Cuernavaca.- En una pérdida irreparable para el mundo del arte mexicano, Guillermo Monroy Becerril, el muralista excepcional que fue discípulo directo de Frida Kahlo y asistente fiel de Diego Rivera, falleció este miércoles en su hogar en Cuernavaca a la edad de 102 años. Su partida enluta al mundo artístico y deja un legado invaluable que seguirá dialogando con las nuevas generaciones, inspirando a pintores, grabadores y muralistas en México y más allá.

Monroy Becerril, conocido como uno de los "Fridos" –el grupo de alumnos predilectos de Kahlo–, representaba el puente vivo entre la era dorada del muralismo mexicano y el arte contemporáneo, con una obra marcada por la subversión, el amor a la naturaleza y la crítica social. Nacido el 7 de enero de 1924 en Tlalpujahua, Michoacán, Monroy Becerril emigró de niño a la Ciudad de México, donde su pasión por el arte se forjó en medio de la efervescencia postrevolucionaria. Su vida, un siglo de creación ininterrumpida, culminó apenas un mes después de celebrar su cumpleaños 102, un hito que él mismo describió en una entrevista reciente como "un regalo de la vida para seguir pintando".

Su familia, encabezada por su hijo, el guitarrista Guillermo Diego Monroy, anunció que será velado hoy y mañana en la funeraria Hispano Mexicana de Cuernavaca, invitando a artistas, amigos y admiradores a rendirle homenaje.

Orígenes humildes y el despertar artístico

Guillermo Monroy Becerril creció en un México en transformación, marcado por la Revolución y el renacimiento cultural. Originario de un pueblo minero en Michoacán, su familia se mudó a la capital cuando él era niño, huyendo de la pobreza. Desde joven, mostró un talento innato para el dibujo y la pintura, lo que lo llevó a ingresar a la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado "La Esmeralda" en la década de 1940. Allí, bajo la tutela de maestros legendarios, su trayectoria se entrelazó con los pilares del arte mexicano.

En "La Esmeralda", Monroy conoció a Frida Kahlo, quien se convirtió en su mentora y figura materna en el arte. Como parte de "Los Fridos" –un grupo selecto de alumnos que incluía a Arturo García Bustos, Arturo Estrada y Fanny Rabel–, Monroy absorbió las lecciones de Kahlo sobre el dolor personal transformado en expresión universal. "Frida nos enseñó a pintar con el corazón, no solo con las manos", recordó Monroy en una entrevista para Mexico News Daily en enero de 2026, apenas semanas antes de su muerte. "Ella era dura, pero amorosa; nos empujaba a cuestionar el mundo a través del pincel".

Kahlo, postrada por sus dolencias, impartía clases desde su cama, y Monroy fue uno de sus ayudantes más cercanos, ayudándola en sus últimos años.

Colaboraciones con los gigantes del muralismo

La carrera de Monroy despegó como asistente de Diego Rivera, el titán del muralismo mexicano. Participó en obras icónicas como el mosaico del Museo Anahuacalli, el Estadio Olímpico Universitario de Ciudad Universitaria y el Cárcamo de Chapultepec, titulado "El agua, origen de la vida". En estas colaboraciones, Monroy no solo aplicó técnicas de fresco y mosaico, sino que absorbió la ideología comunista y social de Rivera. "Diego era un maestro exigente; nos hacía trabajar hasta el amanecer, pero nos enseñaba que el arte debe servir al pueblo", narró Monroy en una charla con Proceso en 2022.

Además de Rivera, asistió a otros muralistas como Raúl Anguiano y José Chávez Morado, contribuyendo a proyectos que fusionaban el indigenismo con la crítica política. Su labor como ayudante lo llevó a Chiapas, donde fue catedrático en el Instituto de Ciencias y Artes, influenciando a generaciones de artistas locales. Monroy siempre enfatizó el "arte subversivo", un concepto que exploró en entrevistas, como la presentada por la Secretaría de Cultura de Morelos, donde relató sus experiencias con Kahlo y Rivera.

Una obra propia: Del caballete al mural, con toques de rebeldía

Aunque conocido por sus colaboraciones, Monroy forjó una carrera independiente como pintor de caballete, muralista, dibujante y grabador. Sus obras, exhibidas en lugares como el Museo de Arte de Tlaxcala en 2016, reflejan un estilo influenciado por el surrealismo de Kahlo y el realismo social de Rivera, con temas que van desde la naturaleza exuberante hasta la denuncia de injusticias. En Cuernavaca, donde residió gran parte de su vida, impulsó el festival Miquixtli, un evento cultural que celebra la muerte y la vida indígena, alineado con su visión de un "arte amoroso y revolucionario".

Entre sus murales destacados se encuentran aquellos en edificios públicos de Morelos y Chiapas, donde incorporó elementos indígenas y ecológicos. "Pinto para que el mundo vea la belleza en la lucha", dijo en una charla con La Jornada Morelos en 2024, abogando por una "Revolución Amorosa" que contrapusiera el odio con creatividad.

Su sitio web oficial, guillermomonroy.com.mx, cataloga decenas de obras, desde grabados hasta pinturas al óleo, accesibles para el público global.

Reconocimientos y vida tardía: Un centenario de inspiración

En sus últimos años, Monroy recibió honores como la Medalla Bellas Artes de Oro 2024, entregada en el Palacio de Bellas Artes, reconociendo su contribución al arte mexicano. A los 102 años, aún activo, concedió entrevistas donde rememoraba anécdotas con Kahlo y Rivera, como llegar a "La Esmeralda" y convertirse en su discípulo predilecto.

En enero de 2026, celebró su cumpleaños con una exposición virtual en redes sociales, donde su familia compartió fotos y videos de su taller.

Residenciado en Cuernavaca, Monroy se convirtió en un ícono local, participando en colectivos como Coavein y promoviendo el arte accesible. "Soy motivo de orgullo para México", declaró en una entrevista con La Jornada Morelos en 2024, reflejando su humildad y pasión.

Legado y reacciones: Un vacío en el arte mexicano

La muerte de Monroy ha generado una ola de tributos en redes sociales y medios. En X (antes Twitter), el Gobierno de Morelos lo describió como "un grande del arte", mientras que La Jornada lo recordó como "integrante de Los Fridos". Artistas y críticos coinciden en que su legado dialogará con futuras generaciones, preservando el espíritu subversivo del muralismo. Su partida cierra un capítulo vivo de la historia del arte mexicano, pero abre puertas para redescubrir su obra. En palabras de Monroy: "El arte no muere; se transforma".

Morelos y México lloran a un maestro, pero celebran un siglo de luz creativa. 

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