La gente común habla claro y sin tapujos, suele usar palabras que a los oídos castos pueden sonar altisonantes. Me dice un hombre con pinta de obrero: “Lo que sea de cada quien, este cabrón ha chambeado bien”. Señala con la mirada al alcalde de Jiutepec, Rafael Reyes Reyes. El sujeto no sabe que soy periodista o pretendo serlo, o a lo mejor lo confunden las bermudas contra el calor que le restan “seriedad” a mi mirada curiosa. “Ha hecho más obras que muchos güeyes que también fueron presidentes”, resume su lenguaje florido, grita de hecho para poder hacerse oír en medio del ruido de la pequeña muchedumbre que atestigua la inauguración del distribuidor vial en el entronque del Paseo Cuauhnáhuac y la entrada a Civac. Sin pelos en la lengua, vaticina que “Rafa” será gobernador. “¿Estás seguro?”, alcanzo a preguntarle antes de que se retire dando grandes zancadas, casi corriendo. “¡Voy a la chamba!”, grita sonriendo socarrón, haciendo la señal afirmativa del dedo pulgar levantado. 

DE LUIS Echeverría, el secretario de Gobernación de Gustavo Díaz Ordaz, a Miguel Ángel Osorio Chong, el “ministro del interior” de Enrique Peña Nieto, medió el “halconazo” del Jueves de Corpus de 1971 atribuido al entonces regente capitalino Alfonso Corona del Rosal y al que Echeverría obviamente fue ajeno. Incluido un largo etcétera de movilizaciones desatendidas, ninguneadas, reprimidas y la auténtica insurgencia social de la movilización ciudadana de los capitalinos en los temblores de septiembre de 1985, el hecho inédito de que un secretario de Gobernación saliera a la calle a encarar a un contingente de miles de estudiantes no fue un acto de buena voluntad sino de “política real”, impuesta por la insurgencia a través de la cohesión que comenzaba a darse cada vez más fuerte  en las redes sociales de la Internet 

Ante todos estos factores, los priistas de hoy no pueden negar que el autoritarismo de sus “hermanos mayores” –desde Díaz Ordaz y Echeverría hasta Salinas de Gortari– acarreó más insurgencia. El único que no pareció darse cuenta fue el entonces gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero, al no hacer nada o demasiado poco ante los policías municipales –de Iguala y otras localidades– como presuntos integrantes de la nómina de la delincuencia organizada, acusados los polizontes del municipio de los tamarindos como corresponsables de la desaparición de los normalistas de Ayontzinapa.  

¿Y en Morelos? Ante los movimientos estudiantiles y sociales de 1956 en el Politécnico y de la UNAM en 1968, es pertinente esta cuestión. ¿Qué sucedía en Morelos? Esa docena de años incluye los últimos años de la lucha de Rubén Jaramillo y los gobiernos de Rodolfo López de Nava (1952-1958), Norberto López Avelar (1958-1964) y Emilio Riva Palacio Morales (1964-1970). 

No hay que olvidar el activismo social de monseñor Sergio Méndez Arceo, el séptimo obispo de Cuernavaca de tres décadas (1952-1982), por ello identificado por sus detractores de la iglesia rezandera ultraderechista de Morelos y de México como “Obispo Rojo”, por haberse convertido en el gran impulsor de la renovación de la Iglesia católica mexicana a través de las entonces conocidas como comunidades eclesiales de base. Don Sergio trabajó intensamente en favor de la población marginada de México, apoyando a grupos liberales fuera y dentro del país, tipo el Frente Auténtico de Trabajadores (FAT) que agrupó a sindicatos fuera del huacal de la CTM priista como el de la IACSA, Nissan y Rivetex.

El ‘68 fue el año del movimiento estudiantil en Francia, del verano “hippie” y “beatnik” y del amor y paz de la sicodelia de San Francisco, California, y del asesinato del Che Guevara, poco menos de un año antes. Año de rebeldía de los jóvenes contra el “establishment”, versus todo lo establecido y caduco, es decir, la política y el autoritarismo. Expresión de rebeldía que retumba en los recuerdos de Tlatelolco al que se sumaría la matanza contra los muchachos de Ayotzinapa, el 26 de septiembre de 2014… (Me leen mañana).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 


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