Pocas ciudades del país tienen la riqueza histórica, arquitectónica y natural de Cuernavaca. Sus calles, jardines, edificios antiguos y el clima privilegiado la convirtieron durante décadas en uno de los destinos turísticos más importantes de México. Sin embargo, esa imagen se ha ido deteriorando poco a poco por diversos problemas urbanos, y uno de los más visibles es el crecimiento desordenado del comercio ambulante en el corazón de la ciudad.
Basta recorrer el centro histórico para darse cuenta de la magnitud del problema. Desde las inmediaciones del mercado, pasando por las calles Guerrero, Arteaga y muchas de las vialidades que rodean la Plaza de Armas, los puestos ocupan banquetas, reducen el paso peatonal y modifican por completo la imagen urbana. Lo que alguna vez fueron calles abiertas y atractivas para caminar hoy aparecen saturadas de lonas, estructuras improvisadas y mercancías de toda clase.
Pero sería un error culpar únicamente a quienes venden en la vía pública. La mayoría de ellos no está ahí por gusto. Son hombres y mujeres que encontraron en el comercio informal la única posibilidad de llevar alimento a sus hogares. Muchos perdieron un empleo formal, otros nunca tuvieron acceso a él y algunos simplemente encontraron en el ambulantaje una forma de sobrevivir ante la falta de oportunidades económicas.
El verdadero problema no son las familias que buscan un ingreso digno. El problema es que durante muchos años el comercio ambulante dejó de ser un asunto social para convertirse, en muchos casos, en un negocio controlado por liderazgos que concentran poder sobre los espacios públicos. Diversas voces han señalado desde hace tiempo que existe un reducido grupo de dirigentes que administra quién puede instalarse y dónde hacerlo, generando una estructura que poco ayuda a resolver el problema de fondo.
Mientras tanto, las autoridades municipales, administración tras administración, han preferido posponer decisiones difíciles. En ocasiones se anuncian operativos; otras veces se promete reordenamiento, pero al final todo permanece prácticamente igual. El centro continúa creciendo en desorden.
Las consecuencias están a la vista. Banquetas intransitables para personas con discapacidad, adultos mayores o madres con carriolas; calles congestionadas; acumulación de basura; problemas de higiene; deterioro de fachadas históricas y una imagen que afecta directamente al turismo y al comercio formal.
No es exagerado afirmar que el ambulantaje también tiene un impacto económico. Muchos comerciantes establecidos pagan renta, impuestos, seguridad social, permisos y servicios. Ellos observan cómo, frente a sus negocios, otros venden productos similares sin las mismas obligaciones. Esa competencia desigual termina afectando inversiones y provocando incluso el cierre de negocios tradicionales que durante años dieron identidad al centro de Cuernavaca.
Habrá quien le entre de a deveras al ambulantaje, limpiando el centro para que luzca nuestra ciudad bella y limpia, los ciudadanos cansados de tantas mentiras lo vemos dificil. ¿No cree usted?
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