Premio Nacional de Ciencias y Artes de México 2020 

Fue una tarde decembrina de confinamiento y semáforo rojo el escenario de la conversación con el historiador Alfredo López Austin. Esta nueva realidad, este cambio de la cotidianidad no nos permitió estar de forma presencial, sin duda la comunicación gestual se perdió, no así su voz, sus argumentos y opiniones, las cuales fluyeron con pasión por aquello que ha estudiado durante más de cuatro décadas: el pensamiento mítico mesoamericano. 

Galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2020, en el campo de la Historia, Ciencias Sociales y Filosofía, es ávido lector, escritor y divulgador de escritos en revistas especializadas, nacionales e internacionales. En la página del Instituto de Investigaciones Antropológicas la semblanza del historiador explica con detalle toda su obra: autor, coautor, colaborador, articulista y editor, entre otros. Algunos títulos son: La constitución real de México-Tenochtitlán; Juegos rituales aztecas; Augurios y abusiones, y Textos de medicina náhuatl. Su pasión por la academia le ha permitido dirigir cientos de tesis, y a la vez mostrarse agradecido por el entusiasmo de los universitarios por la historia.  

La entrevista inició explicando el significado de sus apellidos: López pertenece a una familia muy cariñosa, eso significa, señala, que se ha extendido por el mundo, entre ellos el de su prima Jennifer López, actriz hollywodense, y el Austin por un inmigrante inglés que llegó a los Estados Unidos, donde estudió farmacia en Nueva York. Después viajó al sur, al desierto en una época en que la ley autorizaba a todos los farmacéuticos a que ejercieran la profesión de médicos, en lugares donde no hubiera más remedio. Su bisabuelo aprovechó, y se convirtió en médico. Se hizo muy famoso en el desierto, y entonces en esa época se podía vivir en los dos lados de la frontera de México y Estados Unidos. Él se hizo fama de médico tanto en el lado tejano como en el lado de Coahuila, lo llamaban el doctor “Palomo” porque viajaba en un caballo blanco. 

Su vocación por la historia responde a un gusto, a un placer, más que a un interés de carácter intelectual en su origen. Cuenta que, en la primaria donde estudiaba en Ciudad Juárez, había un librero grande que era toda la biblioteca y ahí precisamente escogía lo que quería leer. Le gustaba mucho la historia indígena y la mitológica grecolatina. También le atraían libros de animales, y en especial una revista argentina, Billiken, que lo incursionó en la aventura del conocimiento. Por otra parte, en su casa gozaba lecturas de Verne y Salgari. A la lista se sumó otra más, la de don Tacho: “era un hombre que iba todos los días a casa, nos contaba a la familia sus experiencias de cuando había conocido grupos chiricahuas, entre ellos un guerrero que cayó en combate contra las fuerzas del gobierno. De esta forma sus aficiones por el estudio del mundo indígena y las religiones fueron creciendo en la secundaria y en la preparatoria, sin darse cuenta que sería un estudioso en la vida adulta.  

Sabedor de que la historia o la filosofía no iban a ser opciones bien recibidas en su casa, se inscribió en Derecho en la Universidad Nacional. Dejó Ciudad Juárez y viajó a la Ciudad de México. Mientras hacia la carrera, aprovechaba para asistir a cursos en la Facultad de Filosofía; tomó clases de cultura prehispánica, historia de Roma y aprendió náhuatl, entre otros. Regresó a su ciudad natal donde ejerció la abogacía tres años. Pero un día recibió la invitación de un profesor de historia a cuyo curso había asistido durante su paso por la universidad, ese profesor era Miguel León Portilla, quien le ofreció trabajo. Así empezó el periplo: decidido a hacer lo que quería ingresó de nuevo a una licenciatura: Historia, en la Facultad de Filosofía. Posteriormente, continuó con la Maestría y el Doctorado. Gozó tanto de su vida estudiantil, que la sigue disfrutando ahora en la docencia, con sus alumnos. 

 

-Usted ha señalado que los mitos hay que entenderlos como una respuesta racional a las relaciones humanas y no sólo como una apreciación mágica. 

-Los mitos tienen muy poco que ver con la magia. Son áreas muy diferentes. Pero hay que tomar en cuenta que es una forma de explicar el mundo. No de todas las culturas. Por ejemplo, actualmente muchos de nosotros no aceptamos una condición fundamental para el mito que es el estatismo propiamente de las esencias. En Estados Unidos, por ejemplo, la mayoría de la población es creacionista; piensa que, así como está el mundo ahora, así fue creado. Mientras que una pequeña parte de población acepta la evolución de las especies. En México sucede exactamente lo mismo. 

 

-¿Somos un país de creencias? 

-Entre los creyentes de la Biblia, ya sean los judíos, los cristianos o musulmanes hay mucha gente que es evolucionista. Una cosa es tener un libro guía como cualquiera de estas religiones que toman la Biblia, y otros libros. Pero no es propiamente eso lo que da la apertura al mundo, es la creencia de que las especies biológicas, sobre todo, son ahora como siempre han sido. Una menor parte de la humanidad aceptamos la evolución, creamos o no creamos en la Biblia.  

 

*Escritora y periodista, es licenciada en Ciencias de la Comunicación. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Autora de “Ecos del agua” (Ed. Aplica. 1ª Edición, México 2018), y “Axólotl, entre los brazos de las Chinampas” (Ed. Secretaría de Educación Pública/IPN México 2019). 

Por Alicia Alarcón*