Antes me hacía muy feliz el Día de Reyes pues despertaba mis recuerdos más bonitos de la infancia, pero desde hace algunos años ya no puedo vivirlo igual. Como un niño que en mala hora se enteró de la verdad de su mito preferido, mi corazón quedó marcado por el desengaño tras conocer otro tipode historias menos cándidas del mundo real.
Sé que la vida puede ser cruel y se ensaña con los más desvalidos, como ocurre conel genocidio de Gaza y el infierno que viven miles de niños inocentes, pero yo, como la mayoría de personas que se asumen bien nacidas, no puedo permanecer indiferente al sufrimiento reiterado que produce el estado de cosas: hartazgo social, voracidad comercial, pandemonio tecnológico, sociopatía viral,esclavitud digital, orfandad de Dios o de su necesidad... el caos del mundo.
Asumo que los cataclismos de mi mundo son chiquitos y me resigno porque tal vez no sería capaz de sobrevivir en un ambiente de trepidaciones mayores y peores saldos, pero entender esto no le quita ni un gramo al peso de mi conciencia. En algún sentido creo que es bueno pues me obliga a tener los pies en la tierra y ser consciente de que ofrecer terapia es un acto que sobre todas las cosas debe ser humanitario y responsable.
En los años 80 estudié psicología y cuando me gradué hice el trabajo social en una Casa-Hogar que acusaba grandes carencias y abandono de las autoridades del municipio aquel, uno de los más pobres del país.
Ahí conocí muchas historias y en la medida de lo posible apoyé al personal con las tareas domésticas y de cuidado de los niños. Me sorprendió mucho ver la entereza de varios de ellos que llevaban su soledad con dignidad y auxiliaban a las ‘mamás sustitutas’ con los niños más pequeños. Los abrazaban y les hablaban con dulzura. Ellas, las mujeres del personal, y ellos, los huérfanos de la CasaHogar, formaban una familia unida que no tenía tiempo para llorar pues luchaba tenazmente por el pan de cada día con la esperanza de alcanzar ese acumulado de nuevos mañanas que los acercara a la vida de adultos. Constatación y hazaña de supervivencia.
En el año que estuve vi casos muy duros de niños enfrentados a muchos tipos de miedos y afortunadamente pude poner mi granito de arena para ayudarlos con terapia de resultados casi inmediatos. En general los niños son valientes y aman la vida, son optimistas y hacen planes soñadores; su resiliencia es tan poderosa que en todos los casos piensan en ayudar a otro niño, en acompañarlo en el tránsito hacia una vida con mejores espectativas.
Terminé mi año de trabajo social y me fui muy agradecido con el personal pero sobre todo con los niños. Nunca voy a olvidar a ese grupo de seres solitarios que se aferraron a sobrevivir y crecer como personas de bien. Actualmente tengo amistad con dos de ellos y me siento muy orgulloso de ver su éxito familiar y profesional.
Un par de años después, y ya establecido como terapeuta de transtornos infantiles, decidí volver a la Casa-Hogar para apoyar con algunas mejoras necesarias y entregar un poco de dinero que recolecté con colegas, familiares y amigos. Me conmovió ver rostros conocidos pero me impactó más el deterioro de las instalaciones y la sensación de hambre insatisfecha en el rostro de los huérfanos. Me quedé dos meses a apoyar en las labores de remodelación y aproveché para retomar los expedientes de varios de mis antiguos pacientes.
Había cuatro niños nuevos, tres de ellos hermanitos que esperaban la llegada de
unos tíos que se los llevarían a vivir bajo su tutela al entonces DF. Los niños habían sobrevivido al accidente automovilístico en el que murieron sus padres y la hermana mayor, Soledad. Estuvieron hospitalizados un mes y llevaban otro en la Casa-Hogar esperando a los tíos que recién se habían enterado de la desgracia. Pese a la notable tristeza en sus caritas, los tres niños se veían fuertes y muy unidos aunque extrañaban sobremanera a su hermana.
El cuarto niño tenía ocho años y estaba muy flaco. Con sorpresa me enteré de que no era huérfano y estaba ahí porque sus padres se fueron a vivir a otra ciudad y lo dejaron abandonado.
La enfermera me explicó después que el niño tenía cicatrices en la espalda y piernas además de que padecía desnutrición severa. Cuando pude platicar con él me dijo con voz apagada que se llamaba Felipe y que quería estar con sus papás.
Fue difícil establecer la confianza con él para dimensionar el daño que le pudiera estar causando el trauma del abandono. No lloraba y eso por sí mismo me indicaba un estado de shock.
En seis sesiones pude entender muy pocas cosas. Me sentí frustrado por no saber crear las condiciones para que el niño se abriera conmigo. Su caso se complicaba porque él no tenía un familiar cercano que fungiera como tutor y al no ser huérfano la Casa-Hogar no podía hacerse cargo de él por mucho tiempo. Tendrían que trasladarlo a un internado.
Como mi tiempo en el albergue estaba por concluir decidí cambiar la estrategia con Felipe. Fui directo: -¿Por qué crees que se fueron tus papás, Felipe?-, el niño dudó unos segundos pero contestó con un tono más fuerte que el habime tual: -Porque no quieren. Ellos dicen que no son mis papás, que mi verdadera mamá me regaló con ellos de niño-.
- ¿Y tú los quieres, Felipe?, le pregunté con la esperanza de encontrar algún argumento que nos permitiera seguir conversando e indagando sobre la capacidad conceptual del niñoy el estado de su conciencia. Me contestó con el rostro fruncido pero fluidamente. Elevó la voz: -Sí los quiero, pero se enojaron porque la noche que iban a llegar los Reyes escribí mi carta pidiendo que no me trajeran nada, que lo que les pedía era que me convirtieran en televisión, aunque fuera de blanco y negro, y que me dejaran enmedio de la sala para que todos me vieran y se rieran conmigo como cuando se sentaban a ver el Chavo del 8. Pero a mi papá no le gustó la carta y me pegó muy feo, dijo que yo estaba muy pendejo con mis deseos. Al otro día se fueron, cuando desperté ya no los vi y un policía me trajo para acá porque la señora de la renta le dijo que yo tendría que saber dónde estaban mis papás para cobrarles... no me creyó que no sé nada de ellos-.
La actitud del niño me sorprendió; todo el mutismo de las primeras sesiones detonó en esa última charla de palabras dolorosas y culpas inverosímiles. Finalmente se soltó a llorar y yo no supe hacer nada más que mirarlo y decirle que él no era culpable de nada. Entendí que yo aún era muy inexperto como terapeuta.
Frustrado por mi incompetencia me marché al día siguiente y nunca más regresé al albergue. Ocho años después supe, por medio de una de las enfermeras jubiladas del orfanato, que Felipe buscó a sus padres pero éstos lo volvieron a rechazar y le dijeron que su verdadera madre vivía en Estados Unidos, que fuera a darle guerra a ella. Él fue a buscarla pero se perdió en el desierto y ya no se supo nada más de él.
Desde entonces cada Día de Reyes se me atraganta el recuerdo de Felipe, por eso abrazo a mis hijos -aunque ya no son niños- y hacemos oración por él.
