Por unos pocos días volví a Córdoba y viví momentos felices, breves, pero proverbiales. Pensando tantas cosas, como se sienten en el corazón al volver a la querencia, recordé el amoroso testimonio fotográfico del querido Carlo Magno Morales Herrera y le pedí permiso para compartir aquí unas pocas piezas de esa colección de instantes que él ha sabido arrebatarle al tiempo como tributo a la inmortalidad de una ciudad pequeña pero linda, provinciana y siempre amorosa.
Generoso como buen artista, Carlo me dio chance y aproveché para pensar algunas ideas que estuvieran a la altura de tan lindas imágenes de la ciudad. Y pensando los cómos se me salió un suspiro cursi pero bien intencionado, pues en algo tan breve como un suspiro cabe Córdoba. Aspirar la serena alegría que se mete en la piel con la caricia húmeda del aire juguetón.
Sensación de hogar en las sombras melancólicas de los ficus y palmeras, las piedras enmohecidas de los templos y su dulce atavismo de santuario inmaculado; profesión de fe y resistencia en sus fantasías barrocas de hechiceras y vírgenes bienhechoras. Misterio de mulatas en un barco sin mar; grafito que pinta leyendas en los muros inquisidores; reverberación de estaciones en los vagones de un tren que despierta al otoño con sus nubes vaporosas. Hálitos de nostalgia por una infancia feliz que se regodea en el paseo de los sonidos y colores. Celebración del murmullo en la plaza; diálogo de la vida y el tiempo entre las notas de la marimba.
Trepidación de huapango y son en el zapateo de las musas vestidas de verano y olorosas a gardenias. Romance de los ritmos, latidos y silencios, como rostro de alegrías, pasiones y recuerdos de los personajes que iluminan las calles de la vieja Huilango. La de las palomas. Celebración de sol en el cielo con sus arreboles vespertinos; augurios de luna cordobesa para las cosechas, los recién nacidos y el mal de amores; atmósferas a ‘hueledenoche’ en el susurro de los grillos, el canto de las ranas y el beso tronado de las lagartijas güeras. Floración de los tepejilotes, la tlanepa y el izote; incienso de pomarrosas y naranjas. Cortejo de palomas y palomos que bailan el danzón sensual de la vida que se detiene.
Palacio y Catedral mirándose de frente, celebrando la voluntad de la luz y el placer de la oscuridad. Calorcito que se mete en los poros como infusión tropical de caña y café; sutileza húmeda que le dice al peregrino: ¡Bienvenido... no me olvides! Por un breve momento volví a la hermosa Córdoba y me regaló un suspiro lleno de vidas. Me llevo muchos más como compañía para bendecir los nuevos caminos y contarle a la gente que Córdoba es una breve bocanada de amor que cabe en un suspiro. También el hogar de mi infancia al que siempre vuelvo feliz.
Bienvenidos al vergel de corazón cafetero, terruño de buen agüero con gente sencilla y fiel; coloquial luna de miel en los mitos que fascinan, las leyendas que caminan por las calles de la historia, pedacito de la gloria de sus héroes y heroínas. Disfruten en cada instante de la Córdoba festiva, hermosa flor siempre viva que recibe al visitante, vivero siempre radiante, sugerente y apacible, expresión del intangible delirio de los azahares, sus fincas y platanares en ‘todo verde posible’. Aquí el clima es un actor que se expresa en la neblina, en la lluvia cristalina y el canicular sopor; viento que arrastra el calor en la impetuosa surada, la lluvia, la granizada, entre calores y fríos, precipitación y estío... ¡variedad de temporada! Expresión ambivalente del feliz viento del sur que juega su propio albur en lo fresco y lo caliente; se vuelve loca a la gente que tras el viento sopesa un chaparrón que adereza la visión del buen agüero cuando pinta el aguacero la acuarela cordobesa.
