Durante décadas, el cine y las series se construían con una promesa básica: contar una historia y cerrarla bien. Hoy, esa lógica ha cambiado. En la era del streaming y las redes sociales, el verdadero objetivo ya no es el final… sino el ruido que genera.
Un ejemplo reciente es Stranger Things. Sin entrar en spoilers, la serie cargó durante años con una expectativa gigantesca. Teorías, predicciones y análisis inundaron internet antes de su desenlace. Cuando llegó el final, la discusión fue inmediata: para algunos fue épico, para otros decepcionante. Pero lo importante no fue el consenso, sino el resultado: tendencias, debates y conversación global durante semanas.
Este patrón se repite en otras producciones. Game of Thrones es quizá el caso más emblemático: un final ampliamente criticado que, lejos de desaparecer, se convirtió en uno de los fenómenos culturales más discutidos de la última década. El cierre no satisfizo a la audiencia, pero el ruido fue histórico. Y para la industria, eso también cuenta como éxito.
Las plataformas ya no miden solo calidad narrativa, miden engagement. Un final polémico genera más clips, reacciones, hilos, videos y memes que un cierre correcto y silencioso. En ese contexto, cerrar una historia de manera redonda puede ser incluso contraproducente: mata la conversación demasiado pronto.
Así, el cine y las series entran en una etapa donde la narrativa compite con el algoritmo. Los finales ambiguos, abiertos o frustrantes no siempre son errores creativos, sino decisiones que mantienen viva la marca. El final deja de ser un punto final y se convierte en un gancho más.
Tal vez el problema no es que las historias terminen mal, sino que ya no están pensadas para terminar, sino para seguir existiendo en la conversación. Hoy, más que contar historias memorables, el cine busca historias que nunca se callen.
