Un mes atrás, el director de Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobierno, Luis Héctor Herrera López, propuso cambiar la sede de la feria de Tlaltenango… A lo que de inmediato se opuso el ayudante municipal Alberto Michel Quecho Zarate, el mismo que por estos días calcula que el festejo recibirá a alrededor de 5 mil visitantes todos los días. Cobrados los “derechos” de la feria por la ayudantía de esta colonia ubicada en el norte de Cuernavaca, y no por el Ayuntamiento, ello explica la resistencia de Michel al cambio de ubicación de la feria. A este respecto, el columnista señaló en su entrega del 1 de agosto pasado que el cierre a los automotores en la avenida Emiliano Zapata durante los días de la feria evitaría el caos vehicular, como ocurre todos los septiembres. Un desorden del tránsito de automóviles y personas que hace recordar el terrible accidente que ocurrió hace medio en las cercanías de Tlaltenango, cuando un camión de la línea “Ometochtli” se precipitó sobre la bajada de la avenida Emiliano Zapata. Se le “chorrearon” los frenos, venía de Tepoztlán y se dirigía a su terminal en la calle Leandro Valle, a pocos metros de donde estaba la estatua de los Niños Héroes. El autobús de pasajeros sólo pudo ser detenido “banqueteando”, recargándose en un taller mecánico una cuadra abajo de la esquina de Obregón y Ávila Camacho. Murieron muchos pasajeros, y muchos más resultaron heridos. Sin embargo, al ayudante Alberto Michel parecería importarle más el dinero de la recaudación de la feria que la seguridad de los cientos de personas que asistirán al festejo que inició el viernes pasado y concluirá el 11 de septiembre… Referida por el columnista en más de una ocasión, la leyenda de Tlaltenango se ha diluido con el paso del tiempo. Los viejos de Cuernavaca contaban que una tarde del último día de mayo –mes de las flores–, cargando una bien guarnecida caja o arcón de madera se presentaron dos muchachos que al parecer provenían de Acapulco. Al amanecer los jóvenes se prepararon para marcharse, pidiendo a doña Agustina les cuidara el arcón en tanto resolvían un asunto en un pueblo cercano. Pasaron varios días y doña Agustina estaba muy intrigada, pues los dos jóvenes no regresaban, de modo que decidió guardar el baúl y esperar el regreso de sus dueños. Una de esas noches, la posadera pasó por la habitación y escuchó una música muy suave, despertó a sus hijos e hijas y todos la oyeron. Poco después notaron un resplandor y aspiraron un perfume de sándalo que salía de la misteriosa caja. Pasados tres meses de la llegada del baúl, de una u otra manera los vecinos se enteraron del portento. Entre dudas y temores, la mayoría del pueblo y la misma doña Agustina acordaron notificar del extraño caso de la caja abandonada que exudaba música, luz y aromas florales. En aquel tiempo estaba al frente de la orden franciscana del monasterio y templo de la Asunción de María (hoy Catedral de Cuernavaca) Fray Pedro de Arana, quien buscó al alcalde mayor de Cuernavaca para que juntos verificaran los hechos que les reportaron los habitantes de Tlaltenango. Pueblerinos, autoridades civiles y eclesiásticas llegaron a la casa de doña Agustina, ocuparon la pieza donde se encontraba el para entonces ya famoso arcón, cerraron puertas y ventanas… y se verificó de nueva cuenta el portento de música, luz y aromas florales brotando de la caja. Fray Pedro de Arana se sintió designado por el cielo para abrir el arcón. La expectativa crecía entre los concurrentes, y grande fue la maravilla al abrirlo y mostrarse su contenido que resultó ser la imagen de la Virgen María, a la cual de inmediato se le nombró De los Milagros por el magnífico despliegue de portentos que precedió a su aparición... INCAPACIDAD DE ASOMBRO. Las noticias de la muerte de tres niñas, de dos, cinco y siete años de edad, la noche del viernes en Jiutepec cuando les cayó encima un paredón, y la difusión de un video en redes sociales mostrando la ejecución de cuatro hombres y una mujer en Tlaltizapán, se diluyeron rápidamente en la vorágine de estos tiempos aciagos. ¡A cosas así ha llegado el infortunio de Morelos!... (Me leen el mañana).
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