito. Durante décadas fue un motor económico, generando miles de empleos directos e indirectos. Su reciente anuncio de cierre en 2025 ha puesto en evidencia la fragilidad de la economía local. Más de 2,400 trabajadores directos perderán su sustento, pero el impacto real se multiplicará; proveedores, transportistas, pequeños comerciantes y hasta recolectores de desperdicios vinculados a la planta verán afectadas sus vidas.
El turismo ha sido otro pilar, gracias al clima cálido y la cercanía con la Ciudad de México. Cuernavaca, llamada “la ciudad de la eterna primavera”, fue por décadas un refugio de élites y un destino de fin de semana. Sin embargo, la violencia y la inseguridad han reducido su atractivo. Lo mismo ocurre con balnearios como Oaxtepec o Tequesquitengo, que han visto caer sus números de visitantes.
La agricultura, por su parte, sigue teniendo relevancia, sobre todo en el cultivo de caña de azúcar, arroz y flores. No obstante, la falta de apoyos y la competencia con mercados más grandes limitan su capacidad de generar riqueza sostenida.
Quizá el tema más delicado en Morelos es el creciente poder del crimen organizado. Su ubicación geográfica —colindando con el Estado de México, Puebla, Guerrero y la Ciudad de México— lo convierte en un corredor estratégico. Diversos grupos criminales han encontrado en Morelos un punto de disputa para el control del territorio, extorsiones, secuestros y tráfico de drogas.
Este fenómeno ha erosionado la vida social y política. Hay señalamientos de que ciertos alcaldes y funcionarios locales han sido cooptados por organizaciones criminales, lo que genera una peligrosa mezcla de poder legal e ilegal. La percepción ciudadana es clara: la inseguridad es el principal problema del estado, superando incluso las preocupaciones económicas.
Más allá de la política y la violencia, el poder en Morelos también se manifiesta en la fuerza de sus movimientos sociales. El legado zapatista sigue vivo en comunidades que defienden sus tierras contra megaproyectos y en organizaciones campesinas que exigen respeto a sus derechos. Movimientos como el de los pueblos contra el Proyecto Integral Morelos —que incluye gasoductos y termoeléctricas— muestran que el poder ciudadano aún puede frenar decisiones estatales y federales.
El ámbito cultural tampoco es menor. Morelos es un polo artístico, con Cuernavaca como sede de galerías, centros culturales y espacios de encuentro intelectual. Este poder blando, aunque menos visible, influye en la percepción del estado a nivel nacional e internacional.
El poder en Morelos hoy se encuentra fragmentado, el político debilitado por la corrupción y la falta de legitimidad; el económico golpeado por el cierre de empresas clave y la caída del turismo; el social presionado por la violencia; y el criminal fortalecido por la impunidad.
El gran reto es reconstruir un equilibrio donde el poder vuelva a responder a las necesidades de la ciudadanía. Para ello se requerirá no sólo de políticas públicas sólidas, sino de un nuevo pacto social que recupere la confianza de la población.
La historia de Morelos demuestra que, aunque el poder puede concentrarse en élites o grupos violentos, siempre existen movimientos capaces de cuestionarlo y transformarlo. Tal como sucedió en tiempos de Emiliano Zapata, la sociedad morelense sigue mostrando una resistencia que, tarde o temprano, puede redefinir el rumbo del estado. ¿No cree usted?
 

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