En esta secuencia de mis perros, con ánimo de que Usted recuerde a los propios, continuo con dos de mis canes, El Chirgo (flaco o famélico) y El Capulín; el primero de color café y alzada mediana, bravo, muy bravo; el otro negro de gran alzada y muy fuerte… Ambos con dos o tres años de edad le fueron ofrecidos como regalo a mi madre por los vecinos que por su pobreza cambiaron de domicilio a tierras lejanas y no tenían dónde dejarlos; se quedaron con nosotros… El Chirgo siempre que pasábamos mi padre, mi perro Tigre y/o yo, teníamos que hacerlo a media calle porque salía bravo y se abalanzaba ladrando; la piedra en la mano siempre era la precaución mientras el pequeño y gran perro El Tigre, “no se rajaba” y se le enfrentaba hasta que ambos seguían su camino cada uno por su lado, el Chirgo para entrar a su casa, el Tigre para ir a la propia o con nosotros… Cuando al Chirgo y al Capulín no les quedó de otra más que vivir en la casa con nosotros como familia, poco a poco se fueron adaptando, pues las atenciones, la comida y el agua son los mejores elementos para domesticarlos… El Chirgo y el Capulín, pronto se hicieron compañeros míos, de mi padre, mis hermanos, mi madre que mucho los cuidaba y mi Tigre… El Chirgo bien cuidaba la casa y anunciaba con sus ladridos la presencia o cercanía de extraños, el Capulín era más reposado, calculador y por su alzada imponía mucho respeto; el Chirgo y yo nos hicimos “buenos amigos”, pues jugueteábamos, yo tenía como 12 o 13 años; el Capulín también jugueteaba con mi Ma’, quien era de baja estatura, hasta que un día como lo hacía con frecuencia se le paró en dos patas, le puso las manos en el pecho y la hizo que se fuera de bruces… Como es costumbre en estos casos, al ver que no le había pasado nada los presentes mi Pa’ y mis hermanos Irma, Lucía (cruz), Toño, Carmela, Beto y Raquel nos reímos y hasta nos carcajeamos… Mi madre amenazó al Capulín: ¡“vas a ver cabrón”!, al día siguiente mi madre ya había regalado al Capulín, se lo llevaron allá por las minas de arena y basurero de Santa Fe donde ahora se encuentra la famosa zona residencial… ¡Nunca más lo volvimos a ver…! El Chirgo vivió en casa varios años, lo vi hasta los 15 cuando me fui de casa para buscar mi destino y encontrarlo con mis precariedades, pobrezas y penurias en la Escuela Nacional de Maestros… No sé a final de cuentas que pasó con ese noble animal… Pasaron muchos años, tantos que fueron como 20, para que yo volviera a tener otro perro, o mejor dicho perra luego de que un día llegó un solícito ‘compa’ a la Radio difusora XEJC, “La Voz del Sur” localizada en la Calle de Arista en el Centro de Cuernavaca… Terminaba yo de transmitir mis programas: Los Horóscopos, Tránsito al Día y El Noticiero de las 14:45 horas; Pedro Aguilar Núñez significado karateka, sensei y hoy flamante abogado, mi asistente, ya había ido por mis hijos a la escuela Cristóbal Colón cuando salían del Kínder y los llevó a la emisora para que me esperaran… El ‘compa’ en cuestión Adán, en una caja de zapatos llegó con la cachorrita y con toda seguridad me dijo: “Profe le traigo este regalo, acéptelo, es una perra policía de clase por su padre y por su madre”, vi la caja, a la perrita y medio me negué a recibirla pero vino el ruego de Adán: “Llévesela Profe”, para ese momento ya la estaban acariciando mis hijos Pablo Rubén y Francisco Antonio quienes en forma entusiasmada me pidieron que nos la lleváramos a casa… Así sucedió, luego de agradecerle al compa Adán su amabilidad y generosidad, como consecuencia del entusiasmo de mis hijos… Subimos a nuestro “Vocho nuevitito” (1975) y en el camino, mis amados hijos Pablo y Toño empezaron a hablar respecto al nombre que le sería impuesto a la cachorrita; no recuerdo quien de los dos lo propuso, luego de ser mis acompañantes en el Club Samuráis donde yo practicaba Karate y ellos también de vez en cuando le entraban al entrenamiento… La propuesta unánime de los dos fue que la perrita se llamara Suky, como consecuencia de que así se llama un rápido golpe que con la mano estirada y el puño recio va en dirección de alguna de las partes del contario… Y Suky se llamó ese pequeño animal que se convirtió no solo en nuestra mascota sino en nuestra vigilante, protectora de mis hijos y de la familia, tras crecer y convertirse en una fuerte, firme y segura perra que de perra policía no tuvo nada, por lo cual me pareció que el generoso Adán como que me tomó el pelo y por ello cuando me preguntaban de que raza era la Suky yo socarrona mente les decía: “Es hija de un perro policía cruzada con callejera”, pero la Suky qué gran perra fue para todos nosotros como familia… El problema era cuando entraba en celo, brincaba la barda de más de tres metros y desaparecía, después regresaba hambrienta, sedienta y media maltratada para ser de inmediato atendida de todo en la casa, a fin de esperar una y otra y otras camadas de las cuales, siempre regalábamos todos los cachorros a grado tal que la colonia Alta Vista de Cuernavaca está llena de perros que son progenie de la Suky… En su última camada, el día en que parió como a las 4 de la tarde llegué a casa ahí AltaVista, me informaron que ya tenía sus cachorros, le di alimento, me dieron unas patas de pollo bien cocidas para ella, pasé al lugar donde estaba, la vi jadeando intensamente, le acerque agua que sorbió con ansiedad, levantó su pata trasera izquierda para mostrarme a sus 8 cachorros que gemían y ya disputaban la teta de su alimento; no toqué a ninguno, la acaricié, le di su comida que recostada tragó con ansiedad pero uno de los huesos se le atragantó, sin mucho pensarlo le metí la mano en el hocico, se lo saqué del cogote y la Suky lloró del dolor, yo por la emoción y la preocupación… De los 8 cachorros, ahí estaba su heredero que fue ¡mi Popeye, qué perro! Continuará. ¡Hasta mañana que será un día más!
