El general Álvaro Obregón dirige un encendido discurso a los habitantes de Cuernavaca en mayo de 1920.

La figura de Álvaro Obregón sigue generando polémica y sentimientos encontrados a casi una centuria de su asesinato el 17 de julio de 1928 en el restaurante “La Bombilla” en San Ángel, en la Ciudad de México, mientras la orquesta típica de Esparza Otero ejecutaba “El Limoncito” en una comida ofrecida por la diputación sinaloense al caudillo y presidente electo.

Obregón fue un hombre de luces y sombras, de inteligencia avezada, de enorme talento político y militar, de una visión clara del estado mexicano que debía surgir como un ave fénix tras la lucha armada, de una simpatía y carisma arrolladoras, pero también de un talante implacable que quedó de manifiesto con la muerte trágica, no solo de sus adversarios políticos y militares, sino de sus potenciales competidores en la lucha que lo llevó a ser la cabeza de aquellos sonorenses que hasta la llegada del general Lázaro Cárdenas a la presidencia en 1934 fueron la facción triunfante de la Revolución Mexicana. Revolución que mutó de ser el primer gran movimiento social del siglo XX a una lucha franca, abierta y sin cuartel entre sus actores para hacerse de la silla presidencial, nuestra versión republicana de un trono imperial.

Obregón perteneció a esa estirpe de rancheros acomodados, herederos de los criollos y muy distantes del México indígena y mestizo que le ganaron tierra al desierto e hicieron del norte del país, en este caso Sonora, un paraíso agrícola. Sin embargo, esto no los eximió de dificultades económicas, Obregón muy dado a los chistes y anécdotas no perdía oportunidad para decir que en su niñez, cuando había queso gruyere en casa, a él solo le tocaban los agujeros. La ruda vida en los parajes norteños obligó al joven y bien plantado Álvaro a consolidarse como un talentoso comerciante y agricultor, estuvo tan ocupado en estas actividades, que no se unió a la Revolución maderista, incluso llegó a manifestar que el único pecado de Don Porfirio fue haber envejecido. El alzamiento Orozquista lo llevó a la esfera pública, organizando con campesinos y yaquis fuerzas irregulares para combatir con mucho éxito a los rebeldes, incluso el propio Victoriano Huerta llegó a decir que Obregón era un jefe que prometía.

A partir de ese momento Obregón fue imparable, sin haber asistido a una academia militar o tener antecedentes castrenses en su familia, se consolidó como la primera espada de la Revolución; acogió a Carranza que llegó a Sonora para liderar la Revolución Constitucionalista, se convirtió en comandante en jefe del poderoso Cuerpo de Ejército del Noroeste pero también se dio tiempo para la política, ganándose el favor del Primer Jefe, asumiendo el liderazgo de los sonorenses y, temeroso de que la estrella de Felipe Ángeles lo opacara, lo “grilló” hasta lograr lanzarlo literalmente a la División del Norte de Francisco Villa.

El Cuerpo de Ejército del Noroeste, a través de ocho mil kilómetros de campaña, como Obregón tituló sus memorias, avanzó imbatible hacia el centro de México, derrotando a las fuerzas federales a su paso. Álvaro Obregón representa uno de los escasos referentes de jefes militares invictos en la historia, jamás perdió una sola batalla, ni siquiera una escaramuza. Con sus fuerzas triunfantes llegó a Teoloyucan, Estado de México, donde tuvo la gloria de recibir la rendición del añejo ejército federal, heredero del triunfo de la República, el 13 de agosto de 1914. Con esta rendición se consumó la derrota de Huerta y la entrada de los constitucionalistas a la Ciudad de México; Villa logró un brillante triunfo en Zacatecas, pero quien tomó la Ciudad de México fue Obregón.

Después de la victoria sobre Huerta, sobrevino el rompimiento de los revolucionarios en la Convención de Aguascalientes, los vencedores se escindieron en constitucionalistas y convencionistas. La dupla Carranza-Obregón venció a los convencionistas. Ahí se dieron las batallas en el Bajío, donde a lo largo de la primera mitad de 1915, Obregón deshizo en sucesivos encuentros a la poderosa División del Norte que quedó reducida a una guerrilla, ahí también, en la Hacienda de Santa Ana del Conde, Obregón perdió el brazo derecho en un ataque de la artillería villista. La victoria y ser un mutilado de guerra elevó a Obregón al Olimpo y a ser secretario de Guerra y Marina del presidente Carranza. El prestigio consolidado lo convirtió en el candidato natural para suceder al presidente Carranza, no vio con buenos ojos a su brazo armado como sucesor, pero Obregón no se amilanó, al contrario, renunció a la Secretaría de Guerra y como él mismo lo dijo, desde sus parcelas norteñas vio la silla presidencial. Carranza, con su legendaria terquedad no cedió y pronto los antiguos aliados rompieron, lo que desembocó en la caída y muerte de Carranza, el ascenso de Obregón a la presidencia entre 1920 y 1924 y a su consolidación como caudillo y hombre fuerte de México. Su ilimitado poder y la cuestión de su sucesión presidencial detonó la rebelión Delahuertista en su contra, donde la mitad del ejército se enfrentó a la otra mitad y donde Obregón volvió a vencer. En el ocaso del periodo de su sucesor, Plutarco Elías Calles, anuló el principio sagrado de la no reelección, se reeligió, pero no tomó posesión pues, siendo presidente electo, fue asesinado por José de León Toral, un fanático católico.

Existen dos momentos de la historia de Obregón ligados a Cuernavaca, el primero de ellos, cuando siendo candidato a la presidencia, por segunda ocasión, sus competidores Gómez y Serrano pretendieron levantarse en armas contra la elección de estado. El caudillo se les adelantó: en el caso de Serrano, lo mandó detener en el Hotel Bellavista de Cuernavaca y lo condujo preso con sus acompañantes a la Ciudad de México. Sin embargo, Serrano y su grupo fueron asesinados en Huitzilac por Claudio Fox, la madrugada del 3 de octubre de 1927. Cuando Fox llevó los cuerpos al Castillo de Chapultepec, fue duramente increpado por el presidente Calles, entonces Obregón, encendido gritó que él había dado la orden.

El segundo momento es menos conocido o recordado, sin embargo, toma importancia al ser el instante donde se inició el cenit del poder de Álvaro Obregón y es la imagen que está plasmada en la fotografía que acompaña a estas líneas. La fotografía corresponde a los primeros días de mayo de 1920, cuando desde un balcón del histórico Hotel Bellavista, el general Obregón dirigió un encendido discurso a los habitantes de Cuernavaca. Hay que recordar que, en las semanas previas, Carranza en sus desesperadas maniobras para evitar la candidatura de Obregón, primero lo intentó vincular a un burdo consejo de guerra, que terminó en una victoria para el caudillo quien con sus dotes de orador y agilidad mental puso en ridículo al jurado. Después, ya sin empacho alguno, Carranza lo mandó detener, entonces Obregón disfrazado de garrotero y con la ayuda del ferrocarrilero Margarito Ramírez huyó a Iguala. Al llegar a Iguala, agotado, se tendió bajo la sombra de un árbol cayendo en un sueño profundo. Es aquí donde se dio uno de los hechos más caballerosos de la Revolución: Obregón fue sorprendido por Fortunato Maycotte, su antiguo subordinado y jefe de las armas en Guerrero. Obregón al verse perdido dijo a Maycotte que estaba a sus órdenes, Maycotte le repuso que al contrario, que él estaba a las suyas. Días después, mientras Carranza marchó a su destino y muerte, Obregón entró triunfante a la Ciudad de México. En el Camino hizo una pausa en Cuernavaca, donde dio el discurso antes mencionado y donde se concretaron dos cuestiones decisivas en la historia de México: la alianza de los zapatistas con el obregonismo y la consolidación de Obregón como caudillo invicto y triunfador de la Revolución; triunfo que solo fue truncado por las balas en La Bombilla.

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