El medio deportivo mexicano está de luto. Hace un par de días se anunció el fallecimiento de uno de los más grandes atletas de la historia: Fernando Valenzuela.

Con apenas 63 años de edad, el hombre que puso a Etchohuaquila en el mapa, dejó el plano terrenal al perder en nueve innings su batalla contra el cáncer.

El “Toro” fue descubierto en una Liga regional de Guanajuato por el legendario buscador Mike Brito, quién lo llevó a probar suerte con los Dodgers.

Su peculiar estilo y el brazo zurdo de oro le valieron no solo quedarse, sino pertenecer al roster de abridores del cuadro angelino.

Ganando juegos y lo más importante, cubriendo toda la ruta, situación que hace mucho dejó de verse, logró paralizar a todo el país y a los paisanos de allende el Bravo en la Serie Mundial de 1981, coincidentalmente, frente a los orgullosos Yanquis de Nueva York.

La demostración de calidad y sangre fría del sonorense para dominar a enemigos con números arriba de los 300 de porcentaje, fueron impresionantes y quedan en la retina del fanático al “Rey de los Deportes” hasta la fecha.

Lo mejor de Fernando fue su carácter apacible y tranquilo.

Considero que nunca se asumió como el súper atleta o el ídolo que fue y en su época, se amalgamó una tercia de ases mexicana, con Julio César Chávez en el boxeo, Hugo Sánchez en el balompié y Valenzuela en el béisbol.

Se le va a extrañar, pues en la baraja deportiva nacional ya no hay muchos como él.

Ya en el final de su exitosa carrera, tiró en la Liga del Pacífico con los Naranjeros de Hermosillo.

En esos años, su servidor colaboraba con un prestigiado medio local llamado “El Imparcial”, por lo que ni tardo ni perezoso, solicité a mis amigos me consiguieran un pase para asistir al parque “Héctor Espino” de la capital sonorense.

El día del juego nos fuimos a comer a un restaurante llamado “La Caguama de Andrés”, especialista en mariscos y con la panza llena así como con “media estocada” fruto de las chelas, mi hijo Arturo, mi compadre José Luís y el de la voz, emprendimos el camino hacia el inmueble beisbolero.

Por ahí de la sexta entrada, llegaron unos emisarios del club para informarme que podíamos bajar al diamante en el descanso entre una entrada y la otra.

Ahí sentado en una silla, afuera del dogout, estaba el “Toro”. Cuando se levantó, quedé impresionado por su estatura y porte.

Nos saludó amable pero taciturno y luego procedió a firmar una pelota que le regaló a mi vástago.

No exagero si le digo que fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida dentro del deporte.

Hoy la mercadotecnia fabrica figuras con pies de barro.

El futbol acapara foco y patrocinios a cambio de un espectáculo bastante mediocre.

En un ambiente convulso como el que se vive en el país, el deporte y sus representantes deberían ser un refrescante oasis, pero no es así.

Que pena que se vayan los grandes porque andamos… escasos de ídolos.

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