La vida es una caja de sorpresas. Perdón si a alguien sorprendo con tan temeraria afirmación. Lo cierto es que, efectivamente, a lo largo de nuestra existencia nos asalta el azar sin defensa ni capacidad de respuesta.

Para que nadie se haga el sorprendido con lo que voy a decir, la única manera de perpetuar la especie humana es la cohabitación de la mujer y el hombre. Por favor, no se me vaya a tomar por machista, misógino, intolerante o enemigo de otras manifestaciones afectivas y amorosas, las cuales respeto y admiro.

El hecho es que estamos de fiesta en la familia porque el próximo domingo vendrá al mundo Emilia Brizio Cuevas, hija de mi hijo, por lo que Isela, mi esposa y yo, obtendremos el preciado galardón de abuelos.

Por ello, solicito la licencia de usted, amable lector@, para dar no hablar de futbol ni de deportes y dar rienda suelta a la fiesta y la alegría que traerá, con su faz, esta nueva integrante de la raza humana.

Fui un niño muy querido por mis abuelos. Incluso se hicieron marcadas diferencias con mis hermanos y primos que hasta hoy, en tono de broma teñida de ardor, me reclaman.

Por ello, sin tener la experiencia, la saboreo desde ya. Decía mi Padre, Don Arturo Brizio Ponce de León, que los padres crían y los abuelos malcrían. Creo que tenía razón. No hay como la travesura compartida con los viejos de asomarse a lo prohibido. El jarabe tirado al caño, la grosería que podías decir pero quedito, la ropa que te podías poner sin bronca, la ducha que nunca llegaba en su casa, los besos, la tolerancia, el amor sin limites.

Cuando nació Arturo Pablo, hace 35 años, hijo mío y padre de la criatura por venir, mi querido compadre Juan José Solórzano, hoy Rector de la Universidad de Artes y Ciencias de Chiapas, externó el siguiente deseo: “Que le toquen vivir tiempos de paz”.

Hoy, para Emilia y para todos los niños del mundo, esta petición adquiere tintes dramáticos. Las oraciones parecen insuficientes y la esperanza carente de sustento pero la fe, con acontecimientos como este natalicio, tiene que permanecer intacta.

Es una lástima que en el camino hayan quedado tantos soldados. Mis padres y mis suegros; mi cuñada adorada Mara, mi compadre José Luís, mi hermana Lety y otros tantos que ahora se unirían, vocingleros, al coro de ángeles por la llegada de mi nieta.

Ya en la maldita práctica, en el día con día y hablando de dinero tampoco la tendrá fácil la neonata ni sus papás. El costo de la vida, el acceso a los servicios de salud, los colegios, la alimentación, ya hacen pensar si realmente se quiere traer un hijo al mundo. Bienvenida, mi cielo, por eso no te preocupes que ya saldrá. Por lo pronto, como dijo mi hermano Jorge de la Fuente en las Vegas: “Manden dinero…que vamos ganando”.

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