El futbol es un juego de contacto. La esencia está en superar al rival y llevar el balón lo más cercano posible de su portería. El oponente buscará por medios lícitos impedirlo. Para los instintos primitivos se inventaron las reglas de juego.
El grave problema que afronta, desde hace ya rato nuestro deporte es que, con el pretexto de ser un juego cada vez más físico, se abusa del fingimiento y exageración de las faltas.
La malformación viene desde los instructores de las fuerzas básicas. En lugar de enseñar a la niña o al chavito los rudimentos de la técnica como son: golpeo de balón, recepción, tiro, cabeceo, etcétera, se dedican a transmitirles el truco, la trampa, la chapuza y todo aquello que lleve a engañar al árbitro y dar una ventaja desleal a su equipo.
Con esa carga de aprendizaje llegan al futbol profesional y para entonces, ya es muy difícil desandar el camino.
Aparte, hasta los comentaristas aplauden lo que ellos llaman viveza, picardía, barrio, cuando en realidad estamos hablando de un vil intento de engaño.
El arbitraje da para que puedan hablar los que no saben de futbol.
La frase entiendo que pertenece al acervo cultural del maestro Jorge Valdano, pero me permite la licencia de birlársela, cambiando el arbitraje por las estadísticas. Espero sepa disculpar.
La realidad es que todo mundo habla del quehacer de los silbantes.
Y lo hacen, además, en un tono doctoral que no admite replica.
El otro día escuché a un descerebrado locutor que dijo: “Los árbitros deberían haber pateado un balón”.
Ora si que como dijo el borrachito: “ah chingá”, entonces siguiendo esa lógica, el comentarista, para hablar de arbitraje, debería haber agarrado un silbato, sin la menor intención de alburear.
El fin de semana se presentaron dos jugadas que trajeron aparejadas discusión y polémica.
En una Jesús Gallardo del Monterrey, al barrerse pisa el balón y luego hace “palanca” sobre la pierna del americanista Brian Rodríguez, lesionándolo de gravedad.
Los merolicos dicen: “fue con fuerza excesiva”.
Tienen razón, pero esa circunstancia se castiga con tarjeta roja solo si hay falta de por medio.
Ir con todo a por un balón, no es un derecho, es una obligación del futbolista profesional.
En la otra, César Huerta trata de eludir a un oponente, con el balón a ras de suelo, levantando el brazo por encima del hombro, golpeándolo con el codo en el rostro.
Aquí se presenta la figura del juego brusco grave: emplear una fuerza excesiva al cometer una falta.
En ambas intervino el VAR, garantizando una buena toma de decisión final.
Se decía que el club América pediría un castigo ejemplar para el futbolista regio.
Parece que tras ver las diferentes tomas, desistieron de su propósito.
Hubiera sido totalmente estéril el tratar de buscar venganza contra un accidente.
Desearle al uruguayo una pronta recuperación, a sabiendas que en nada remedia su lesión, el hecho de que Gallardo hubiera sido… inhabilitado.
