Si de por sí en la primavera el sol calienta la plancha de la Plaza de Armas, más en verano. Las temperaturas recientes resultaron inéditamente altas, el comal del Zócalo se pasó tueste y disparó el termómetro arriba de cuarenta y tantos agrados. Pero no tan candente como la fragua que atizó el carbón al punto de que fue necesario levantar una pequeña parte de la loza de cemento de la plaza y encapsularla en el muro de madera de más de dos metros de altura, protegida de miradas curiosas. ¿Qué esconden?
El columnista insiste: hay que esperar a que la ciencia diga por qué se partió el piso en esa partecita del encementado. Si ya soportó dos sismos –en 1985 y 2017–, con mayor razón aguanta las fisuras de hace tres semanas, chiquitas, irrelevantes. Con esto se ve que concuerda la secretaria de Turismo, Julieta Goldzweig Cornejo, dueña su familia de uno de los tres cafés más antiguos del centro histórico de la ciudad. Y ni para qué pensar en la enésima remodelación de la plaza de armas. Evidentemente innecesaria, trae a cuento esta historia:
En el arranque de los cincuenta, el presidente municipal
Luis Flores Sobral modificó el entonces llamado Jardín Morelos. Fueron retiradas las bancas metálicas (algunas pocas subsisten en el Jardín Juárez) y en su lugar empotrado un círculo de asientos de cemento. Andando los años, la plaza sufrió otros cambios hasta quedar como Jardín de los Héroes con las estatuas de José María Morelos, Benito Juárez, Miguel Hidalgo, Jaime Nunó y Francisco Bocanegra y un monumento a la Revolución Mexicana. Pero los cambios en el corazón de la ciudad venían de años atrás; la explanada había sido ocupada por el Mercado Colón, que desapareció el 15 de septiembre de 1910 al cumplirse el centenario de la independencia de México. A mediados de los sesenta, las estatuas fueron retiradas, y enviadas algunas a cabeceras municipales y a colonias de Cuernavaca, naciendo así la Plaza Cívica que a fines de los setenta sería de nueva cuenta modificada, en esa ocasión por el gobernador Armando León Bejarano. Desde entonces el ombligo del Zócalo se volvió peatonal y los coches dejaron de darle vueltas a la plaza como moyotes. En los albores de 1992, Antonio Riva Palacio López realizó otra modificación del lugar que con el nombre de Jardín Morelos fue inaugurada el 15 de septiembre y, colocada la estatua del “Morelotes”, fue mudada del lado sur del Palacio de Cortés y en 2010 regresada a su sitio original. Remodelada en 2011 la parte oriente de la llamada Plaza de Armas General Emiliano Zapata, la desaparición del Puente del Mariachi amplío la perspectiva de la planicie de cemento. Sin embargo, todavía faltaba una modificación más, esta vez a cargo de Graco Ramírez.
A lo mejor hace falta un decreto del Congreso Estatal que proteja de obras innecesarias a la plaza de armas. Su historia lo justifica. Hablamos de aquel Jardín de los Héroes al que miraban el Palacio de Cortés y el hotel Marik y, en otra época, del hotel Imperial que se hablaba de “tú” con la casa de Cantinflas. Ubicada en la punta de la cuesta del boulevard Juárez, el inmueble con fachada color azul y marcos blancos fue adquirida en los cincuenta por Mario Moreno “Cantinflas”, uno de cuyos amigos, Diego Rivera, elaboró en la alberca cierta especie de mural acuático con mosaicos venecianos que refieren el árbol de la vida, es decir, la diosa de la fertilidad. Si viviera Cantinflas y viera la plaza amurallada, se volvería a morir de puritito coraje… (Me leen mañana).
