Por fin se die­ron cuenta que pedir un aumento en el costo del pasaje era des­ca­be­llado con las uni­da­des que tie­nen.

Con­tra todo pro­nós­tico, y desa­fiando años de tra­di­ción, los líde­res del trans­porte público en More­los anun­cia­ron que acep­ta­rán regu­la­ri­zar sus uni­da­des y, en un acto casi mila­groso, van a tra­tar de moder­ni­zar toda su plan­ti­lla.

La noti­cia ha sido cata­lo­gada por exper­tos como un fenó­meno digno de estu­dio, pues implica reco­no­cer que cobrar caro por un ser­vi­cio en con­di­cio­nes deplo­ra­bles quizá no era la mejor estra­te­gia, con eso de que pri­mero que­rían subir el costo del pasaje.

Durante déca­das, los usua­rios han dis­fru­tado de una expe­rien­cia única: uni­da­des con asien­tos rotos, ven­ta­nas ine­xis­ten­tes, puer­tas que no cie­rran y moto­res que sue­nan como reli­quias prehis­pá­ni­cas en pleno sacri­fi­cio mecá­nico.

Todo esto, claro, con tari­fas que pare­cían incluir aire acon­di­cio­nado, cin­tu­ro­nes de segu­ri­dad y como­di­dad... aun­que solo en la ima­gi­na­ción.

Ahora, los con­ce­sio­na­rios ase­gu­ran estar lis­tos para entrar a una nueva era. Regu­la­ri­zar pape­les, pasar revista mecá­nica y reti­rar uni­da­des que ya debe­rían estar en museos del trans­porte son parte del com­pro­miso asu­mido.

La medida llega des­pués de años de que­jas ciu­da­da­nas y acci­den­tes cons­tan­tes que per­mi­tie­ron que el trans­porte público se con­vir­tiera en una prueba de resis­ten­cia física y emo­cio­nal. Por­que en More­los, via­jar en una “ruta” no era tras­la­darse: era sobre­vi­vir al tra­yecto sin que el asiento se des­pren­diera o el cho­fer deci­diera correr una carre­rita.

Los líde­res del trans­porte acla­ra­ron que la moder­ni­za­ción será gra­dual, para no afec­tar “la eco­no­mía del sec­tor”, aun­que por ahora nadie ha expli­cado cómo sobre­vi­vían antes las uni­da­des sin fre­nos, sin luces y sin man­te­ni­miento, pero con tari­fas pun­tua­les y toda­vía así que­rían un aumento.

Así, More­los se pre­para para una nueva era del trans­porte público. Una en la que pagar por un ser­vi­cio digno no sea un favor, sino lo mínimo espe­rado.

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