Relativamente temprano en mi carrera arbitral ocurrieron dos hechos fundamentales: Casi al mismo tiempo empecé a salir como árbitro central en Segunda División y a actuar como juez de línea en el máximo circuito.
Esto no era un asunto menor dado que el ser designado a los grandes encuentros iba generando conocimiento de la prensa, los jugadores y un laboratorio para experimentar la sensación de estar aprendiendo en cada actuación.
Debo reconocer que como bandera era bastante malito, es por ello que respeto tanto a los hoy llamados árbitros asistentes pues no tienen derecho a equivocarse.
La velocidad del juego exige toda su concentración y atención, capacidades que me fueron negadas por el Creador.
Además, compartir vestuario y cancha con los principales jueces de aquella época, constituía una especie de beca. Obvio, los había de todos los colores y sabores en ese microcosmos que era el arbitraje de élite.
Tuve grandes compañeros quienes fueron generosos en el consejo; otros más reservados e incluso de quienes aprendí lo que no quería para mi futuro, pero a todos agradezco su aportación.
En el otro aspecto, ser central en la Segunda División tenía su mucho chiste.
Era una Liga brava, con jugadores duros, algunos veteranos que ya venían de salida, estadios siempre llenos y un público perrón que no se tentaba el corazón para apretar al silbante en turno.
Algunas de esas plazas memorables eran Veracruz, Tampico, Salamanca, Zamora, Zacatepec, Celaya, Unión de Curtidores, solo por mencionar algunas.
Incluso grandes instituciones en la actualidad, tuvieron su paso y peso en el Ascenso como Pumas, León, Pachuca, Atlas y hasta los Tigres de la Universidad de Nuevo León.
En esos heroicos días ni siquiera soñaba con tener un auto, así que los desplazamientos los realizaba en modesto camioncito.
Los viáticos que nos daban eran una broma, por lo que ibas y regresabas el mismo día.
Pues resulta que soy designado a un juego en la Piedad, Michoacán, un 31 de diciembre de 1980, a las 4 de la tarde.
El partido se jugó y luego, con mis compañeros de equipo fuimos a comer y tomar algo, ya que luego de arbitrar, le entraba a uno sed de la perversa.
Todo esto para hacer tiempo pues el autobús que venía de Guadalajara hacía escala a las 10 de la noche.
Subí al transporte, tomé mi asiento junto con una treintena de pasajeros e ipso facto quedé dormido como si hubiera arbitrado bien.
De pronto, entre un crujir de láminas y un chirriar de frenos noté que el camión se detenía. Todo modorro abrí un ojo y distinguí al chofer parado en medio del pasillo.
¿Qué habrá pasado? me pregunté, pero rápido salí de dudas.
El audaz piloto anunciaba que eran las 12 de la noche e invitaba a que descendiéramos para darnos el tradicional abrazo. ¡De película!
Claro que era otra época, con seguridad y buenos modales así que luego de abrazar a los viajeros, chofer incluido, deseé para todos lo mismo que ahora… feliz año.
