Al conmemorarse el primer centenario del asesinato del general Emiliano Zapata es sorprendente que sigan apareciendo voces que desean que sus restos reposen en el Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México, junto a los de Francisco Villa, Francisco I. Madero, Lázaro Cárdenas, y además, con el hombre que lo mandó asesinar: Venustiano Carranza.

Al ser acribillado Emiliano Zapata el 10 de abril de 1919, su cadáver fue colocado en una caja de ocote y un grupo de incrédulos ex zapatistas lo trasladaron al extremo noroeste del panteón municipal de Cuautla, para darle sepultura en una modesta fosa, esta se encontraba junto a un frondoso guayabo y sobre ella se colocó una sencilla cruz de madera. Posteriormente se levantó un pequeño monumento, con una columna que decía: “La tierra libre para todos es el ideal de la revolución”. Sobre la columna había un ángel sosteniendo un pergamino con el texto: “Plan de Ayala. Noviembre de 1911”. En la parte inferior tenía una plancha con la leyenda: “Al hombre representativo de la revolución popular, al apóstol del agrarismo, al vidente a quien jamás abandonó la fe, al inmortal Emiliano Zapata”. En ese lugar permanecieron los restos del caudillo del sur por 13 años.

Para 1930, el gobernador del estado Carlos Lavín Aranda, había iniciado las obras de construcción de un monumento dedicado a la memoria del general Emiliano Zapata. La obra le fue encargada al escultor Moisés Quiroz Valdovinos, quien elaboró una estatua en la que aparece el general montado en su caballo, un poco reclinado para escuchar a un campesino que se encuentra de pie. 

La escultura fue colocada en una explanada frente a la parroquia del Señor del Pueblo, que fue bautizada como “Plaza Revolución del Sur”, la cual fue inaugurada el 10 de abril de 1932, por el gobernador del estado Vicente Estrada Cajigal, quien en solemne ceremonia trasladó los restos del general Zapata a la base del monumento.

En 1979, al celebrarse el primer centenario del natalicio de Emiliano Zapata, el secretario de gobernación Mario Moya Palencia, quien presidía la comisión de los festejos, pretendió mover los restos del caudillo al Monumento a la Revolución. Los hijos de Emiliano Zapata: Nicolás, Diego y Ana María habían dado su aprobación para dicho cambio, pero Mateo Zapata Pérez se negó. Mucha gente comenzó a decir que estaba asesorado por “vivales”, que estaba manipulado por el Partido Socialista de los Trabajadores, que lo manipulaba el obispo de Cuernavaca Sergio Méndez Arceo. 

Mateo Zapata era dirigente de la Coordinadora Nacional Plan de Ayala y señalaba que “Hasta que no haya un preso político en las cárceles de Morelos, hasta que no se cumpla el ideario agrario de mi padre; hasta que no se garantice la tenencia de la tierra de los campesinos de Morelos, no permitiré que sus restos salgan” 

Había quien opinaba que sería mejor llevar los restos del prócer a Tlaltizapán, donde mandó construir un mausoleo para él y sus generales.

Las protestas no se hicieron esperar y pronto diferentes organizaciones campesinas colocaron sus mantas en la misma Plaza Revolución del Sur: ¡Firmes! ¡Zapata se queda! 

Contingentes campesinos llegaron de diferentes partes del país para establecer guardias permanentes para impedir el traslado de los restos del caudillo del sur. Estaban representados 16 estados de la República, sobresaliendo los contingentes de Milpa Alta, San Nicolás Totolapan, Coahuixtla y de Michoacán quienes impedirían hasta con su propia vida el traslado de su general. 

El grito popular era: “Primero saquen los presos y después los restos”

Muy significativo resultó la presencia de quienes lucharon junto a Zapata, los veteranos de la revolución, los cuales lucían sus medallas obtenidas en combate. Se oponían a que se les arrebatara parte de su historia. Cuidaban, vigilaban y velaban con valentía y de manera gallarda la tumba de su general.

Finalmente, el gobierno decidió “congelar” el proyecto para evitar la agitación de grupos campesinos que amenazaron con impedirlo. Para el 20 de noviembre el riesgo había pasado. Muchos políticos hicieron el berrinche de su vida. Mateo Zapata les hecho a perder el lucimiento a supuestos “agraristas” que querían darse vuelo con discursos frente al Monumento a la Revolución, haciendo gala de su demagogia para acrecentar sus bonos políticos

Zapata no debe de quedar junto a los restos de sus enemigos y asesinos, debe de quedar  en su tierra, él vive en el corazón de los campesinos ¡Zapata se queda!, ¡Viva Zapata!

Del cronista
Valentín López G. Aranda
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