No sé ustedes qué piensen, pero de acuerdo a lo visto y padecido recientemente, y después de una larga charla con los miembros más serios del equipo, llegamos a la conclusión de que a los septiembres ya no los hacen como antes; ya no es ese mes de atardeceres frescos que anunciaban el otoño, y la lluvia serena que excitaba la noche con el aroma de los azahares. Ya desde los temblores que se instalaron en México, en aquel infausto septiembre del 85, para hacer trepidar la tierra con pasión de himno nacional se veía venir -ahora lo tenemos más claro- ese nuevo perfil apocalíptico lleno de sismos, tormentas, huracanes y el coco de este año, el calor, redefiniendo la personalidad del mes.

En estos nuevos septiembres salir a la calle a mediodía es como meterse al sauna y perder el aliento cada cinco pasos en un sofoco de bañomaría que hace pensar en la metáfora de las ranas en el caldero. Tomás, el más veterano y sabio del equipo, aventuró una hipótesis: ¿No será que a nosotros, como a las ranas, alguien nos está sancochando en nuestro jugo? El querido colega no supo explicar con qué fin alguien de la angelical, o diabólica, jerarquía climática llevaría a cabo con nosotros tan inhumano y tonto experimento. Tomás, con su fe de santo, apeló a poderes insondables y la sentencia de los profetas en el apocalipsis, pero ante la seriedad de todos en la reunión advirtió que si no fuera eso (lo de las ranas), entonces alguien le tendría que explicar a la gente, en lenguaje sencillo, el asunto del calentamiento global y esas cosas que según él son mitos.

Entre lo mítico y lo mágico, él prefiere la magia. Es un cándido. Para todos los demás es común ver y padecer el mal humor de los transeúntes en la calle, que de calentamiento sólo asimilan las ganas de agarrarse a madrazos con el prójimo que se apretuja robándole el oxígeno y la poca frescura de la tarde entre mentadas de madre, como efectos del sonido ambiente por los automovilistas y cafres del transporte público que a duras penas sobrellevan su propio sopor y hartazgo. 'Para calentamiento el de las tardes caniculares de estos septiembres atípicos. Lo demás es retórica de los medios y su falta de empatía con la gente de a pie', sentenció Silvano, el gruñón del equipo, ante la mirada comprensiva de los demás. En la reunión coincidimos en que es muy chabacana y alejada de la gente la actitud de los medios y sus expertos del clima que hablan del infierno veraniego desde un set climatizado. O comentan inconmovibles el panorama amenazante de la tormenta por venir como quien hace una agenda social de fin de semana. Estos gurús del algoritmo climático prefieren ver los toros desde la barrera o les gusta comprobar eso que dice la sabiduría popular acerca de lo bonito que es ver llover y no mojarse.

Alternan su frivolidad con tópicos de chamarras y café, chelas y balnearios para inmediatamente soltar alegremente el dato de que el calor insoportable continuará por los próximos 15 días sin tener una peregrina idea de lo que eso representa para el ánimo de la gente y sus batallas cotidianas en la asfixiante vía pública. La desesperanza como ángulo editorial involuntario a través del dato aparentemente insulso y una absoluta falta de empatía. Tiene su poesía, eso que ni qué, pero ese truco no funciona con el calor. En esa tertulia de poetas sancochados coincidimos en que las posibilidades de un soneto se derriten como chicles masticados tirados en las calles del horno septembrino y su furor de fuego patrio. Afortunadamente en la noche sólo hay que lidiar con la lluvia que alimenta al vapor, que conduce al sopor, que despierta el hedor, que provoca el horror de los monstruos zumbadores del pantano y su insaciable sed de sangre. Pasar la noche, como sea, es la misión prioritaria para sobrevivir septiembre y su falta de respeto al honor de los meses de buena voluntad. Si octubre y el bendito otoño no traen un cambio de argumento, por el bien de las cabañuelas, entre otras cosas, el calentamiento de la calle y el de sus habitantes rijosos le reprocharán a la deidad climática del buen Tomás su falta de imaginación. Y, como nosotros acá en la editorial, seguirán pensando que los septiembres ya no son como eran antes. Como nosotros, pues, ya que bien lo dijo don Neruda: Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.

MACONDO 

OTHÓN ARRÓNIZ ( † ) ‘Bitácora Sentimental’

Sigue lloviendo. No ha habido primavera y tampoco, tal vez, verano. Nunca el cielo estuvo tan encapotado sobre los hombres de maíz. Se han empezado a podrir las cañas, los tejamaniles, las botas de cazar, las pieles de víbora, el sombrero de fieltro y el vestido de novia que se guardó para casar a la siguiente hija. A nuestros antepasados -primos lejanos- los mayas, les pasó lo mismo. En algún ciclo solar Tláloc se dedicó a cerrar el horizonte, a anegar las fanegas sembradas de lotus impasibles, a romper deliciosamente las compuertas de los diques del norte, a ahogar a las hormigas, a los vagabundos, a los dormidos mayas. La naturaleza, como es sabido, se comió a esa prodigiosa civilización hecha con tabiques de barro y maderas de palo de rosa: un año llovió tanto que no quedaron en pie más que los templos erigidos sobre las montañas. Pero los sacerdotes que habían pronosticado el buen tiempo, habían desaparecido. En las inscripciones jeroglíficas de las estelas funerarias se repite una injuria, que no puedo escribir aquí, contra Tláloc.

Lo imprescindible

Moisés Alastor - Diario Nómada 

En el mundo de los pobres hay dos normas básicas. Primera: todo puede reciclarse; segunda: sin ingenio, estás perdido. Recuerdo a tres vagabundos en la Gran Vía de Madrid, sentados en el asfalto, en fila, con la barba encanecida y la nariz roja de tanto noviembre. Los tres cosían sus respectivos suéteres con agujas de punto y, frente a ellos, habían dispuesto tres vasos de plástico con tres cartones y tres deseos: “para vino”, “para cerveza” y “para whisky”. Los peatones dudaban en qué vaso poner la moneda.

A 10 mil kilómetros de distancia, Verónica “la Flaca” daba auténticas clases de ingeniería para alimentar a sus cuatro hijos en el Bordo de Xochiaca. Ella y otras doce familias habían levantado sus viviendas sobre parte de los desechos de los 20 millones de habitantes de la capital.

Como el vertedero no podía crecer hacia los lados, lo hizo hacia arriba, por lo que Verónica y sus vecinos se sentían, aunque solo fuera físicamente, un poco más cerca del cielo. La puerta de su casa era una lona con la estampa de un candidato político, la olla un casco metálico de un motorista, y el juguete favorito de su hija, un peluche tuerto sometido a una pequeña cirugía.

La necesidad estimula los sentidos, la imaginación, los instintos primarios. La lucha por la supervivencia es un arte firmado con dolor, y a veces, con sonrisas. El arte más humano, y en los extremos, el más atroz.

Personalmente acabaría con todo tipo de pobrezas, todas menos una: la pobreza de lo innecesario. Sin ser un bayaye en Malí o un vagabundo en la Gran Vía, puedo intuir cómo se las gasta la escasez y lo estimulante que puede llegar a ser el mundo de lo imprescindible, siempre que no se agote la esperanza ni el sueño.

Te acostumbras, por ejemplo, a llevar un libro en los bolsillos para acostarte en un parque de alguna ciudad durmiendo el hambre con palabras mientras el resto del mundo come; te acostumbras a moverte haciendo auto-stop y escuchar historias de vida hasta entonces anónimas; te acostumbras a no tener televisión, que es como salir de una resaca, y aprovechar las oportunidad de una conversación o las imágenes de un vaso de vino; te acostumbras a no inquietarte en el silencio, o a sentirlo cuando todos hablan; te acostumbras, en definitiva, a afilar tus sentidos, a ser más humano…

Alguien dijo: “es una gran locura la de vivir pobre para morir rico”. Y añado: hermosa locura.

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