El pasado 6 de diciembre quedó instalado con 16 consejeros y un secretario designado por el H. Ayuntamiento, el Consejo de Cronistas de Cuernavaca. Es una decisión acertada que da orden, certeza jurídica y un sesgo constitucional a la crónica municipal, pero sobre todo garantiza la equidad entre sus miembros, lo cual redundará en un trabajo constante y prolífico. Destacaron entre varias, las propuestas de Eduardo Bello Ocampo en el sentido de rescatar y rehabilitar el monumento ecuestre a Cortés, censurar su reinstalación en un espacio público, es tan absurdo como pretender retirar “El Caballito” en la Ciudad de México por tratarse de un monumento ecuestre a Carlos IV. La de Carlos Lavín Figueroa tendiente a crear una memoria municipal que nutra la crónica de Cuernavaca, y el comentario del alcalde José Luis Uriostegui Salgado haciendo mención a que la etapa del virreinato en Cuernavaca ha sido poco estudiada y divulgada. Coincido con el Presidente Municipal, pues si bien el paso por Cuernavaca de Cortés, de su segunda esposa Juana Ramírez de Arellano y Zúñiga, y lo relativo al Marquesado del Valle de Oaxaca, la evangelización y la presencia de Borda son ampliamente conocidos, aún falta mucho por redescubrir, no se pueden ignorar de tajo tres centurias de nuestra orgullosa memoria histórica local.

Aquí es donde viene a la memoria, la muerte en Cuernavaca del Virrey Marqués de las Amarillas, un suceso ignorado, pero de vital importancia en la historia de la Nueva España. A lo largo del periodo virreinal, 62 virreyes nos gobernaron, fue una etapa no exenta de dificultades, pero salvo hechos aislados, de paz y prosperidad en la que, sin ningún chovinismo aparte, se considera la joya del Imperio Español que nació con la reconquista de Granada en 1492 y la conquista de Tenochtitlan en 1521 y culminó con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas en 1898. En cuanto a los virreyes novohispanos, los hubo de todo, buenos gobernantes como el primer Virrey Don Antonio de Mendoza, el 25 Virrey Antonio de Toledo, Marqués de Mancera o el insigne 46 Virrey Don Antonio María de Bucareli, sátrapas y corruptos como el 23 Virrey Juan Francisco de Leyva y de la Cerda, diez de ellos fueron altos prelados como el numero 18, el afamado Obispo de Puebla el Beato Juan de Palafox y Mendoza que fue Virrey, Arzobispo Primado de México y Capitán General de la Nueva España, detentando así el poder político, religioso y militar en una sola persona. El magnífico militar y carismático 49 Virrey Bernardo de Gálvez incluso ha sido distinguido como uno de los padres fundadores de los Estados Unidos.
Un par fueron extranjeros como el 45 Virrey Croix nacido en Flandes y el 53 Virrey Branciforte en Sicilia, tres de ellos americanos Acuña el número 37, nacido en Lima, Díaz de Armendáriz el número 16 en Quito y el Segundo Conde de Revillagigedo el Virrey número 51 en La Habana. Iturrigaray el número 56, fue depuesto por un golpe de estado en 1808 y Calleja, el número 60, fue un virrey de guerra, el azote implacable de la insurgencia, por cierto, su mujer, la potosina Francisca de la Gándara, la única virreina nacida en la Nueva España.
Entre los virreyes destacados, no se puede pasar por alto al 42 Virrey de la Nueva España, el teniente General Agustín Ahumada y Villalón, Segundo Marqués de las Amarillas, quien nació el 18 de septiembre de 1700 en Ronda, Málaga. El Marqués de las Amarillas tuvo una destacada carrera militar en la cual por riguroso escalafón y méritos en campaña alcanzó el generalato y llegó a ser Gobernador y Comandante Militar de Barcelona. Hombre cercano y apreciado por la Corona fue designado Virrey de la Nueva España el 17 de mayo de 1755. Una vez establecido en la Ciudad de México, actuó con energía en la administración virreinal donde puso freno a la corrupción en instancias de gobierno, en hospitales, en la administración de la Nao de China y saneando la Real Hacienda. También a pesar de su talante enérgico no permitió abusos y tratos crueles a indígenas y trabajadores de minas, molinos y haciendas, continuó las obras del desagüe de la Ciudad de México y también ordenó trabajos para higienizar el Puerto de Veracruz, donde hasta bien entrado el siglo XIX abundaron las enfermedades tropicales. Durante su mandato se administró con éxito el auge de la minería, fue un activo colonizador del norte de la Nueva España y auxilió a territorios como Texas, Florida, el Caribe y las Filipinas, también durante su periodo se consagró a la Virgen de Guadalupe como Patrona de la Nueva España.
Desafortunadamente, la salud no parecía ser aliada del Marqués de las Amarillas, lo cual sin duda le brindó mayor mérito a la actividad desplegada durante su administración como Virrey. En 1755 tuvo que postergar su partida a Nueva España por unas fiebres que lo mantuvieron postrado en cama. Posteriormente ya en México, sufrió una hemiplejia y después una caída de caballo. El deteriorado estado de salud del Marqués lo obligó a convalecer en Cuernavaca, donde finalmente falleció el 5 de febrero de 1760, día de la festividad de San Felipe de Jesús, Patrono de la Ciudad de México. El cuerpo del virrey fue trasladado a la capital y sus funerales se celebraron en la Iglesia de Santo Domingo donde fue inhumado, después exhumado y enterrado en el Santuario de la Piedad. La Virreina volvió a España donde a pesar de su condición noble sufrió penurias económicas.
El hecho de haber sido representante del Rey de España, no niega que el Marqués de las Amarillas fue un buen virrey y administrador, tareas que llevó a cabo con tino a pesar de su mermada salud, en un acto de elemental justicia nuestra ciudad le debe un reconocimiento al único gobernante en funciones que ha muerto en Cuernavaca, donde ha pasado a formar parte de nuestra abundante relación de visitantes distinguidos.
PEl teniente general Agustín Ahumada y Villalón, Segundo Marqués de las Amarillas, falleció en Cuernavaca el 5 de febrero de 1760.
Por: Roberto Abe Camil / opinión@diariodemorelos.com
