El 145 aniversario del natalicio del general Emiliano Zapata, el sábado, da lugar a la reedición de este Atril. Escribí:
Poeta del surrealismo francés, André Bretón citó en sus memorias un posible tránsito por Cuernavaca, cuando conoció al político ruso exiliado en México, León Trostky, y de paso escribió su visión de la situación postrevolucionaria en México: “Me fue dado tener varias conversaciones con el camarada Trostky (…) Apenas hay sitio típico de México al que no permanezca asociado en mi recuerdo. Vuelvo a verlo, con las cejas fruncidas, desplegando los periódicos de París bajo las sombras de un jardín de Cuernavaca ardiente y zumbante de chupamirtos, mientras la camarada Natalia Trostky, tan conmovedora, tan comprensiva y tan dulce, me designa por sus nombres las flores sorprendentes; vuelvo a verlo realizando conmigo la ascensión a la pirámide de Xochicalco.
“Puede adornarse con el título de general en México cualquiera que haya sido, o sea capaz todavía, de mover por su propia iniciativa cierto número de hombres tomados individualmente en los campos. Los ‘generales’ de que hablo, formados en su mayoría en la ruda escuela de Emiliano Zapata, y algunos de los cuales tienen el poder, siguen participando ellos mismos, hay que decirlo, en ese admirable empuje de la tierra que, pronto hará treinta años, condujo a la victoria a los peones o jornaleros agrícolas indios que constituyen el elemento más odiosamente expoliado de la población…”.
LOS HIJOS DE SÁNCHEZ EN TEPOZTLÁN. El antropólogo neoyorkino Oscar Lewis, quien se aventó la puntada de convivir varios años con una familia “chilanga” de clase media baja para elaborar un estudio que tituló “Los hijos de Sánchez”, la casi novela antropológica que después fue película protagonizada por Anthony Queen, hizo esta descripción de Tepoztlán:
“En el poblado se hablan tanto el castellano como el náhuatl, lengua de los indígenas nativos (…) El poblado está divido en siete barrios, cada uno con su santo patrono, organización religiosa interna, festivales y terrenos que trabajan colectivamente los hombres del barrio para el mantenimiento de la capilla (…) En Tepoztlán existen tres tipos de practicantes de la salud: los curanderos, los ‘mágicos’ y el ‘doctor’. Los curanderos son los más numerosos: son principalmente mujeres y reciben visitas de pacientes con mayor frecuencia, cobran pequeños honorarios de 25 o 50 centavos. Existen dos ‘mágicos’, hombres que usan las hierbas empleadas también por los curanderos pero también recurren al espiritismo y la magia, a ellos se les teme por su gran poder…”.
LUIS BUÑUEL EN CUAUTLA. José N. Iturriaga integra en su libro la siguiente anécdota que también se puede leer en el libro autobiográfico del cineasta surrealista Luis Buñuel, el realizador de “Los olvidados”:
“Con Nazarín, rodada en 1958 y en varios bellísimos pueblos de la región de Cuautla, adapté por primera vez una novela de (Benito Pérez) Galdós. Fue también durante este rodaje cuando escandalicé a Gabriel Figueroa, que me había preparado un encuadre estéticamente irreprochable, con el Popocatépetl al fondo y las inevitables nubes blancas. Lo que hice fue, simplemente, dar media vuelta a la cámara para encuadrar un paisaje trivial, pero que me parecía más verdadero, más próximo (…) En diversas ocasiones, productores americanos y europeos me propusieron realizar una película basada en ‘Bajo el volcán’, la novela de Malcom Lowry que se desarrolla íntegramente en Cuernavaca, sin poder imaginar una solución realmente cinematográfica (…) No obstante, John Houston hizo esa película años después, con el propio Gabriel Figueroa atrás de la cámara…”. Y rodada también en Cuernavaca, podemos añadir.
LA CASITA DEL “SEÑOR DE LOS CIELOS”. Muy a tono con los tiempos de la violencia derivada del negocio del narcotráfico, “Cien forasteros en Morelos” consigna el testimonio del periodista de la televisión francesa Jean-Francois Boyer, quien describió así el rancho del Amado Carrillo: “Un león disecado, tendido negligentemente en el borde de un jacuzi al aire libre, una piscina perdida en un jardín de 14 mil metros, 12 recámaras con baños y jacuzis, tres cocinas, cinco comedores, un salón de billar decorado con dos enormes colmillos de marfil, un estacionamiento para seis coches (…) La Hacienda de la Luz era la perla del imperio inmobiliario constituido en unos años por Amado Carrillo. Una fortaleza protegida por un muro de seis metros de alto, una reja electrificada y 30 cámaras de vigilancia…”. (Me leen mañana).
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