Los últimos minutos de la vida de Emiliano Zapata se acercaban y fue cuando ordenó: “Vamos a la cita, ya es hora de entrar a la hacienda, acompáñenme una escolta de 10 hombres”. Los que se quedaron vieron cómo se alejaba Zapata, entre ellos Ceferino Ortega, quien se quedó con las ganas de matar a Guajardo. Los jinetes que acompañaron a Zapata fueron: Pioquinto Galis, Juan Lima, Agustín Cortés, el cubano Prudencio Cazales, Clemente Acevedo, Jesús Chávez, Joaquín Caamaño, Timoteo Sánchez, Jesús Delgado y Adrián Castrejón. Justo cuando Zapata bajaba por la loma, llegó a toda prisa una anciana que había conocido a Miliano desde hacía más de 30 años, se presentó ante él cubierta con un rebozo y le advirtió: “Miliano, mijo, no entres a la hacienda porque escuché que quieren matarte, regrésate, todavía es tiempo, no entres te lo suplico”, pero Emiliano le contestó que no se preocupara y siguió cabalgando. Junto a él, del lado derecho iba Adrián Castrejón y del lado izquierdo Agustín Cortés. Instantes después, cuando Zapata iba llegando a medio camino, lo paró en seco un amigo de él; se le acercó a pie y a toda prisa. Era Bartolome Vázquez, quien se atrevió a acercarse a Zapata para saludarlo o para despedirse de él. Zapata sorprendido volteó a verlo y le expresó las últimas palabras de su vida: 

- ¡Quíubo Bartolo!, te encargo para mañana un toro para hacer un comelitón, vamos a festejar la alianza con Guajardo. 

- No se preocupe general, como usted ordene. -  Contestó Bartolome. 

Esta fue una brevísima escala que hizo Zapata en su corto camino a la hacienda; en esos últimos instantes de su vida se encontraba en la antesala de la muerte y poco a poco se acercaba más y más a la puerta de la hacienda. La muerte que llevaba en ancas lo iba empujando. En esos momentos, Guajardo estaba en la planta alta de la hacienda, atendiendo o entreteniendo a Palacios, secretario de Zapata. Minutos antes le había ordenado a su asistente Rodolfo Sánchez Taboada, que preparara la guardia que iba a recibir a Zapata en la entrada. Conforme a lo planeado, en el interior de la puerta de la hacienda ya esperaban a Zapata dos filas de guardias, cinco de un lado y cinco de otro; una con máuseres presentaba armas con el cartucho cortado y con el dedo en el gatillo, mientras la otra tocaba los clarines “bienvenida de honor”. Zapata se adelantó para entrar a la hacienda y cuando sonó el tercer toque de los clarines iba pasando bajo el dintel del portón. Entonces recibió una mortífera descarga de fusilería, disparada por la columna que presentaba armas. La orden fue precisa, que le dispararan al tórax y no a la cara para no desfigurarle el rostro. 

Zapata recibió siete impactos de bala en su cuerpo, todos mortales. El “As de Oros”, espantado relinchó y el caudillo agrarista cayó fulminado del lado izquierdo del caballo; murió instantáneamente a consecuencia de la ráfaga de disparos que le asestaron a quemarropa. Se dice que Zapata en lugar de intentar sacar su pistola extendió sus brazos en cruz. El caballo, azorado por los disparos, dio media vuelta y corrió rumbo a Piedra Encimada; iba herido. También cayó muerto Agustín Cortés y Jesús Delgado. Al mismo tiempo, en el interior de la hacienda Guajardo mató a balazos con su pistola a Feliciano Palacios y a sus dos acompañantes. De inmediato se asomó por la ventana para ordenar a los mil hombres que había apostado ocultos en las azoteas y muros de la hacienda, que dispararan sus armas contra la escolta que huía en retirada y contra los que se habían quedado en la Piedra Encimada. De inmediato, Guajardo bajó para dirigirse al portón de la hacienda.  Los carrancistas hacían fuego con ametralladoras, cañones y fusiles; el estruendo de los disparos se escuchó a varios kilómetros a la redonda. De todas partes de la hacienda disparaban sobre los zapatistas desorientados por el asesinato de su jefe. De esta forma tan acelerada emprendieron la retirada a todo galope, huyendo en estampida al grito de “¡Sálvense quien pueda!”. Ya ni tiempo tuvieron de rescatar el cadáver de Zapata y esto fue lo más frustrante para ellos; fue el trago más amargo de esta celada. Varios de la escolta iban heridos, batiéndose en retirada. Por coincidencia Jesús Chávez cabalgaba a todo galope por donde corría el “As de Oros” y logró agarrarlo de las riendas para llevárselo lejos de ahí. Los carrancistas gritaban a los zapatistas que huían: “¡Ya murió su padre hijos de la chingada! ¡No corran coyones!”. 

 

…Continuará.

Por: Juan José Landa Ávila 

jjlanda.cronica@gmail.com

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