Pasar de Colombia a Venezuela es como salir de la fiesta a la calle. Se escucha el bullicio, pero atrás.

Los gritos de los comerciantes, el cláxon de los automóviles, las conversaciones de la gente que se ríe y habla en voz alta en la colombiana Cúcuta se apagan después de cruzar el puente fronterizo a la venezolana Táchira. Ahí, los comercios están cerrados porque la economía está en peligro de extinción (“vacaciones obligatorias”, reza irónicamente el letrero improvisado en una hoja en la puerta de una tienda sobre la avenida principal), casi no circulan vehículos porque no se consiguen llantas ni refacciones y los pocos que sí tienen están formados en una fila de seis cuadras para comprar gasolina y la gente camina despacio y no habla en voz alta.

El Río Táchira separa a una nación en estado de vallenato a un país en depresión. Las mujeres colombianas se dejan el pelo largo y las venezolanas se lo cortan tan pronto salen de su país porque con eso consiguen el primer dinerito para mandar a su familia o para financiarse el resto del viaje. 20 dólares por un mechón.

Dos millones de venezolanos han huido de su país, según la ONU. Es un éxodo. Pero el gobierno de Nicolás Maduro dice que no es éxodo. Que se puso de moda emigrar. Que no hay crisis.

¿Cuál fue el momento que más me impactó? Sí, la depresión en Venezuela. Pero si tuviera que quedarme con una imagen escogería la de Jefferson y su papá José Agustín. Migrantes a quienes encontré en la carretera que va de Cúcuta a Bogotá. Camiones de carga y pasajeros les rozan los brazos a toda velocidad. Jefferson empuja la silla de ruedas en la que va José Agustín, a quien del cuerpo de sale una sonda que se conecta a una bolsita de plástico para evacuar. “Así hago del cuerpo”, se le quiebra la voz. Lleva sobre las piernas una colchoneta doblada que echan al piso donde les agarra la noche y en el respaldo de la silla de ruedas cuelgan dos mochilas. Ahí guardan una muda de ropa y la comida que les dan en la carretera los que se compadecen y desde su vehículo extienden el brazo con una botella de agua, un paquete de galletas, un plátano. Jefferson empuja y José Agustín rueda las llantas con sus manos que ya están llagadas. Cuando los conocí llevaban tres días de camino. Y lo peor: de subida, de los 300 metros sobre el nivel del mar en Cúcuta hasta los 2 mil 300 metros sobre el nivel del mar en la comunidad de Pamplona. Lleva 65 kilómetros. Le faltan 400 para Bogotá, su meta. Brutal. Sencillamente brutal.

Sé que en México solemos pensar que no hay más tragedias que las nuestras. Que las desgracias internas superan a cualquiera en el extranjero. Hay quien en nuestro país considera que hablar de los problemas a miles de kilómetros es volverse cómplice de que no se solucionen aquí. No estoy de acuerdo con ellos. Me parece que en un mundo irreversiblemente globalizado nuestra conversación tiene que ser también global. O al menos un poquito.

 

SACIAMORBOS

Hoy en tele, “Ya más nada”, un reportaje especial que recoge estas y otras historias.

 

Por: Carlos Loret de Mola A.

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