La Tierra se enoja, está enferma, como cualquier cuerpo se estremece, exuda, muestra síntomas de un mal mayor. Le pasa al planeta azul, las manifestaciones de sus males están a la vista. Existe un común denominador en la magnitud de las tragedias colectivas que nos han traído los septiembres de 1985 y 2017. Se ha dicho hasta la saciedad: no todos los daños físicos y humanos son atribuibles a la Naturaleza. Los embates de las fuerzas telúricas, como fue el caso de hace ya 42 años en el Ciudad de México, y los meteoros climatológicos (huracanes, tormentas y depresiones tropicales de este septiembre) ponen a prueba no sólo la fortaleza y la solidaridad humanas, también el desempeño de gobiernos y empresas constructoras. Por orden de aparición cronológica, hay “dos antes” y “dos después” en la historia de entre dos siglos de México. Con cuatro décadas de diferencia, los sismos y dos tormentas tropicales han puesto al descubierto las debilidades y corruptelas que persisten en el país.
En el temblor del ex Distrito Federal, el 19 de septiembre de 1985, con el colapso de los edificios de la unidad habitacional Tlatelolco salieron a relucir la pésima calidad de los materiales utilizados en su edificación y las fallas estructurales de la construcción que costaron cientos de muertos. De no haber sido por tales “errores”, en esos y otros cientos de edificios de la gran ciudad quedó claro que el número de víctimas no hubiera alcanzado el definitivo que ascendió a diez mil fallecidos y desaparecidos y en el inicio de las cuentas oficiales calcularon entre 6 y 7 mil víctimas mortales. Es el mismo señalamiento que se hizo a los daños registrados en la Autopista del Sol con el paso de “Manuel” e “Ingrid”, dos tormentas tropicales que en un hecho inédito se “confabularon” para vapulear a las costas mexicanas del Atlántico y el Pacífico y provocaron la estadía forzada de 40 mil turistas en el puerto de Acapulco. El atasco que es, quizá, el mayor estancamiento humano en la historia reciente de México.
Antes de continuar con el recuento de los daños de “Ingrid” y “Manuel” mencionemos números de la hecatombe que cumplió 39 años. Evoquemos a los “niños del temblor” que fueron el milagro in situ. En medio de la atroz tragedia la vida florece. El gobierno reportó el fallecimiento de entre 6,000 y 7,000 personas, pero años después, con la apertura de información de varias fuentes gubernamentales, el registro aproximado se calculó en 10,000 muertos. El estadio de beisbol del Seguro Social se usó para acomodar y reconocer cadáveres, utilizado el hielo para retrasar la descomposición de los cuerpos.
Las personas rescatadas con vida de los escombros fueron más de 4,000. Hubo gente que fue sacada viva de entre los derrumbes hasta diez días después de ocurrido el sismo devastador. El total de estructuras destruidas fue de aproximadamente 30,000 y con daños parciales 68,000. Las torres Latinoamericana y la de Pemex fueron casos excepcionales de ingeniería, pues el terremoto no les causó daño alguno.
Los edificios más emblemáticos derrumbados o parcialmente destruidos durante el terremoto fueron: El Hospital General de México (la unidad de ginecología y la residencia médica quedaron completamente destruidas y fallecieron en ellas más de 250 personas entre pacientes, residentes y personal médico); Televicentro (luego Televisa Chapultepec), los Televiteatros (después Centro Cultural Telmex), una de las Torres del Conjunto Pino Suárez de más de veinte pisos que albergaba oficinas del, lo mismo que el Hotel Regis, de los más emblemáticos de la Ciudad de México, demolido totalmente en noviembre de ese año. También resultaron severamente dañados los hoteles Del Prado y De Carlo, este último ubicado frente al Monumento a la Revolución. Y no pueden olvidarse varias fábricas de ropa en San Antonio Abad, donde murieron trabajadoras costureras cuyas condiciones infrahumanas y laborales quedaron al descubierto con los efectos del temblor.
En medio de tanta tragedia, entre los auténticos milagros del sismo fue un respiro el hecho de que en los hospitales derrumbados una parte de los recién nacidos —algunos de ellos en incubadora— se lograran salvar. En especial tres bebés, dos niñas y un niño que fueron rescatados de entre los escombros del Hospital Juárez siete días después del terremoto, a quienes se les llegó a conocer como “Los bebés del milagro”, o “El milagro del Hospital Juárez” o “Los niños del temblor”... (Me leen mañana).
