Jiutepec.– Janeth Díaz pensó que al cruzar la frontera mexicana en 2021, dejaría atrás un infierno de golpes, amenazas y miedo constante. Había huido de Bogotá, Colombia, sola, para romper el ciclo de violencia intrafamiliar que durante años había marcado su vida y la de sus tres hijas. "Decidí salir del país para preservar mi integridad y la de mis hijas", recuerda Janeth, con la voz quebrada por un dolor que se renueva cada día.
Pero el destino, cruel e impredecible, le tendió una emboscada en este refugio improvisado: el 30 de octubre de 2025, su hija Sharick Staicy Bonilla Díaz, de 18 años, salió a un parque cercano y se desvaneció en el aire, dejando un rastro de mensajes confusos y una madre atrapada en una pesadilla transfronteriza.
En las calles empedradas de Jiutepec, un municipio acechado por la sombra de la delincuencia organizada, Janeth reconstruyó su vida con tenacidad. Llegó sin sus hijas, ya que el padre biológico se negó a firmar los permisos para su salida de Colombia, un acto que prolongó la separación y multiplicó los obstáculos burocráticos.
Fueron años de abogados, trámites interminables y ahorros agotados hasta el último centavo. Primero trajo a Geraldine, la menor, y en abril de 2025, sorprendió a Sharick con un boleto de avión para reunirse en México. "No sabía que iba a buscarla; fue una sorpresa", cuenta Janeth, evocando un momento de alegría efímera que ahora parece un recuerdo lejano.
Sharick, con su cabello castaño oscuro hasta los hombros y ojos color miel que irradiaban curiosidad, medía 1.65 metros y acababa de adaptarse a un mundo nuevo, sin amigos ni rutinas establecidas en esta tierra tlahuica.
Aquel miércoles 30 de octubre, el sol de mediodía iluminaba el barrio cuando Sharick salió de casa a las 12:30 horas, vestida con pants negros rayados de blanco, una sudadera gris y tenis desgastados. "Voy al parque, ma, regreso al almuerzo", le dijo a su madre, refiriéndose al espacio verde a solo media cuadra de distancia.
Janeth, confiada en la rutina pacífica que habían construido, la dejó ir. Pero las horas se estiraron como una sombra ominosa. A las 14:00, alarmada, Janeth salió a buscarla: recorrió el parque, la biblioteca local, las calles aledañas. Envió una foto por WhatsApp para alertar a conocidos, y Sharick respondió: "Ma, borre esa foto que me está boleteando" –un término coloquial colombiano para "exhibir" o "delatar".
Minutos después, otro mensaje desconcertante: "Ma, estoy en Cuautla". Hablaba de buscar una habitación para vivir sola, de necesitar espacio. Janeth, desconcertada, ofreció acompañarla, pero la conversación se fragmentó hasta cortarse a las 23:30 horas.
La noche trajo más enigmas. El teléfono de Sharick envió textos a Geraldine pidiendo dinero: primero 500 pesos para un autobús, luego 1,500. Afirmaba estar en Nuevo Laredo, Tamaulipas, en la frontera con Estados Unidos, y que alguien la "ayudaba". Envió una foto que se borró automáticamente y un audio breve: "Hola, Geral, yo estoy bien". Luego, el silencio absoluto.
Al día siguiente, 31 de octubre, un saludo escueto a las 08:10 horas fue el último eco auténtico. Janeth y su pareja, en un arrebato de desesperación, peinaron hoteles, zonas de tolerancia, puntos de drogas y colonias peligrosas. Consultaron a un hacker para rastrear el teléfono y a una vidente en busca de pistas etéreas. Nada.
Janeth entregó todo: números de celular, geolocalizaciones, capturas de pantalla, contactos y testimonios a la Fiscalía Morelos. Recientemente, las autoridades revelaron datos clave: el teléfono salió de Morelos el 30 de octubre tras dejar el parque; al amanecer del 31, estaba en la frontera México-Estados Unidos, y permaneció activo hasta el 3 de noviembre antes de apagarse para siempre.
La ficha de búsqueda emitida por la Fiscalía describe a Sharick con precisión y urge a la población a reportar cualquier avistamiento.
Este drama personal se inscribe en una crisis mayor que azota a México, donde más de 128,000 personas permanecen desaparecidas, muchas víctimas de desapariciones forzadas.
Para los colombianos en México, la situación es particularmente sombría: en 2024, 105 connacionales fueron reportados desaparecidos ante consulados, y 60 asesinados, cifras que subrayan los riesgos de la migración en rutas plagadas de crimen organizado.
Municipios como Cuernavaca y Jiutepec concentran el mayor número de casos, con un aumento notable desde 2016.
Janeth, ahora lejos de su tierra natal, vive suspendida en la agonía. "Solo queríamos una vida tranquila", suspira. "Es desesperante no saber si comió, si durmió bien, si le están haciendo daño".
Teme que su hija, ingenua ante los peligros locales, haya caído en una red de trata o engaño. "La traje para que estuviera bien, no para esto".
Mientras las autoridades continúan la investigación, Janeth clama por justicia y visibilidad, un eco de miles de madres migrantes que, huyendo de un horror, tropiezan con otro. En un país donde las desapariciones se acumulan como heridas abiertas, su historia no es solo un caso aislado: es un grito colectivo por respuestas en medio del silencio ensordecedor.
