Éramos unos niños y a la casa paterna llegaba puntualmente, poco antes del amanecer, el diario Excelsior, en aquellos despreocupados días, “El periódico de la vida nacional”, como rezaba su eslogan.

El que se levantaba primero adquiría, como derecho fundamental, el ganar la página deportiva, la cual no soltaba hasta bien entrado el día, ante la evidente desesperación del resto de la familia.

Ahí nos enteramos, a principio de los 60, que el equipo representativo de la Universidad Nacional Autónoma de México, había conseguido el ascenso a la Primera División.

Asiduos asistentes al estadio los domingos, sentaditos en las gradas de Ciudad Universitaria, pudimos ver los primeros escarceos de este cuadro vestido con los hermosos colores azul y oro.

En esa época no se miraba por donde pudiera competir para ganar un campeonato con América o Guadalajara, pero siempre les hacía ver su suerte, convirtiéndose en una especie de “coco” de los grandes del balompié azteca.

Luego vino una bonita racha que escribieron jugadores legendarios como la dupla defensiva de Miguel Mejía Barón y Héctor Sanabria, apodados los “suavecitos”.

Mario Velarde en la media, Aarón Padilla y su “bicicleta” por la banda izquierda y el gran ídolo goleador, Enrique Borja, entre otros que hicieron pintoresco al cuadro del Pedregal.

La dependencia económica del equipo de las arcas y el presupuesto académico, impedía gastar y reforzar a la institución deportiva como se necesitaba.

Además, la Universidad tenía un departamento de actividades deportivas, cuya misión era atender y solventar los gastos de otras manifestaciones, el futbol americano, por ejemplo.

Fue entonces cuando se creó un Patronato, integrado en su mayoría por Ingenieros egresados de la Máxima Casa de Estudios y que habían fundado una exitosa empresa constructora denominada ICA.

En 1974 mi Padre, Don Arturo Brizio Ponce de León, luego de su retiro como árbitro, fue contratado para fungir como Gerente General del Club Universidad.

Ese verano el América compró al mediocampista Antonio de la Torre a Pumas y con esa lana, mi papá fue a Brasil para pagar el traspaso de dos figurones: Spencer Coelho y Evanivaldo Castro “Cabinho”.

Fue una nueva era, donde se ganó primero un torneo de Copa y luego la ansiada Liga, venciendo a la Universidad de Guadalajara con gol del “Cabo”.

Entre refuerzos de calidad y canteranos comprometidos con los colores, se dibujó la historia que prevalece hasta la fecha.

Pumas llegó a ser la base del Tricolor y de sus filas surgió el mejor jugador mexicano de la historia, el inconmensurable Hugo Sánchez.

Con siete títulos en la mochila y ser un invitado frecuente a la Liguilla, el cuadro auriazul se debate entre la mediocridad y la falta de identidad.

La feligresía puma está enojada y pide la salida del técnico Gustavo Lema. Aunque no comparto esa medida como solución, ver a Pumas perdido… duele.

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