Un viernes del año 1974, salí apresuradamente de mi última clase en la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia en la UNAM. Tenía la emoción de que se había llegado la hora de pasar el fin de semana en mi terruño: Cuernavaca, Morelos y descansar de las actividades que implicaba la carrera. Llegué a la terminal de autobuses de Taxqueña. Me formé para comprar mi boleto. En la fila delante de mí vi a un hombre con su guitarra en su funda y una mochila color azul marino, un poco voluminosa. Me llamó la atención pero no le di importancia. Compré mi boleto, me formé para abordar el autobús y esa persona seguía delante de mí. Me sentía cansado por los exámenes durante la semana en la universidad y estaba dispuesto a ponerme cómodo en mi asiento y dormirme durante el trayecto.
Cuando llegué a mi asiento, esa persona ya estaba sentada ocupando el lado de la ventanilla. Lo saludé. Me devolvió el saludo amablemente y me acomodé en mi lugar. Él llevaba su mochila en sus piernas y seguía con su guitarra en la mano. Tenía una tupida barba. Vestía una camisola color caqui un poco remangada y un pantalón de mezclilla. Se notaba todo impecablemente limpio, aunque no muy bien planchado. Se veía que no iba cómodo con su voluminosa mochila y su guitarra. Volteó a verme, me sonrió y me dijo ¿estudias medicina? Ya que llevaba mi bata de laboratorio en el brazo. Le contesté que estudiaba medicina veterinaria. Con un gesto de admiración y aprobación se le iluminaron sus ojos y me dijo ¡Qué maravilla! ¡Serás Médico Veterinario! Y para serlo deberás tener mucha compasión hacia los animales. Sin titubear le contesté ¡Claro que sí! Y por una extraña razón le comencé a platicar por qué había yo escogido ser médico veterinario siendo él un perfecto desconocido para mí. Se acomodó bien en su asiento y se puso a escucharme con atención. En seguida, me remonté a mis años de secundaria en los que llegaba a mi casa, me quitaba el uniforme, me ponía ropa ligera y me iba a una pequeña granja de gallinas ponedoras de mi padre. Le platiqué cómo siempre, con gran emoción, que estando en la granja me sentía inmensamente feliz con todo el entorno que ahí había y que el cacareo de las gallinas me era fascinante y me llenaba de una sensación indescriptiblemente grata. Y le dije con gran convicción que al terminar mi carrera tendría mi propia granja para seguir disfrutando de tan gratos momentos. Sin embargo, eso no sucedió hasta 30 años después de haber terminado la carrera; pero durante esos años tuve el placer de trabajar en empresas avícolas y ser asesor Independiente de avicultores en la República; por lo que estuve tan entretenido disfrutando de mi trabajo, que los años se me fueron volando.
Pensando que ya le había platicado parte de mi vida, le pregunté que él a qué se dedicaba y me contestó que se dedicaba a recorrer el mundo, que no tenía casa, que siempre andaba solo y que no tenía itinerario alguno. Que acababa de llegar a la ciudad de México y que decidió viajar a Cuernavaca. Le pregunté qué iba a hacer al llegar. Y me contestó “caminaré por las calles y me detendré en un lugar en el centro. Me pondré a tocar mi guitarra y por eso, la gente me socorre con dinero”. Y así obtendré algo para cenar hoy y conseguir dónde dormir. “No necesito mucho” y “No necesito más”. Lleno de curiosidad, le pregunté: ¿y mañana? “Mañana Dios no me abandonará. De hecho, nunca me ha dejado ya que a donde quiera que voy, me pongo a tocar mi guitarra y la gente y me socorre”. Volví Nuevamente a la carga y le pregunté ¿y no le da miedo que en algún momento no obtenga el dinero suficiente para comer y dónde dormir? Y me volvió a contestar con gran convicción: “no, porque eso no ha sucedido”. Me platicaba todo con una gran seguridad que me tenía absorto. Y le pregunté con mucha más curiosidad ¿de dónde es usted? Y me contestó en un tono evasivo “soy de muy lejos”, y le pregunté ¿qué tan lejos? Se veía que no me quería decir; pero al fin accedió y mirando por la ventanilla con la vista puesta en lontananza al fin me dijo: “soy de Argentina, y recorro el mundo sin rumbo” Me quedé sorprendido y me imaginé lo grato que debe ser llegar a un lugar desconocido y descubrir la belleza y la rareza del lugar y sus costumbres. Y con más curiosidad le comenté “no debe ser fácil la vida que lleva usted” Y me contestó “es fácil y gratificante; por lo que no la cambio por nada”. Pasando Tres Marías, comenzó la bajada hacia Cuernavaca y el tiempo pasó muy rápido. Al observarlo, lo veía tan solo que me atreví a preguntarle ¿y cuando se enferma? ¿qué hace? Y me dio una respuesta tan inesperada y con tanta sabiduría que me dejó sorprendido nuevamente: “MI cuerpo sabe que no se debe enfermar”. El viaje había sido de mucho aprendizaje de un hombre con tanta sabiduría y colmado de pensamientos filosóficos tan profundos que al ver por la ventanilla que comenzaron a aparecer las primeras casas del norte de Cuernavaca y me tenía que bajar en la Glorieta de Paloma de la Paz, le dije con mucho pesar que ya me tenía que bajar, que él se siguiera hasta la terminal que se encontraba casi en el centro. Mientras me levantaba de mi asiento, estiré mi brazo dándole la mano. Él hizo lo mismo y con un fuerte apretón de manos, le dije: “mucho gusto de haber viajado en su compañía” hoy he aprendido cosas maravillosas con usted. Y me despedí diciéndole: “mucho gusto. Mi nombre es Jesús Avilés Rodríguez. Él me contestó: “Mucho gusto Joven: Facundo Cabral”. Al escuchar eso, no podía creer que había tenido una entrevista tan en confianza de una hora y media con Facundo Cabral un hombre tan trascendental.
El domingo de ese fin de semana, estaba viendo en la televisión el programa “Siempre en Domingo” dirigido por Raúl Velasco. Y ¡Oh Sorpresa! Después de un corte comercial. Anunció: “Y ahora tengo el enorme placer de presentar a ustedes a un gran filósofo de nuestros tiempos, un hombre que con su guitarra se dedica a recorrer el mundo: Con ustedes ¡FACUNDO CABRAL! Y volví a quedar maravillado.
Este es un pequeño reconocimiento a un hombre que fue tan bueno, tan sabio y tan trascendental que marcó mi vida con sus conceptos filosóficos tan profundos. Si antes de conocerlo ya lo admiraba. Al conocerlo, aunque ya no está con nosotros. Lo admiro más.
Donde quiera que te encuentres mi admirado Facundo Cabral, gracias por tu legado universal.
Por: Jesús Avilés Rodríguez / lasedi.sa@hotmail.com
