Cuando Leo se cayó de la bicicleta por sexta vez se levantó muy enfadado.

— ¡Ya no lo vuelvo a intentar! — le gritó a su madre que miraba por la ventana, y fue a guardar la bicicleta en el garaje.

— ¿Por qué no dejas que te ayude? ¿Ponemos los ruedines? ¡Apenas lo has intentado!
Pero Leo se negó en redondo. Él no era un niño pequeño, dijo, cruzando los brazos sobre su pecho.
Su madre lo miró sin decir nada; prefirió que estuviera más tranquilo para hablar con el niño.
Al día siguiente, cuando Leo llegó del colegio, aprovechó para hablar con él.

— ¿Sabes cuántas veces intenté hacer estas croquetas que tanto te gustan? —le dijo mientras cocinaba y daba vueltas a la masa dándole forma.

Leo se acercó y, después de lavarse las manos, empezó a ayudar a su madre a hacerlas, mientras la escuchaba.

— Al principio me salían sosas y deformes; mi madre me enseñó a hacerlas. ¡Con lo bien que te salen a ti! — le dijo, viendo que su hijo las moldeaba con gran facilidad.— Las personas tenemos habilidades para diferentes cosas, pero si tiras la toalla tan pronto y no dejas que te ayuden, nunca lo lograrás.

— Si quieres aprender a montar en bicicleta tendrás que intentarlo de nuevo — le dijo mirándolo de reojo.—Nadie sabe hacerlo cuando nace.

Cuando terminaron de rebozar las croquetas salieron al garaje y sacaron entre los dos la bicicleta al jardín.

— ¡Monta! — le dijo su madre.
Leo subió a la bicicleta y empezó a pedalear, pero al momento se tambaleó y su madre lo tuvo que agarrar para que no cayera al suelo.

— ¡Vamos!, yo te sujetaré por el sillón — le dijo su madre.
Cuando Leo empezó a pedalear se sintió más seguro; esta vez se mantuvo unos cuantos metros derecho.

— ¡Otra vez, Leo! ¡Lo estás haciendo muy bien! — le dijo su madre sonriendo.
Leo volvió a montar en su bicicleta, ahora con un poco más de seguridad.
Su madre agarró el sillón, como la vez anterior, hasta que Leo tomó estabilidad, después lo soltó sin que el niño se enterara permaneciendo a su lado.

— ¡Qué bien Leo! ¡Ya casi lo tienes! —gritó su madre.
Y el pequeño siguió pedaleando, una y otra vez.

Cuando Leo vio entrar a su padre por la puerta del jardín perdió el equilibrio y se tumbó hacia un lado, pero esta vez supo apoyarse en el pie y no cayó al suelo.

—¡Campeón! Te he visto desde fuera. ¡Ya sabes montar en bicicleta! —le gritó contento su padre.
Esta vez fue Leo el que se montó sin que nadie le dijera nada y empezó a pedalear.

—¡Mira, mira! —gritó a sus padres, entusiasmado.

Y después de estar un ratito montando en bicicleta, Leo y sus padres entraron a cenar unas ricas croquetas.

¿Cómo crees que se sentía Leo cuando no sabía montar en bicicleta?

¿Qué significa sentirse frustrado?

¿Recuerdas alguna vez en la que te hayas sentido así?