Cuernavaca.– Bajo el sol radiante que ha ganado a esta ciudad el apodo de "La Eterna Primavera", Marcial Maciel Degollado plantó las semillas de lo que se convertiría en uno de los escándalos más devastadores de la historia moderna de la Iglesia católica.
Aquí, en los años 40, en medio de jardines exuberantes y seminarios que prometían santidad, el joven sacerdote mexicano erigió canónicamente los Legionarios de Cristo, una congregación que crecería como un cáncer metastásico, devorando la inocencia de al menos 60 niños y jóvenes bajo su manto depredador.
La serie documental Marcial Maciel: El Lobo de Dios, estrenada recientemente en HBO Max, no sólo revive esta infamia con testimonios crudos y archivos inéditos, sino que expone a Cuernavaca como testigo mudo de una doble vida: la de un "santo" en público y un monstruo en privado.
Cuernavaca, con su aura de refugio espiritual –hogar de obispos progresistas y centros de formación religiosa–, fue el escenario perfecto para el engaño. En 1948, el obispo Alfonso Espino y Silva bendijo la erección canónica de la congregación, originalmente llamada "Misioneros del Sagrado Corazón y la Virgen de los Dolores", rebautizada como Legionarios de Cristo por su "pegada" comercial.
Maciel, un carismático de 28 años, convenció a Espino de celebrar una misa solemne para su fundación, sellando el nacimiento institucional de una orden que, en su apogeo, manejaría fortunas millonarias y escuelas en 20 países.
Pero detrás de esa fachada de rigor moral y evangelización juvenil, Cuernavaca ocultaba los primeros susurros de horror: abusos que Maciel cometía en seminarios cercanos, y más tarde, el refugio de su familia secreta.
La ciudad no sólo fue la incubadora de los Legionarios; fue el nido de los secretos más viles de Maciel. Testimonios revelados en el documental, respaldados por entrevistas de Carmen Aristegui a Blanca Estela Lara –su pareja durante décadas– y sus hijos, pintan un retrato nauseabundo: Maciel, haciéndose pasar por "Raúl Rivas", un viudo detective o agente de la CIA, instaló a Lara y a sus tres hijos (dos biológicos y uno adoptado) en una casa discreta en Cuernavaca.
Allí, protegido por el anonimato de la capital morelense, alternaba entre misas públicas como benefactor devoto y noches de abuso contra su propia prole. "Nos llevaba a misa, nos hacía rezar, pero en casa era otro", relata José Raúl González, uno de los hijos, en la serie. Maciel abusó sexualmente de al menos dos de ellos, repitiendo el ciclo de violencia que él mismo sufrió en su infancia cristera, según documentos vaticanos filtrados.
Cuernavaca, así, se erige no como mero telón de fondo, sino como símbolo de la hipocresía legionaria: santidad institucional por fuera, podredumbre familiar por dentro.
El ascenso de un depredador: De seminarista expulsado a magnate de la fe
Nacido en 1920 en Cotija de la Paz, Michoacán, en una familia de clérigos –con cuatro tíos obispos y un abuelo cristero–, Maciel entró al seminario a los 16 años, pero su trayectoria fue un rosario de expulsiones por "comportamiento inaceptable": robos menores, adicción a la morfina y rumores de abusos tempranos.
A los 20 años, sin ordenarse aún, fundó los Legionarios en un sótano de la Ciudad de México, reclutando a 13 adolescentes con promesas de liderazgo espiritual. Cuernavaca le dio legitimidad: Espino y Silva, impresionado por su "llamado divino", aprobó la orden en 1948, allanando el camino para su expansión global.
Maciel era un genio del engaño, un "travesti identitario" según el documental: plagió memorias ajenas para sus libros devocionales, como "El salterio de mis días" (copiado en un 80% de un periodista español), y forjó un culto a su personalidad con votos secretos de silencio absoluto sobre sus pecados.
Su fortuna, estimada en cientos de millones de dólares anuales para la Legión en los 90 –duplicando el presupuesto vaticano–, provenía de donaciones de élites mexicanas como Flora Barragán de Garza, heredera de un imperio textil, y sobornos a cardenales.
Compró propiedades lujosas: la Quinta Pacelli en Tlalpan (un ex palacio papal), seminarios en España (un hotel reconvertido) e Italia. Fundó colegios como el Instituto Cumbres y el Anáhuac, reclutando niños de familias adineradas con becas que ocultaban el adoctrinamiento sectario.
En 1959 creó Regnum Christi, su brazo laico, atrayendo a 50,000 fieles con retiros y promesas de "guía para la juventud", como lo alabó Juan Pablo II.
Pero el verdadero motor de su imperio era el abuso: desde los 40, Maciel violó a decenas de seminaristas en seminarios de México, España y EE.UU., usando su rol paterno para seleccionar "elegidos" y drogarlos con morfina.
La Legión reportó en 2019 que 175 menores sufrieron abusos por 33 sacerdotes desde 1941, con Maciel responsable de 60 –la mayoría entre 11 y 16 años–, en un "cadena de abuso" donde víctimas se convirtieron en victimarios.
Denuncias internacionales surgieron en los 70: en España, Ontaneda vio abusos masivos; en EU., seminarios como el de Cheshire, Connecticut, fueron focos de escándalo. En 1997, el Hartford Courant y CNI-Canal 40 en México publicaron las primeras confesiones, hundiendo al canal en la quiebra por presiones eclesiásticas.
Juan Pablo II: El gran encubridor y su legado de silencio cómplice
Ningún nombre evoca tanta indignación como el de Juan Pablo II, el papa polaco que canonizó a Maciel en vida como "eficaz guía de la juventud" y lo bendijo públicamente en 2004, incluso tras las denuncias de 1997.
Documentos vaticanos filtrados revelan que El Vaticano sabía de los abusos desde 1943 –bajo Pío XII–, pero Juan Pablo II, asesorado por cardenales como Angelo Sodano (su secretario de Estado) y Stanisław Dziwysz (su confidente), los ignoró por 26 años de pontificado.
Maciel era su "confesor" y financiador: donaciones millonarias fluían al Vaticano, comprando silencio. En 1994, el papa le escribió una carta de gratitud por su "generosa entrega"; en 2004, lo presentó como modelo en el Jubileo. "Era intocable", dice Jason Berry, periodista que destapó el caso, en el documental.
El encubrimiento fue sistémico: Sodano creó un "mecanismo de defensa" para desacreditar víctimas como "calumniadores masones".
Sólo en 2006, bajo Benedicto XVI –quien como cardenal Ratzinger había intentado investigarlo en 2001–, Maciel fue removido a "penitencia y oración". Murió en 2008 en Florida, impune, con una fortuna personal de 6 millones de dólares legada a la Legión.
Juan Pablo II, canonizado en 2014 pese a este y otros encubrimientos (como en Cracovia), representa el fracaso moral de una Iglesia que priorizó el poder sobre las almas rotas.
Voces del abismo: Testimonios que quiebran el silencio
El documental amplifica las voces silenciadas, transformando la indignación en catarsis. Juan José Vaca, reclutado a los 10 años, relata cómo Maciel lo llevó a su recámara en un seminario mexicano: "Me dijo que estaba enfermo, me inyectó morfina y abusó de mí. Al día siguiente, me hizo confesar como si yo fuera el pecador".
Vaca huyó en 1976, pero la Legión lo persiguió con demandas. José Barba, abusado en Ontaneda, España, a los 12, describe el terror: "Nos reunía en círculo, nos tocaba mientras rezábamos. Era Dios y diablo a la vez". Lideró la denuncia de 1997 ante Ratzinger, pero enfrentó excomunión implícita.
Alejandro Espinosa, otro de los "ocho de Hartford", narra cadenas de abuso: "Vi cómo Maciel violaba a un compañero; años después, ese compañero abusó de otros".
Las voces femeninas y filiales profundizan el horror. Félix Alarcón, seminarista chileno, confiesa: "Me violó prometiendo santidad; destruí mi fe".
Una víctima anónima en el informe legionariano de 2019 relata: "El sacerdote de mi escuela me hacía ver cómo abusaba de niñas pequeñas; él mismo había sido víctima de Maciel".
Los hijos de Maciel –Omar, José Raúl y Norma Hilda– exponen el abuso intrafamiliar: "Nos golpeaba, nos violaba, nos obligaba a llamarlo 'papá Dios'".
Estas no son anécdotas; son ecos de un sistema que, como dice Barba en la serie, "robó infancias para construir un imperio".
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Juan José Vaca |
12-16 |
Seminarios México |
Inyecciones de morfina seguidas de tocamientos y penetración; confesonarios forzados. |
Abandono en 1976; demandas de la Legión; terapia vitalicia. |
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José Barba |
12 |
Ontaneda, España |
Abusos grupales durante rezos; promesas de "elección divina". |
Líder de denuncia 1997; ostracismo eclesiástico; activismo por justicia. |
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Alejandro Espinosa |
11-15 |
México/España |
Testigo de "cadenas": abusó a otros tras ser víctima. |
Biografía El ilusionista (2003); demandas vaticanas ignoradas. |
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José Raúl González |
Adolescente |
Cuernavaca |
Abuso filial por "Raúl Rivas"; golpes y violaciones. |
Exposición pública en 2010; reparaciones parciales de Legión. |
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Félix Alarcón |
14 |
Chile/México |
Violaciones disfrazadas de "cura espiritual". |
Renuncia al sacerdocio; testimonio en informes ONU. |
Un crimen colosal: El legado pútrido de los Legionarios
Los abusos de Maciel no son un desvío; son el núcleo de uno de los mayores crímenes del catolicismo moderno, superando en escala a escándalos como el de Boston por su duración (60 años) y protección papal. La Legión, con 650 sacerdotes y 50,000 laicos en su pico, operaba como secta: votos de silencio, control mental, lavado de dinero vía escuelas elitistas.
Su informe de 2019 admite 175 víctimas, pero expertos como Berry estiman miles, con abusos en colegios como Cumbres, donde niños eran "reclutados" para Maciel.
Francisco ordenó reparaciones en 2014, pero persisten demandas: en 2025, dos legionarios enfrentan juicios en México y España.
Cuernavaca, hoy, carga esta herencia: monumentos a la Legión conviven con murales de víctimas. El documental urge un "juicio de Núremberg" eclesiástico, como pide Barba: verdad total, reparaciones y disolución de la orden. En una Iglesia que canoniza encubridores, estas voces claman: ¿cuántas infancias más se sacrificarán al lobo? La indignación no basta; exige justicia, para que la eterna primavera de Cuernavaca florezca sin sombras.
