Me he tomado la licencia de encabezar estas líneas con el título de una de las obras más destacadas del magnífico historiador Lauro López Beltrán, lo hago no solo como homenaje al Padre Lauro sino como reconocimiento a la devoción mariana de la mayoría de los morelenses. El Padre Lauro, nacido en Malinaltenango, Estado de México el 18 de agosto de 1904, pero morelense por adopción, no solo fue un prominente miembro de la curia cuernavacense sino un historiador que se consagró a la historia de la Diócesis de Cuernavaca y particularmente a difundir la causa Guadalupana y la de San Juan Diego. Sin temor a equivocarme el Padre Lauro fue uno de los principales defensores del Guadalupanismo en Morelos, al igual que, incluso a nivel nacional, lo hizo su paisano Monseñor Fortino Hipólito Vera y Talonia consagrado primer Obispo de la Diócesis de Cuernavaca el 29 de julio de 1894, aunque la Diócesis fue erigida el 23 de junio de 1891 por medio de la Bula “Illud in Primis” del Papa León XIII.

En “Morelos Guadalupano” editado en 1950, por la Editorial Juan Diego de Cuernavaca, Morelos, el padre Lauro de manera ágil, amena y objetiva, narra y describe la relación de la Señora del Tepeyac con el territorio que hoy conforma el Estado de Morelos, muestra sus profundos conocimientos no solo en cuanto a historia sacra sino también patria, son relevantes las alusiones a la construcción del templo de Guadalupe levantado por Don Manuel de la Borda y Verdugo a un costado del Jardín Borda, el fervor del general Morelos y los insurgentes por la Virgen del Tepeyac, no en vano el estandarte guadalupano fue la primera bandera mexicana, la devoción de las fuerzas zapatistas por la virgen morena, pues el mismo estandarte guadalupano encabezó a los contingentes surianos que en diciembre de 1914 entraron a la Ciudad de México.

Mención aparte merecen las líneas dedicadas al Chapitel del Calvario, construido presumiblemente por órdenes de Cortés en 1538 como un humilladero ante el cual se postraban los viajeros, la creencia popular por mucho tiempo consideró de manera errónea que bajo el Chapitel fue enterrado Martín Cortés, el Mestizo. El 10 de mayo de 1772 el párroco de Cuernavaca Lorenzo Messia y Lovo lo consagró a la Virgen de Guadalupe como continua hasta nuestros días. El 19 de diciembre de 1934, Tomás Garrido Canabal “El Enemigo de Dios” quien unos días antes había asumido como secretario de agricultura del Presidente Cárdenas, ordenó a sus Camisas Rojas decapitar la escultura de la Guadalupana del Chapitel del Calvario, y arrastrarla a cabeza de silla. El atentado conmocionó a los cuernavacenses que cerca estuvieron de amotinarse, la prudencia del jefe de la guarnición de la plaza evitó que la sangre llegara al rio. Años después la imagen en medio de una solemne procesión fue restituida en su sitio.

Sin embargo, el lazo más antiguo y entrañable de Cuernavaca con la Señora del Tepeyac lo representa la asombrosa talla de cantera que se encuentra en la clave del sotocoro de la Catedral, justo sobre la pila bautismal. Es una virgen primitiva que canteros de Xochimilco regalaron a los franciscanos en la primavera de 1532, como muestra de agradecimiento por haberles permitido trabajar en la construcción de la Iglesia de la Asunción de María, en dicho relieve se ve a Cristo Rey coronando a la Virgen, a los lados dos ángeles trompetarios con los monogramas de Cristo y de la Virgen y bajo de ellos y ambos lados ocho ángeles que sostienen la cauda de la Virgen. Expertos consideran esta talla la primera manifestación artística de lo que los católicos denominan el milagro del Tepeyac, así como una muestra fehaciente de la rapidez con que dichos sucesos se propagaron entre los naturales y mestizos de la Nueva España. Incluso Don Justo Mullor García siendo nuncio apostólico en México al conformar el expediente de la canonización de Juan Diego, integró al mismo lo referente al relieve en cantera de la Catedral de Cuernavaca.

La causa guadalupana tampoco se puede entender sin el sincretismo que acompaño la evangelización en la Nueva España, y la catedral de Cuernavaca no fue la excepción. En 1959 Don Sergio Méndez Arceo promovió una cruenta interpretación del Concilio Vaticano Segundo, y esto originó que, con su proyecto de remodelación, la catedral de Cuernavaca sufriera un atentado en su patrimonio histórico y artístico, algo que ni siquiera doscientos años de guerras civiles y extranjeras habían logrado. Afortunadamente en años recientes el patrimonio fue inventariado y rescatado por medio de restauraciones y la creación del Museo de Arte Sacro. En 1959, cuando el altar lateral de la Virgen de Guadalupe fue destruido, se descubrió que, tras la imagen de la virgen morena, se encontraba empotrada una figura precortesiana de la Tonantzin, la deidad que los antiguos mexicanos cariñosamente llamaban “nuestra madrecita” y que era adorada precisamente en el Cerro del Tepeyac. Seguramente fue colocada allí como resultado del sincretismo o de la oculta resistencia de los indígenas a abandonar sus antiguas creencias, hoy la talla en piedra se encuentra en exhibición en el Museo de Arte Sacro de la Catedral de Cuernavaca.

Al final de cuentas y hoy que es día de la Virgen de Guadalupe, más allá de una cuestión de fe o de las muy personales y respetables creencias de cada quien, nuestro patrimonio artístico, histórico y cultural, así como la memoria histórica dan cuenta de que es innegable la estrecha relación entre Morelos y la Virgen de Guadalupe, así como de la identidad que nos ha conformado el Morelos Guadalupano.

Virgen que se encuentra en el sotocoro de la Catedral de Cuernavaca, justo sobre la pila bautismal.

Por: Roberto Abe Camil / opinion@diariodemorelos.com

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