El nuevo director de la policía se hallaba en la que a partir de ese momento sería su oficina. Hacía minutos que había aterrizado en el aeropuerto de la ciudad de la que sólo sabía el nombre, no conocía a nadie del lugar y los lugareños no sabían de él. “Estamos a mano”, bromeaba socarrón con los dos comandantes con los que poco antes había llegado. Eran amigos desde los días remotos de la pandilla de delincuentes juveniles del barrio miserable de la capital donde aprendieron cosas buenas y cosas malas, más malas que buenas.

El viejo fotógrafo de la corporación no tocó a la puerta de la oficina del nuevo director, no acostumbraba hacerlo en ninguna, después de 40 años de trabajar en la policía se sentía con derecho de picaporte. Suspiró resignado. Hacía tanto tiempo que había perdido la cuenta de los directores a los que había visto llegar e irse con más pena que gloria. Directo al grano, le soltó al forastero cincuentón, apretado el pantalón de marca, fajada la escuadra en el cinturón de cuero ajado:

–Señor, me están reportando una balacera en Chicatlatepec. Hay muertos y heridos.

El flamante director miró intrigado a sus dos comandantes. ¿Quién era ese individuo chaparro que se había atrevido a entrar a su privado sin ser anunciado?

–Es el fotógrafo. Él y el intendente son los compañeros más antiguos. Su plaza es de fotógrafo, retrata a los detenidos y toma fotos en las diligencias de levantamiento de cadáveres. Tiene más contactos que nadie en la corporación –le explicaría por la tarde la secretaria de mayor antigüedad en el personal femenino. Lo que no le dijo al director recién llegado fue dónde estaba el pueblo de Chicatlatepec. Cuchicheó con su compañera en la recepción: “¡Que se chinguen! Son fuereños, no conocen el estado y llegan a mandar”. Para cuando el director y sus dos hombres averiguaron dónde estaba Chicatlatepec hacía rato que la balacera había terminado, trasladados al anfiteatro en una camioneta pick-up los muertos y llevados los heridos en una ambulancia igual de carcacha al hospital de la cabecera distrital.

A José Luis y Alberto les tocó cubrir el evento de los asesinados en Chicatlatepec, “Güicho” escribió la nota y Beto tomó las fotos. Cuarenta años más tarde que recordaban sus primeras andanzas en la fuente policíaca seguían reporteando, pero ahora para su portal de internet.

–Los periodistas no nos jubilamos –aclaraban a los reporteros jóvenes que los juzgaban desactualizados porque no usaban grabadora y preferían la libreta de taquigrafía.

Esa mañana que se disponían a participar en una rueda de prensa con el Jefe de la empresa privada escucharon que especulaban en la mesa de junto:

–¿Va a hablar o nomás va a haber fotos y comunicado de prensa?

–Prefiero el boletín a que hable. No habla bien, da trabajo entenderle y al boletín por mal redactado que esté le sacas algo de jugo.

–Pregúntenle al reportero consentido del Jefe de la empresa particular qué onda, si va a hablar o va a haber boletín –terció una chica reportera.

Mientras tanto, Luis le mostraba a Alberto el cuestionario que quería hacerle al Jefe. “Están facilitas las preguntas”, dijo mordaz al recitarlas:

–¿Dónde nació el héroe que estuvo preso en el edifico colonial del centro de nuestra ciudad? ¿Cómo se llama el pueblo donde nació el líder de la Revolución Agrarista? ¿Cuántos estados tiene nuestro país? A propósito del cólera virus, ¿qué es una epidemia y qué es una pandemia?”.

Protestó Alberto:

–¿Son preguntas para entrevista periodística o examen de cultura general?

La plática de los reporteros fue interrumpida por el publirrelacionista del Jefe de la compañía privada que entró al salón para avisar que se suspendía la rueda de prensa.

–Será en otra ocasión –dijo resignado José Luis al tiempo que guardaba en su mochila la hoja de papel con las preguntas para el cuento corto que no escribiría... por ahora.

Por José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com

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