El pasado fin de semana tuvo lugar, durante el encuentro entre los Pumas y el Monterrey, uno de los arbitrajes más desaseados que hemos visto en mucho tiempo.
No me gusta erigirme en juez de la actuación de los colegiados, habida cuenta que me equivoqué quizá más que ellos y no soy un pateador de pesebre, sin embargo, considero que como especialista debo emitir una opinión, desde la buena fe y apegada, siempre, al reglamento.
El equipo arbitral estuvo liderado por Ismael Rosario López Peñuelas, siendo poco socorrido por sus compañeros en cancha y en la cabina del VAR.
Es obvio que no planearon el partido, con el fin de poner especial atención en el futbolista que tendría todos los reflectores encima: Sergio Ramos.
De haberlo hecho, se percatarían de la cobarde y artera agresión del ibérico sobre Pablo Benevendo, a quien descontó con el antebrazo, yéndose limpio por la inoperancia de los colegiados.
Sancionó un penal inexistente a favor de Rayados para abrir el marcador y luego, invalidó un tanto a los auriazules por una supuesta falta de Rogelio Funes Mori sobre el guardameta.
Tuvo que recurrir al VAR para señalar una mano intencional de un delantero puma, para anular un gol, pero dejó sin tarjeta amarilla al infractor, en fin, todo conspiró para el desastre.
Casi para finalizar el cotejo, el capitán rayado le pegó una patada sin balón, en la parte donde el cuerpo agarra forma de guitarrón, al “Memote” Martínez, lo que motivó su expulsión, pero otra vez los colegiados se quedaron cortos al redactar su reporte.
El árbitro debe poner en la cédula exactamente lo ocurrido, para de esa manera, cerrar la puerta a la especulación o la maledicencia.
Tradicionalmente, la Comisión Disciplinaria busca el resquicio en el informe para reducir las penas.
Ellos no buscan la justicia sino quedar bien con quien los nombra, que son los dueños de los equipos.
López Peñuelas informó que la expulsión fue por conducta violenta, dar una patada a un adversario.
La justicia deportiva castigó a Ramos con un sólo juego fuera de las canchas.
Creo que lo correcto hubiera sido apuntar que le agresión ocurrió con el balón en juego, pero no en disputa directa entre ambos contendientes.
Al constituir esto un agravante, el comité de penas federativo hubiera estado obligado a echarle dos juegos al rijoso futbolista.
Total, que el mundillo futbolero y los jilgueros arbitrales se le fueron encima al silbante sinaloense.
Difícil entender cómo puede tener credibilidad un tipo que se fue corrido de las canchas, acusado de vender partidos y otro, convicto por violencia intrafamiliar.
En el colmo del cinismo, otro que acaba de incursionar en los medios de comunicación, afirma que Peñuelas heredó el gafete que le quitaron.
Miente, puesto que ese lugar hoy lo ocupa Rafael López Valle.
Su comentario malintencionado busca que se compare al hoy criticado silbante, con la supuesta capacidad que mostró durante su carrera…un payaso con micrófono.
