Sobre advertencia no hay engaño. “Hay personas que se echaron a la hamaca, y hay que despertarlos”, amagó el alcalde José Luis Urióstegui Salgado. Obvia, la dedicatoria fue a los funcionarios que despreciaron el trabajo y optaron por la flojera. Les pasó igual que al costeño que se hallaba tirado en la hamaca, “huevoneando”, como acostumbran decir en la costa de Guerrero, y empezó a temblar, soltó la cerveza, miró al cielo y clamó: “san cuilmas, ayúdame; san bartolo, auxíliame”, etc., hasta que se reventó la reata que sostenía la hamaca, el gordo cayó al suelo y su mujer le gritó: “échale más gente, huevón!”. Una vez puestos de acuerdo los regidores, la síndica y Urióstegui ¿es que fueron puestos de patitas en la calle Silvia Bello Rendón, Eduardo Martínez, Norberto Hernández López, Christian Abraham Méndez Quintana, Nicolás Montes Chaparro, Johana Benítez Benítez, Emmanuelle Pedraza Mondragón y Ricardo Valdez Bedolla? Habría sido uno de esos ceses masivos que en el sector gobierno se ven muy de vez en cuando y que, dada la imagen que tienen los pueblos de los políticos, cayó bien en el gusto popular. Dirían en el teatro: “¡primera llamada, primera”…
EN LOS caminos inexorables de la política los detalles suelen ser devorados por el tiempo, pero a riesgo de no ser del todo preciso cuento esta historia: Una noche de 1975 me reuní con el licenciado José Cepeda Ayala, a quien había tratado desde mediados de los sesenta cuando él era el director del desaparecido Diario de Morelos y yo linotipista de la misma publicación, en el local semi subterráneo de la esquina del boulevard Juárez y Las Casas. (El que menciono fue otro periódico de igual nombre, no éste que el lector tiene en las manos). El ahora columnista era muy joven, con hambre “de ser periodista”, y en ese momento con apetito para disfrutar algo sabroso. Fuimos a cenar “hasta” Acatlipa, en el restaurante a bordo de la carretera llamado, si mal no recuerdo, El Paraíso, propiedad del señor Cruz, quien, si la memoria no me falla, era pariente de César Cruz, el mismo que 19 años más tarde sería alcalde de Temixco. El plan era aproximarnos a la colonia Rubén Jaramillo, a la que la gente también llamaba Villa de las Flores, donde al licenciado Cepeda le habían pasado el “tip” de que algo trascendente iba a suceder esa noche. Eran días en los que la atención de la prensa nacional y la política local estaba fija en la colonia Rubén Jaramillo, relativamente de reciente creación. Había el rumor de que algo importante iba a pasar, pero no se sabía exactamente qué y a qué hora, de modo que hicimos guardia esperando que en cualquier momento aparecieran los soldados e irrumpieran en la colonia para detener al “Güero” Medrano, el líder de esta colonia que había nacido por medio de una gran invasión. Esperamos unas cuatro horas, pero nada sucedió…
La colonia Rubén Jaramillo y otras fueron fundadas por familias pobres de Morelos y migrantes principalmente provenientes de Guerrero, mediante invasiones que en aquellos días fueron comunes en Cuernavaca y en sus municipios conurbados. Acaudillados por Florencio Medrano Mederos, “El Güero”, en 1973 invadieron las colinas de los terrenos que estaban proyectados para desarrollar el fraccionamiento de lujo que se iba a llamar Villa de las Flores, propiedad de uno de los hijos del entonces gobernador Felipe Rivera Crespo. Verdad o mentira, se decía que “El Güero” era gente cercana al guerrillero Lucio Cabañas, pero, como quiera que hubiese sido, el hecho fue que una madrugada de 15 de septiembre Florencio se escapó del Ejército, fue buscado infructuosamente en el laberinto de casas de cartón y seis años después fue abatido en la zona chinanteca de Oaxaca... (Me leen mañana).
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