El sábado 13 de abril de 1521, Hernán Cortés tras librar una batalla en las barrancas y los bosques que rodean Cuahunáhuac, logró la rendición del cacique Yoatzín, quien entregó el feudo al conquistador.  El soldado y cronista Bernal Díaz del Castillo relató que “…en este pueblo hubo gran despojo, así de mantas muy grandes como de buenas indias…” Poco después Hernán Cortés mandó reedificar la ciudad y mandó construir un palacio para él.                                                                                                                                             

Durante tres siglos de dominación hispana caminaron por las calles de nuestra ciudad hombres de barba poblada con largas espadas, ricos encomenderos que realzaban la hermosura de sus caballos con arneses tachonados de plata, transitaban contadas españolas, algunas mestizas y numerosas mulatas y como fondo a tan disímbolos personajes discurrían por la vieja ciudad de los tlahuicas muchos inditos silenciosos y tristes bajo el peso físico y moral que los abruma. La vida de los naturales de Cuernavaca no se desarrolló de forma placentera.

Los conquistadores, en pago de sus servicios recibían una dotación de tierras con su correspondiente dotación de indios; era la encomienda, una institución socio-económica medieval en la que un individuo debía retribuir a otro con trabajo o en especie el disfrute de ese bien. 

No cabe duda que el motor que motivó a los conquistadores a realizar sus empresas fue la de obtener oro, comodidades y poderío. Quisieron disimular todo ello bajo el pretexto de la religión, pero sus verdaderas intenciones nos han llegado escritas por los mismos españoles, muchos de ellos coetáneos de los acontecimientos.

Empezaron los invasores por esclavizar indios; pero no fue una esclavitud ordinaria, sino el dominio de un amo sobre la bestia de carga. Para que las cosas quedaran en regla su muy “cristiana” Majestad el Emperador Carlos V en mayo de 1524 envió al ayuntamiento de México una cédula mediante la cual autorizó tanto la esclavitud de los naturales como que se marcase en su rostro con un hierro candente su calidad infame.

 Los españoles legitimaban la esclavitud del mismo modo que lo hacían los indígenas, representaba un derecho de guerra universalmente reconocido. La esclavitud era una situación aceptada y a veces esencial para la economía y la sociedad. 

En el inventario de los bienes de Hernán Cortés realizado en 1549, además de los esclavos negros aparecen 16 esclavos indios que servían en el Palacio de Cortés, 164 en el ingenio de Tlaltenango y 7 en el ingenio de Axomulco.  Estos esclavos eran originarios de diferentes partes de la Nueva España, incluida Guatemala y solamente cinco eran originarios del hoy estado de Morelos. 

El precio de los esclavos variaba dependiendo de la salud, fortaleza y habilidades del esclavo.  Los indios eran sometidos para realizar arduos trabajos domésticos, de transporte y de construcción, pero principalmente en las tareas agrícolas. 

Pero no solamente los conquistadores abusaban de los naturales, también algunos hombres religiosos lo hacían haciéndose servir gratuitamente por un gran número de indios: tenían tres cocineros, dos o tres despenseros (encargados de las despensas) , cuatro y hasta seis meseros, media docena de jóvenes para hacer tortillas y que se las sirvieran calientitas en la mesa, dos o tres jardineros, media docena de caballerangos, palafraneros (criado que lleva el freno del caballo), sacristanes y mayordomos. Estos últimos tenían como ocupación la de salir a los barrios a recoger las limosnas y estaban obligados a darle todos los meses o cada quince días dos escudos (monedas) para hacer cantar misa en honor a un santo patrono.

Un abuso común de algunos religiosos era fomentar que los indios tuvieran cuadros o imágenes de algún santo y el día de la fiesta del santo el dueño tenía que sacarla en procesión y posteriormente realizar un gran festín en el pueblo y dar al cura tres o cuatro escudos por la misa y el sermón, con pavo, tres o cuatro gallinas y el cacao suficiente para hacer chocolate para toda la octava que seguía. La octava eran ocho días, durante los cuales la Iglesia celebraba una fiesta solemne. Es por esto que el cura tenía gran cuidado de esos cuadros y de hacer advertir a los indios con tiempo el día de su santo, para que se pongan en estado de celebrar bien la fiesta en sus casas y en la iglesia.

Pero el trato que se les daba a los indígenas representó un problema moral de conciencia y muchas voces se levantaron en contra de la esclavización y la misma Corona tuvo que promulgar en 1542 nuevas Cédulas y Leyes reales para que los indios fueran tratados como vasallos de la Corona y autorizó la esclavización solamente en casos extremos, cuando los indios causaban estragos, o que eran “…propensos a vicios abominables…” Las encomiendas también fueron restringidas y sometidas a creciente vigilancia y con el tiempo fueron desapareciendo.

Seguramente fueron muchos los esclavos tlahuicas que murieron a causa de la rudeza con la que fueron tratados, pero gracias a la participación de teólogos y filósofos humanistas la esclavitud del indio se suprimió para pasar a ser el proletariado de la nueva sociedad que se estaba gestando. 

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