La falsa historia se refiere a la manipulación, invención o simplificación de eventos pasados para crear narrativas por intereses locales, como mitos arraigados que involucran falsos héroes, tergiversa documentos, oculta hechos, son mentiras completas o verdades a medias que se dan por totales, influye en la percepción; surge de las emociones y creencias personales o regionales. El filósofo y filólogo Friedrich Nietzsche planteó la transvaloración de todos los valores, oponiéndose a la “mentalidad de rebaño”; la define como la tendencia de la mayoría a adoptar normas, valores y comportamientos colectivos sin cuestionarlos, priorizando la mediocridad grupal. Dice que “original no es que alguien sea el primero en ver algo nuevo, sino quien ve algo nuevo en algo que es viejo, aquello que es visto pero pasado de largo por todos; eso es lo que distingue a las mentes verdaderamente originales” (sic). La “mentalidad de rebaño” sucede con la historia oficial desinteresada en limpiar la historia de tantas mentiras cuando admite y hasta exige fuentes repetidas de libro en libro, como si fueran absolutas, dignas de credibilidad y hasta obligación para “dar validez” a nuevos textos. Es válido consultar documentos y otras fuentes escritas, pero no para fusilar, aún con distinta redacción. Desde luego que las fuentes sirven para fundamentar nuevos descubrimientos. Sin embargo, cuando se descubren nuevas cosas de la historia, hay que tener valor para ir a contracorriente de las masas. Las investigaciones de quien esto escribe descubren hechos inéditos o encubiertos, y están respaldadas cada una, directa o indirectamente, por destacados especialistas en temas específicos de Historia, Filología, Antropología, Filosofía, Genealogía y otras ciencias. Se han presentado en instituciones de enseñanza superior y de investigación tanto nacionales como extranjeras, y ya las incluye la Inteligencia Artificial. No es lo mismo ser un analista, o narrador, o comentarista o recopilador de hechos históricos, que ser un investigador que descubre y devela cosas nuevas del pasado que echan abajo lo antes dicho. Para mejor comprensión, expongo aquí algunas falacias de la historia local que, a pesar de haber sido desmentidas con absoluto rigor, siguen siendo publicadas “democráticamente”, con mentalidad de rebaño, tanto en libros como en revistas. Apenas hasta en la primera década de este siglo, porque testifico que nunca antes se había dicho; a alguien se le ocurrió incluir en un folleto de promoción turística del gobierno del Estado en el que se decía que el quiosco de Cuernavaca lo había diseñado Gustave Eiffel. Al respecto, en 2013, publiqué que eso era falso de toda falsedad, porque, entre otras razones, no era su estilo. Después de esa publicación, Valentín López González y Mike Gómez investigaron a detalle en dónde se fabricó y quién lo diseñó, resultando que efectivamente nada tenía que ver con Eiffel. Y es así como un simple “dato” publicitario, en un intento de darle al quiosco un valor agregado, esa falsedad, sigue apareciendo en publicaciones, hasta oficiales, en revistas especializadas de historia y en las listas de edificaciones de Eiffel en México. Otro caso es sobre Maximiliano, ya que se sigue remachando sin rubor alguno que tuvo un hijo con Concepción Sedano, famosa como la India Bonita, lo que desmentí en una publicación. A partir de ahí, investigaron a detalle los cronistas Adriana Estrada y Octavio Sedano con el mismo resultado; no existieron esas dos personas. Agrego que este mito surge de un tal Julio Cedano, así, aparece en su acta de nacimiento, fue un mexicano empleado del consulado de México en Francia, que, por su parecido con el fallecido Maximiliano, se hacía pasar como su hijo para relacionarse en las altas esferas, cometiendo fraudes y traficando información. Fue un polémico personaje que, antes de ser fusilado, regaló monedas a sus ejecutores como lo había hecho el emperador; sin embargo, en su previo juicio penal, declaró ser hijo de otras personas y oriundo de Pachuca. Esa noticia se publicó en un periódico de Francia y semanas después en México. Aun así, ese mito se sigue publicando como verdad, incluso recientemente en revistas culturales. Por otra parte, el título que se otorgó a Hernán Cortés era “Marqués del Valle” sin más; lo que he respaldado con documentos primarios, como son las escrupulosas actas notariales, además de que firmaba como Marqués del Valle, entre otras pruebas. Ese agregado al título de Marqués del Valle “que ahora se llama de Oaxaca” es una letanía en la cédula real, que de ningún modo forma parte del título, es, como se nota, solo informativa, aunque errónea, porque Oaxaca NO había cambiado de nombre, como sí sucedió con el valle de Cuauhnáhuac, que sí cambió a Cuernavaca. En otras cedulas, sobran ejemplos de esas confusiones en los nombres nahuas en la península; en una, nuestra ciudad aparece con distintos nombres, en un mismo documento. Cuernavaca siempre fue sede fija del marquesado, lo que nunca fue Oaxaca, donde el conquistador solo estuvo de paso y donde se le ha inventado una casa construida dos siglos después. Por cierto, sobre el origen del nombre de nuestra ciudad; a un autor indigenista se le ocurrió decir en un libro de topónimos nahuas que la palabra Cuernavaca provenía de Cuauhunáhuac, argumentando que “es el nombre más distorsionado de esa lengua”, lo que se ha venido copiando de libro en libro, tanto así que se le da validez en el Bando Municipal. Sobre este tema, en 1981, inicié una investigación en España, resultando que el nombre de nuestra ciudad viene de la Villa de Caravaca por sus múltiples semejanzas geográficas, hidrológicas, de producción; era común entre la tropa hispana poner nombres similares a poblaciones de América por alguna semejanza con otra europea y sobran pruebas. El filólogo y lingüista Gutierre Tibon, mi maestro, considerado sabio, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, dos años después aseguró en su libro Aventuras en México que “el nombre de Cuernavaca no proviene del náhuatl, sino que es una adaptación del nombre de una población hispana con la cual tiene cierto parecido fonético”, y aporta datos históricos y filológicos, pero sin llegar a mencionar cuál es ese lugar, y termina: “Quizá otro investigador pudiera dar cuál es esa población”. Sobre eso, el maestro y doctor en historia Álvaro Matute, investigador emérito de la UNAM, escribió: “Qué bueno que existen sabios como Gutierre Tibón y Ernesto de la Peña. Tibón podía escribir y decir cosas interesantísimas sobre los significados de las palabras, que solo un gran erudito con mente libre puede hacerlo”. Por otra parte, el doctor en historia Pablo Escalante Gonzalvo, experto en toponimia nahua, en 2016, afirmó que “…la mayor parte de los lugares del Imperio Azteca conservaron sus nombres que tenían durante siglos (Yautepeque quedó en Yauepec; Guastepeque en Oaxtepec), pero en el caso de Cuauhnáhuac, los conquistadores le pusieron uno muy distinto, Cuernavaca, buscando raíces hispanas”. Es más fácil engañar que admitir haber sido engañado. También es más fácil aprender que desaprender. ¡Hasta la próxima!

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