Soy nativo de Cuernavaca, aquí he vivido casi toda mi vida, en el mero Centro de Cuernavaca. Actualmente mi actividad laboral la realizo en Jiutepec, al revés de muchos que viven en Jiutepec, pero que laboran en Cuernavaca. Diariamente tengo que recorrer el pesado tráfico de Paseo Cuauhnáhuac, mientras conduzco, mis recuerdos se agolpan en mi cabeza del Jiutepec que me tocó conocer cuando era niño. 

Conocí esa avenida cuando era solamente una hermosa y tranquila carretera que conducía a Cuautla, llena de vegetación ya que solamente había maizales, cañaverales y arrozales.

Aun no existía CIVAC y menos lo que se ve actualmente: comercios, fábricas, muros grises, grandes anuncios, pipas y enormes camiones con contenedores circulando y haciendo maniobras, mientras desesperados conductores los tratan de esquivar.
Mi padre, Valentín López González toda su vida estuvo interesado en temas que tuvieran que ver con nuestra entidad y por eso, casi todos los fines de semana, nos llevaba a visitar algún lugar para recopilar información. Así que visitábamos pueblos, haciendas, mercados, ríos, barrancas, conventos, etc. Y asistíamos a las fiestas y carnavales que realizaban los diferentes pueblos de nuestra entidad. Conocí Jiutepec desde entonces y mientras mi padre tomaba fotografías y platicaba con la gente del lugar, mis hermanos y yo explorábamos los sitios a donde íbamos, así conocí las haciendas de San Gaspar y de Atlacomulco, que entonces estaban semi abandonadas. Mi padre nos pedía que buscáramos fechas y nombres grabados en vetustos acueductos, iglesias y edificios.

Conocí también el nacimiento de agua en el Texcal y llegamos a nadar en un balneario que se llamaba “La Escondida”, por “Las Fuentes”, pero junto a la carretera federal a Cuautla, tenía una honda alberca, con trampolines. El balneario era atravesado por un ancho río con peces de colores, en donde navegábamos con botes de remos. En la orilla del río, un día me persiguieron unos furiosos patos, solamente porque les había tomado sus huevos. También, en ese lugar recibí un fuerte golpe en el labio, por pasar atrás de una niña que se mecía en un columpio. 

Me desmayé y tras recibir varias puntadas en el labio desperté en una fría mesa de operaciones, en la Cruz Roja de Cuernavaca, cuando estaba en la avenida Morelos, en donde actualmente está la Escuela de Teatro, Danza y Música de la UAEM. 

En época de muertos visitábamos los panteones y recuerdo haber visto el de Tejalpa de noche, iluminado por cientos de veladoras y lleno de flores de esa temporada. En ese panteón nos sorprendió mucho ver que de cada una de las tumbas salía una extraña aura, fenómeno que quedó registrado en unas fotografías que tomó mi padre. 

En la época en que mi padre era presidente municipal de Cuernavaca (entre 1964 y 66) llegó la Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca (CIVAC), aunque realmente está en Jiutepec, y recuerdo haber ido a una pista de pruebas de NISSAN, que estuvo en la parte trasera de la fábrica, en un lugar que actualmente no logro ubicar, pues lo demás era campo. Conocí la fábrica por dentro en 1973, cuando la visitamos con un grupo de scouts, fue inolvidable ese recorrido para ver cómo armaban los autos.  

Y claro que visité Jiutepec, su convento, su iglesia, su plaza y recuerdo haber estado en algunas de las fiestas que se realizan ahí, como la fiesta del señor de la columna, la de Santiago Apóstol, y la fiesta de San Lucas o de los cheneques. Es impresionante para un niño ver el brinco del chinelo, escuchar la música, el estruendo de los cuetes, la gente bailando y a uno que otro borrachín haciendo desfiguros. 

Para bien, o para mal, esta hermosa región de Morelos se ha venido transformando de forma acelerada, y solo nos quedarán los recuerdos para aquellos que pudimos ver un Jiutepec diferente. 

El zócalo. El municipio de Jiutepec ha tenido grandes transformaciones en los últimos 60 años. 

Por: Valentín López G. Aranda / valentinlopezga@gmail.com

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