A veces las historias de superación no empiezan en una pista, sino en una cama de hospital. Ahí, donde el miedo pesa más que el cuerpo y donde un niño sólo quiere volver a sentirse como antes. La de Pedro Cueto es así.
Desde muy pequeño hablaba de coches como otros niños hablan de juguetes. El ruido de un motor le hacía brillar los ojos. Soñaba con correr sin imaginar que, antes de hacerlo en una pista, tendría que hacerlo contra una enfermedad.
Antes de cumplir siete años llegó el diagnóstico: cáncer de hueso. Para un adulto es una palabra que sacude. Para un niño, es confusión, hospitales, agujas, cansancio… y muchas preguntas que ni siquiera sabe cómo hacer.
En medio de cirugías y tratamientos, apareció algo que lo sostuvo: su sueño… y la promesa de sus papás.
Ellos no le hablaron de límites. No le hablaron de lo que tal vez no podría hacer. Le dieron una meta sencilla pero enorme: resistir. Seguir. No rendirse. Y le prometieron un go-kart cuando todo terminara.
Ese acuerdo no era sólo un premio. Era una luz al final de días difíciles. Era una razón para levantarse cuando dolía. Era imaginarse de nuevo moviéndose, avanzando, siendo niño.
Cuando por fin terminó el tratamiento y recibió su primer kart, no sólo estaba estrenando un vehículo. Estaba recuperando una parte de su vida. El volante se convirtió en terapia. La pista, en libertad.
Pedro no corría sólo por ganar. Corría porque cada vuelta era una forma de decir: “Aquí estoy”.
Años después, su camino volvió a ponerse duro. Tras muchas complicaciones médicas, tomó una decisión que ni muchos adultos podrían enfrentar: amputarse la pierna derecha para seguir adelante con mayor calidad de vida.
Detrás de esa decisión hubo miedo, claro. Pero también hubo lo mismo que desde el inicio: el respaldo de sus padres. Esa red sostiene todo. La que acompaña a consultas, limpia lágrimas, escucha silencios y repite, las veces que haga falta: “Sí puedes”.
Seis semanas después de la cirugía, Pedro regresó a competir. No como un niño al que “le pasó algo”, sino como un piloto que sigue persiguiendo su sueño. Hoy habla de convertirse en referente del automovilismo adaptativo y demostrar que una amputación no borra un futuro.
Fuera de la pista, comparte a través de conferencias su historia con otros niños y familias que atraviesan momentos parecidos, colaborando con organizaciones como Make-A-Wish. No habla desde la teoría, habla desde lo vivido.
La historia de Pedro no es solo de velocidad. Es la historia de un niño que tuvo miedo y aún así siguió. De un sueño que, en vez de apagarse con la enfermedad, se volvió más fuerte.
Porque a veces, lo que salva no es sólo la medicina. También salva el amor que empuja… y un pequeño volante entre las manos. 

 

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