En los anales de la política mexicana, hay un capítulo que merece ser examinado con una mezcla de fascinación y desdén: la historia del Partido Revolucionario Institucional. Lo que comenzó como un ideal de la Revolución Mexicana, una llama de esperanza para un País en busca de justicia y equidad se convirtió en una travesía sarcástica hacia la decadencia moral y el enriquecimiento ilícito.

Cuando se fundó en 1929 (ya sé que en esa fecha tenía otro nombre), el PRI prometía ser la encarnación política de los valores revolucionarios: justicia social, igualdad y progreso para todos los mexicanos. Pero, como suele ocurrir con las promesas políticas, la realidad resultó ser un relato trágicamente diferente.

El PRI, en su largo reinado de poder, no solo se desvió del camino de la justicia, sino que lo abandonó por completo en favor de los placeres mundanos del dinero y el poder. En lugar de ser la voz de los desfavorecidos, se convirtió en el eco siniestro de los intereses corruptos y los bolsillos voraces.

Sus líderes, en lugar de ser paladines de la moralidad, se transformaron en titiriteros de la corrupción, manipulando las instituciones del Estado para su propio beneficio y el de sus acólitos. No era raro ver a altos funcionarios del PRI navegando en la opulencia mientras el pueblo que supuestamente representaban naufragaba en la pobreza y las crisis.

Con el paso del tiempo, el PRI dejó de ser un partido político para convertirse en una máquina voraz de perpetuación del poder y el privilegio. Los ideales revolucionarios se desvanecieron en la bruma de la codicia y la avaricia, dejando un paisaje político marcado por la desconfianza y el desencanto.

Hoy en día, el PRI yace en las sombras de su antigua grandeza, un espectro de su pasado corrupto que aún acecha los pasillos del poder. Sus filas, una vez llenas de líderes visionarios, ahora están pobladas por una élite cuyos únicos ideales son la autopreservación y el enriquecimiento personal.

La historia del PRI es un recordatorio amargo de cómo incluso los ideales más nobles pueden corromperse cuando se enfrentan al poder y la ambición desmedida. Es un cuento de advertencia sobre los peligros de la complacencia y la falta de rendición de cuentas en la política. Y es una llamada de atención para aquellos que todavía creen en la posibilidad de un cambio real y duradero en México.

En conclusión, el PRI representa un pasado que ya no podemos permitirnos revivir.

Antes de que nos abracen los ideales del nuevo PRI, mejor vámonos con lo bueno, lo malo y lo feo.

Lo bueno: que el Revolucionario Institucional es un partido en proceso de extinción. Lo malo: que durante muchos años se sirvió del País a sus anchas. Lo feo: que nos vamos a tener que chutar 6 años más a su presidente Alejandro Moreno.

No está de más decir que esto es a título personal.

Fíjense nada más que… al viejo estilo priista y emulando la cargada de búfalos, Xóchitl Gálvez, en una solicitud que pareció más regaño desesperado, pidió a los empresarios que no sean timoratos y que hagan campaña por ella ¡ja! ¿Tan mal va?

Fuera de contexto: En conmemoración con el Día Mundial del Agua, cabe hacer la mención que, de acuerdo con cifras del Coneval, en México, sólo la mitad de los mexicanos cuenta con suministro de agua todos los días. Además, de manera cotidiana, sin considerar las sequías localizadas, se estima que entre 12 y 15 millones de personas carecen de agua potable en el País.

¡Saludos!

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