¿Quién resiste el pró­ximo golpe? La pre­si­denta Clau­dia Shein­baum pre­sentó ayer el comité téc­nico-cien­tí­fico, con­for­mado por exper­tos de la UNAM, el IPN, la UAM y otros cen­tros de inves­ti­ga­ción, que en dos meses deter­mi­nará si México puede avan­zar en la extrac­ción de gas no con­ven­cio­nal —el que está atra­pado en rocas com­pac­tas en esta­dos como Tamau­li­pas, Nuevo León y Coahuila— mediante frac­king de “bajo impacto”. Su fallo defi­nirá una de sus pro­pues­tas más con­tro­ver­ti­das, indi­car el camino a seguir para apro­ve­char un recurso que no se ha explo­tado por con­si­de­ra­cio­nes ambien­ta­les.

México importa el 99% del gas natu­ral que uti­liza para pro­du­cir gran parte de su elec­tri­ci­dad, en par­ti­cu­lar de Texas. Esa cifra mues­tra su vul­ne­ra­bi­li­dad estra­té­gica. Las hela­das o los hura­ca­nes en Texas, las tur­bu­len­cias geo­po­lí­ti­cas o el sim­ple cam­bio de humor del inqui­lino de la Casa Blanca pue­den con­ver­tirse, como ha ocu­rrido, en inte­rrup­cio­nes del sumi­nis­tro, aumen­tos de pre­cios y pre­sio­nes que abar­can desde lo comer­cial hasta lo migra­to­rio.

La tor­menta Uri, en 2021, por ejem­plo, obligó a Texas a prio­ri­zar su pro­pio con­sumo y res­trin­gir las expor­ta­cio­nes, dejando sin elec­tri­ci­dad al norte de México, con apa­go­nes y sobre­cos­tos millo­na­rios. Hoy, la gue­rra en Medio Oriente y el cie­rre del estre­cho de Ormuz, tanto por Irán como por EEUU, han aña­dido vola­ti­li­dad a los pre­cios glo­ba­les del gas que México absorbe sin mar­gen de manio­bra. Lograr la mayor sobe­ra­nía ener­gé­tica posi­ble no es retó­rica, sino una res­puesta a una fra­gi­li­dad evi­dente.

Para redu­cir esa depen­den­cia, la pre­si­denta ha tra­zado tres líneas. La pri­mera es la efi­cien­cia. Cam­biar las lumi­na­rias vie­jas por LEDs, moder­ni­zar pro­ce­sos y redu­cir las pér­di­das en la red para recor­tar hasta un 15% del con­sumo de gas en pocos años. La segunda es ampliar la gene­ra­ción con ener­gías reno­va­bles: actual­mente, México pro­duce cerca del 25% de su elec­tri­ci­dad con fuen­tes lim­pias, y se espera que lle­gue al 38% para 2030, con ener­gía solar, eólica, geo­tér­mica e hidroe­léc­trica finan­ciada por la CFE, capi­tal pri­vado y bonos ver­des.

La ter­cera es la más con­tro­ver­tida: extraer gas no con­ven­cio­nal mediante un frac­king “de bajo impacto” con CO o nitró­geno en vez de agua, el reci­claje del 60 al 80% del líquido y el uso de adi­ti­vos bio­de­gra­da­bles. Pemex ope­ra­ría los cam­pos y gran­des empre­sas espe­cia­li­za­das apor­ta­rían la tec­no­lo­gía, con esque­mas de inver­sión de miles de millo­nes de pesos al año.

Esta tec­no­lo­gía reduce algu­nos ries­gos, pero no los eli­mina. Genera emi­sio­nes de metano, sis­mi­ci­dad indu­cida, fugas a acuí­fe­ros y con­flic­tos con las comu­ni­da­des. Lo recha­zan varias orga­ni­za­cio­nes ambien­ta­lis­tas por con­si­de­rar que la sobe­ra­nía real no se logrará degra­dando el agua y el clima.

El comité pre­sen­tado ayer puede reco­men­dar el frac­king o dedi­car los recur­sos a aumen­tar la efi­cien­cia y a desa­rro­llar ener­gías reno­va­bles. La res­puesta más prag­má­tica debe ser que, mien­tras México no tenga capa­ci­dad reno­va­ble sufi­ciente para sus­ti­tuir el gas impor­tado, debe explo­tar sus depó­si­tos de gas no con­ven­cio­nal, con estric­tos con­tro­les ambien­ta­les, para dejar de ser rehén de Texas. El frac­king no es una solu­ción defi­ni­tiva, es una alter­na­tiva mien­tras se desa­rro­llan más reno­va­bles y debe tener una fecha de salida.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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