La encomienda se estableció por primera vez en España durante la Reconquista cuando los árabes fueron expulsados de la península, y se continuó empleando durante la inmediata colonización de Nueva España, aquí, las encomiendas eran derechos -sin ser propiedades- sobre terrenos y esclavos indígenas otorgados por la Corona Española a un encomendero que había sido capitán o principal en la conquista, con derecho a heredarse solo a su siguiente generación, que, al fallecer éste, eran regresadas a la Corona. Tenían “la encomienda” de producir, de dar alimento a los indígenas esclavos, convertirlos a la religión católica, y pagar a la Corona el “Quinto Real” o sea el 20 por ciento de las ganancias. Solo a una mujer María de Estrada por sus acciones en la conquista, Cortés le otorgó la encomienda de Tetela del Volcán, fue fundadora de Puebla donde fue sepultada. 

Las Nuevas Leyes de Indias publicadas en Barcelona en 1542, prohibieron la esclavitud de los nativos en América, considerando a los indígenas vasallos libres, fue un controvertido precedente de los derechos humanos.

Algunas encomiendas pasaron a ser haciendas privadas, en Morelos, eran principalmente azucareras, con precedentes en las españolas Islas Canarias, las había también alcoholeras, al norte eran de trigo, había ganaderas como la que tenía Hernán Cortés en Tlaquiltenango para cría de caballos. Había también seis haciendas de beneficio de metales como la minera de plata de Huautla, que desde 1570 y durante toda la época colonial se apartó la Corona Española, misma que se siguió explotando a inicios del siglo XX por concesión al diversificado empresario Don Eugenio J. Cañas, y a Alejandro Sánchez y Gregorio Huicochea, y fueron explotadas por otras compañías hasta los años ochenta del pasado siglo.  

Por tanto, el nombre “hacienda” no es privativo de la construcción o fábrica con chimeneas, sea de azúcar o de alcohol, sino que, refiere a la empresa en sí, al negocio, y a su administración, que incluía el capital invertido, y la gran porción de terreno de carácter latifundista, por lo que refiere también a las empresas que no contaban con esas instalaciones, si acaso una casa para empleados y bodegas como las ganaderas. 

La primera hacienda azucarera como tal en toda la América Continental, movida por caída de agua de un acueducto fue la de Axomulco al norte de Cuernavaca en los terrenos donde ahora se ubica el Fraccionamiento Rancho Cortés, aunque ésta no fue propiedad del conquistador, ya que se construyó durante su larga estadía en España, en los terrenos que allá le estaba otorgando la Corona para su Marquesado del Valle, quien después la peleó en los tribunales, finalmente le fue otorgado un porcentaje muy menor. Es la primera, porque las de Veracruz fueron primero rudimentarios trapiches de baja producción movidos por tracción animal, sin edificios para el caso que pasaron a ser haciendas posteriormente a la de Axomulco. En Coyoacán también hubo otro trapiche anterior a Axomulco, que no prosperó por no ser clima propicio para producir caña.

Después vendría la de Tlaltenango, que, sí fue propiedad del conquistador -que, por rivalidades con la heredera viuda de Roel, dueña de Axomulco-, la construyó aledaña, para impedir su crecimiento y provocar su quiebra, tal como sucedió, aunque tiempo después fue acondicionada para fábrica de alcohol.  

La siguiente fue la de Amanalco por un permiso especial que Cortés otorgó en vida a Bernaldino del Castillo su empleado de más confianza. Después la de Atlacomulco conocida como Hacienda de Cortés, aunque el conquistador no la conoció, fue de su hijo Martín el legítimo que pasó la maquinaria de Tlaltenango para esta de Atlacomulco. 

Las haciendas eran dadas en administración a personas de confianza, pero eso, consistía en que el administrador pagaba una renta fija o por tonelada producida a los dueños que se la pasaban en sus palacetes de la Ciudad de México y en Europa haciendo vida social. La mexicana Susana Estefanía de la Torre y Mier casada en Francia, fue abuela directa del príncipe Rainiero de Mónaco y por eso, este nombró a su hija con el nombre de Estefanía. Susana Estefanía, era hermana de Ignacio de esos apellidos, quien recibió como herencia de su padre -que murió en Francia 1881- la hacienda de Santiago Tenextepango aquí en Morelos, una de las más productivas de su tiempo, con una extensión de 16 mil hectáreas.

Después de la Independencia había en Morelos más de un centenar de haciendas, la gran mayoría azucareras, llegó a producir más azúcar que la isla de Cuba que había sido el mayor productor mundial; cuatro fueron fábricas de alcohol; seis de beneficio de metales y ocho fueron ganaderas y cerealeras.

Cuando las antiguas haciendas azucareras se modernizaron con la novedosa maquinaria a vapor surgida en la Revolución Industrial de 1760, pero que cobró importancia hasta 1870 y que empezó a llegar a las haciendas de Morelos a finales de ese siglo XIX y principios del XX, fue cuando se comenzaron a llamar “ingenios”, término que viene del “ingenioso” sistema de producción industrial. Sus edificaciones incluían también las casas de los propietarios, de encargados y obreros, talleres, bodegas, caballerizas, corrales de mulas de carga y bueyes de arar, de ganado menor y aves. 

La gran producción de los ingenios motivó que los hacendados se fueran apropiando, de una u otra forma, de más y más tierras de los campesinos para abastecer las nuevas maquinarias, lo que derivó en inconformidades y sobrevino la Revolución Zapatista.  

Durante la Segunda Guerra Mundial la hacienda arrocera de Temixco fue usada para japoneses, pero no como cárcel como se ha dicho, sino para su confinamiento de donde podían salir a trabajar principalmente en la producción de arroz.

El principal producto agrícola en Morelos sigue siendo la caña de azúcar que fue introducida por Hernán Cortés. 

Hoy, algunas antiguas haciendas se conservan en buen estado ya que fueron acondicionadas para hoteles, la primera fue la Hacienda Vista Hermosa, siguieron también balnearios, campamentos, para fiestas, sin embargo, la gran mayoría sigue en ruinas desde la Revolución cuando fueron incendiadas y dinamitadas.

Autor, Carlos Lavín Figueroa


¡Hasta la próxima!

Por: Carlos Lavín Figueroa / carlos_lavin_mx@yahoo.com.mx

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