Nunca he sido fan de las fiestas, mucho menos de las infantiles, me dan flojera, me aburren y me confrontan con una de los aversiones de mi infancia: los payasos.

Fui con mis hermanos a la fiesta de Neymar, un niño muy simpático que celebró sus tres años e invitó a mis sobrinos al pastel. Como adoro a los hijos de mis hermanos me sumé al contingente de invitados.

Digamos que la parte de la comida y las piñatas valieron la pena; una por sabrosa y la otra por divertida. Fue conmovedor ver a los niños retozando felices en su inocencia al momento de recoger la exquisita recompensa de golosinas que brotó de las tres piñatas en su versión de héroes caninos de Paw Patrol. Hasta ahí todo bien.

Durante casi una hora los invitados nos dedicamos a charlar y comer dulces mientras los niños se divertían saltando en una cama elástica o haciendo intentos de escalar los juegos inflables instalados en el jardín.

El ambiente empezó a apagarse como un switch sintonizado con la tarde y algunas familias iniciaron las despedidas ante el reclamo de varios niños que insistían en que todavía faltaba el pastel; pequeños alegatos que fueron resueltos por los anfitriones: ¡ya falta poquito, ahorita les damos su pastel y más dulces, no se vayan!

El momento fue incómodo para los adultos pero feliz para los niños, sin embargo se sentía que la pausa ya había durado demasiado.

Así pasaron otros 15 minutos, de repente se escuchó muy fuerte un escándalo de silbatazos que venía de algún rincón del salón, y ante la algarabía de los niños entró un payaso al escenario improvisado entre las mesas de los invitados.

El personaje me pareció grotesco, poco afortunado para una fiesta de niños en edad de disfrutar a Plim Plim o Pocoyó. Desde el primer momento me pareció que el tipo estaba alcoholizado y quise compartir la inquietud con mis hermanos pero los vi tan divertidos y atentos a la rutina del payaso que decidí no ser insidioso, tal vez sólo era un apreciación equivocada salida de mis prejuicios y mi carácter aguafiestas.

- A ver, amiguitos, ¿ustedes saben cómo se enamoraron sus papás?... ¡al que me lo diga primero le regalo una linda pelota conmemorativa del cumple de Neymar!-, incitaba el payaso a los niños para animarlos a participar en su improvisada rutina.

Como ningún niño contestó, el insípido payaso se puso a preguntarle a los adultos, y no sé si se dio cuenta de que me caía mal o qué, pero se dirigió hacia mí y me dijo: -¿Usted, joven, cómo enamoró a su esposa?...- No soy casado-, le dije forzando una sonrisa.

-Uy, que se me hace que tú eres de las mías, ¿no te llamas

Wendy, de casualidad?-... los invitados soltaron la carcajada y aplaudieron las torsiones amaneradas del payaso en su grotesta referencia a lo homosexual. Los niños se rieron mucho, sobre todo mis sobrinos. - No, me llamo René y a mi novia la cortejo con poemas-, le contesté con aire perdonavidas, como jugando su juego, para romper la tensión.

- Ay, me gusta más Renata,

mana- (más risas), - ¿y no se te ocurrió que hay recursos más sexys que la poesía? ¿A poco crees que la Sor Juana tuvo muchos noaprovecharon vios?... ¡Ay, mi chavo, te voy a tener que dar unas clases!-.

Como no encontraba la manera de quitármelo de encima, y pensando lo inapropiado del momento para una fiesta infantil, le dije retador: -¿Sabes cómo se mata un payaso?.. - Ay, qué intenso -me contestó-, no, no lo sé, pero piensa que hay niños y si me vas a matar por favor que sea con una sobredosis de ternura.

- ¿Eres re’chistoso, Cepillín región 4, pero sabes o no sabes cómo se mata un payaso-, le insistí.

- No, no sé, señor desesperado. Sólo te recuerdo que el del show soy yo, ¿o acaso estoy pintado?... bueno, ya dinos cómo se mata un payaso.

- Con el tiro de gracia.

Silencio incómodo.

-Ay, mi hermano, está bueno tu chiste pero no tienes gracia pa’contarlo. Mejor te dejo en paz y ya no te quito mi tiempo. A ver, querido público, denle un aplauso acá al señor matapayasos que ya se va... A ver qué otro día lo invitan, ¿eh?.

Así me libré del payaso que siguió con su show simplón entre juegos y recompensas para los niños y burdos actos de magia que incluyeron monedas en las orejas y juegos de cartas.

Su mejor momento fue cuando anunció la apertura de la mesa de botanas y golosinas al tiempo que entonaba el clásico ¡queremos pastel, pastel!, que puso felices a los niños.

En el recorrido de agradecimiento por las mesas, el festejado y los anfitriones nos regalaron suvenirs y dulces y

para disculparse conmigo por el episodio con el payaso. Nos confiaron, a mis hermanos y a mí, que estaban muy molestos con él porque llegó muy tarde y con aliento alcohólico; que pensaron cancelar la presentación pero que al final no se animaron pues quedarían mal con los invitados y muy probablemente el tipo no les iba a devolver el dinero del anticipo.

También supimos que el mal avenido comediante se llamaba Víctor y pensé en la fea coincidencia con aquel otro payaso decadente famoso en televisión; tocayos de sangre pesada y poco respeto por el público. Al menos a éste Víctor lo veía menos gente.

En esas estábamos, y ya empezábamos a despedirnos, cuando de pronto regresó el payaso al escenario y se puso a comentar lo que en principio pensé era una broma de mal gusto como remanente de su show.

- Perdón que los moleste, bonitas familias, pero lo que les voy a decir es muy serio... (risas

de confusión). Acá estamos todos por una causa feliz y con los mejores deseos para Neymar y su familia, creo que es por demás aclarar que si fuimos invitados es porque confían en nosotros y nos estiman.

El ambiente se empezó a poner raro. La mayoría de invitados nos estábamos despidiendo y prestamos poca atención al monólogo insulso del payaso, otros pocos supusieron que todo formaba parte de la última parte su show, algunos otros dieron por hecho que eran las incoherencias de un tipo ávido de atención.

Por favor háganme caso. Les informo que doña Julia, la dueña del salón, dio la orden de cerrar las puertas para que no salga nadie hasta que aparezca su monedero que alguien se llevó del baño. La cartera tiene 12 mil pesos que son el finiquito del salón que le pagaron los organizadores de la fiesta. No se rían que es en serio, no enseñemos el cobre con cosas como ésta. Así que lo siento, pero los van a revisar a todos hasta que aparezca el dinero. Si alguien sabe quién lo tiene díganmelo en privado a mí y yo me encargo de hablar con esa persona, pero no permitamos que abusen de la confianza de quienes los invitaron a pasar tan bonita tarde... Por favor, es en serio, no se vayan, no van a poder salir. Esto no tiene que ver conmigo, yo sólo soy el payaso y lo mío es hacer reír pero ustedes me van a hacer llorar. Ay, ya vi que me están grabando, al rato voy a estar en el tik tok... no la chinguen, no me hagan esto, no es mi culpa, yo vivo de las recomendaciones. ¡Ay, me quiero morir!

El episodio avergonzó a todo mundo y mucho más a los anfitriones; nosotros salimos como pudimos y no quisimos saber en qué terminó todo, pero seguro que hubo forcejeos y afloraron las enemistades entre familias.

Lo único bueno para mí fue que tal vez el desencuentro me ayudó a superar mi aversión a los payasos y ahora entiendo que lo que veo como patetismo es la mirada en el espejo.

Lo de las fiestas empeoró, ahora me gustan menos y prefiero la charla íntima que el bullicio o las rutinas grotestas de payasos sin gracia que se tiran al drama.

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