Recordé una escena de mi temprana infancia, la imagen es en la calle de Arteaga, en el Centro de Cuernavaca. Al fondo aparece la tradicional iglesia de Tepetates, custodiada por sus dos altos y erguidos cipreses. La estrecha calle se encontraba llena de bulliciosos comerciantes que gritaban afanosos para llamar la atención de los transeúntes, ofreciendo sus diversos productos como: telas, frutas, verduras, legumbres y hasta medicinas milagrosas. En medio de esa algarabía de merolicos voy tomado de la mano de mi madre. Debo haber tenido unos 3 años, por lo que seguramente era el año de 1963. De repente, sumándose a ese escándalo apareció un hombre con una inusual vestimenta, tocando un gran pandero, con la otra mano sujetaba con fuerza una correa, que en el otro extremo estaba atado a un collar que portaba lo que para mí era un enorme e imponente oso negro. El animal estaba parado en dos patas y realizaba una curiosa danza (de ese espectáculo es de donde proviene el dicho “Hacer el Oso”, que quiere decir: “Hacer el ridículo”). No recuerdo si el animal tenía bozal, me imagino que sí, pues era lo normal. Los curiosos, asombrados, nos arremolinamos alrededor de la exhibición que ofrecía el “oso bailarín” y su domador, un gitano. Creo que ese fue mi primer encuentro con uno de esos enigmáticos personajes que tenían fama de ser conflictivos y ladrones.

Mi padre nos platicaba en las sobremesas familiares, que cuando tenía unos 3 o 4 años, estando en el Centro de Cuernavaca, fue raptado por unos gitanos. Sus padres, en cuanto se dieron cuenta pidieron ayuda a las autoridades, quienes finalmente lo rescataron unos kilómetros al sur, en el pueblo de Temixco, cuando viajaba tranquilamente en la caravana gitana.

Las primeras tribus de nómadas gitanos que ingresaron a México, llegaron a principios del siglo XIX. Así iniciaron diferentes oleadas de grupos gitanos, la más conocida fue la de los Kwick, quienes arribaron a nuestro país en 1926. Otras tribus que se adentraron en nuestro país fueron los Ludar, los Rom y los Caló. Estas tribus provenían de países como Francia, Grecia, Polonia, Rumania, de los Balcanes y Hungría, es por este último país que también se les llamó húngaros, de manera incorrecta. En diferentes países son conocidos con otros nombres como “carachis” o “singaros” o “cíngaros”, entre otros. Este último nombre se debe a que se llegó a pensar que eran originarios de la Península Ibérica, particularmente del río Cinga, hoy Cinca, en la provincia de Huesca. En algún momento se llegó a pensar erróneamente que eran originarios de Egipto, es por eso que los llegaron a llamar “egipten” o “gipsi”, de donde surgió el nombre de gitanos.

Entre ellos se autonombran “Rom”, que significa “hombre pequeño”, de donde surgió el nombre de su lengua, a la que llaman “romaní”, misma que contiene muchas palabras de origen hindustaní o hindi, que es el idioma oficial de India y Pakistán.

La gente califica a los gitanos como misteriosos, apátridas, irreligiosos, un pueblo de vagos y delincuentes. Llegaron incluso a decir que eran descendientes de Caín, porque las creencias religiosas dicen que cuando Caín asesinó a su hermano Abel, Dios los condenó a él y a su descendencia a vagar por la tierra, como castigo por su terrible crimen.

Otra versión, nada creíble, asegura que cuando la Virgen María, madre de Jesús andaba peregrinando por Egipto estos no le dieron albergue en sus campamentos, por lo que una maldición cayó sobre estos y sus descendientes, para que anduviesen errantes por todo el mundo y que jamás hallarían asiento, ni habitación permanente.

La realidad es que este pueblo vagabundo surgió originalmente en el norte de la India y Paquistán. En el siglo X inició la gran diáspora de este pueblo que desde entonces se está moviendo por los territorios de muchas naciones.

Las mujeres tradicionalmente se dedican a la quiromancia y a la cartomancia, así como a los quehaceres domésticos y el cuidado de los hijos, los cuales no van a la escuela. Por su parte los hombres se dedican a la compra de autos y camiones, a la reparación de maquinaria, y entre ambos, hombres y mujeres, muchas veces fabrican artesanías y realizan espectáculos de carpa-teatro.

Se calcula que existen más de cinco mil gitanos en nuestro país, pero en realidad resulta difícil determinar la cifra exacta, debido a que muchos de ellos ya se han mezclado con mexicanos, abandonando su peregrinación por el mundo y se han asentado en ciudades como México, Monterrey y Guadalajara. 

Cabe señalar que entre 1925 y 1979 circuló en México un billete de cinco pesos, que en el centro portaba una imagen de una mujer aparentemente gitana. La leyenda dice que es la imagen de una bailarina catalana, llamada Laura Fauri, quien era amante de Alberto J. Pani, entonces Secretario de Hacienda del gobierno de Plutarco Elías Calles. Pero el grabado es en realidad una obra del famoso artista norteamericano Robert Sabich, quien se inspiró en una mujer argelina.

La última vez que recuerdo haber visto gitanos en Morelos, debe haber sido por allá del año de 1992 en Axochiapan, cuando fui por parte de Nacional Financiera a visitar a pequeños empresarios, fabricantes de yeso en ese municipio. En un terreno junto a unas canchas de futbol los gitanos habían establecido su campamento. Su medio de transporte eran viejos camiones de redilas en donde llevaban todas sus pertenencias. Habían montado sus carpas y en una de estas colocaron sillas alineadas como en un teatro. Por la tarde, al oscurecer, la gente del pueblo llegaba a ese lugar para ver una función de cine que los gitanos realizaban con un viejo proyector y una maltrecha pantalla, y por supuesto, cobraban las entradas. Los entusiastas espectadores podían disfrutar de viejas películas de Pedro Infante o de Cantinflas. Fue realmente insólito e interesante poderlos ver.

El pueblo gitano ha sido estigmatizado, ya que en casi todas las culturas existen ladrones y/o asesinos. Los invito a que si se llegan a encontrar con éstos grupos de gitanos los conozcan y los respeten.


Las opiniones vertidas en este espacio son exclusiva responsabilidad del autor y no representan, necesariamente, la política editorial de Grupo Diario de Morelos.


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